HISTORIA PUEBLOS DE ANDALUCIA
HISTORIA PUEBLOS DE ANDALUCIA

 

BARRIOS DE SEVILLA

Barrio de La Alfalfa-San Nicolás

Según los datos geológicos y arqueológicos, esa zona es la de más altura sobre el nivel del mar de la Sevilla histórica; concretamente, la calle Aire está a unos quince metros sobre el nivel del mar. Es por tanto la primera tierra que emergió del lago que, en eras geológicas anteriores, cubrió el actual valle del Bajo Guadalquivir. Así, allí se establecieron los primeros poblamientos prerromanos que dan origen a la ciudad de Sevilla.

Al ser la primera zona poblada de la ciudad, su trazado urbanístico es muy antiguo, lo que se traduce en calles estrechas que se retuercen sobre sí mismas y que no siguen ningún paralelismo entre ellas. Es fácil perderse en aquel pequeño laberinto, lo que le dota de un especial encanto.

En la calle Mármoles está el que posiblemente sea el resto arqueológico más antiguo de Sevilla que aún permanece en su lugar de origen: tres enormes columnas de piedra que, al parecer, formaron parte de un templo romano.

También, en el barrio de La Alfalfa-San Nicolás encontramos monumentos de notable interés, como la parroquia gótico-mudéjar de San Isidoro (sede de la Hermandad de las Tres Caídas); la parroquia de San Nicolás (donde reside la Hermandad de la Candelaria); el monumental oratorio barroco de San Felipe Neri; o la Casa de los Pinelo, una elegante muestra de casa señorial renacentista que hoy es sede de las Reales Academias de Sevilla. Junto a todo ello, rincones marcados por la leyenda, como la Cabeza del Rey Don Pedro.


En el barrio contrastan las calles tranquilas, solitarias y acogedoras (calle Aire, Mármoles o Federico Rubio), con otras siempre activas y bulliciosas, llenas de pequeños comercios, como Francos, Alcaicería, Cuesta del Rosario o Plaza de la Alfalfa. Más aún, el entorno de la Plaza de la Alfalfa es un hervidero de vida constante: actividad comercial de lunes a viernes, un mercadillo de mascotas el domingo por la mañana, numerosos bares y cafeterías siempre transitados, y locales de copas que mantienen la animación durante la noche.

Barrio de Triana

El casco histórico de Sevilla ocupa la orilla izquierda del río Guadalquivir. Frente a él, en la orilla derecha, está el arrabal de Triana (según algunos, su nombre procede de Trajano). A Triana se llega atravesando el puente de Triana; un prodigio de la arquitectura en hierro del siglo XIX, desde el que se tiene una de las más hermosas vistas de Sevilla sobre el río Guadalquivir.

Ya hay vestigios de poblamientos en Triana en época de Roma. En Triana estuvieron desde época musulmana los tejares (fábricas de tejas y ladrillos) y las almonas (fábricas de jabón). Triana siempre fue un barrio humilde y popular, donde residían los menos acomodados de la ciudad de Sevilla, alojados en los patios o corrales de vecinos, de los cuales, aunque se han perdido la mayoría, aún quedan algunos en la calle Castilla o en Alfarería, encalados y rebosantes de macetas. Precisamente, Cervantes sitúa en Triana, junto al molino de pólvora, el patio de Monipodio de sus Novelas Ejemplares.

Los trianeros tiene un fuerte sentido de su indentidad. Para ellos Triana, más que un barrio, es un pueblo con personalidad propia. Incluso, a pesar de las edificaciones modernas que van proliferando, Triana conserva un sabor antiguo: casas bajas, balcones con geranios y patios. La Parroquia de Santa Ana, un templo gótico de ladrillo conocido como la Catedral Chica, es el corazón de Triana, pero la esencia del barrio está en cada una de sus calles, sus plazas y sus vecinos. Triana sigue siendo un barrio de calles siempre animadas, de bares y tabernas donde tapear, y un dinámico comercio tradicional de tiendas tradicionales. Triana es una de las cunas del flamenco. Numerosos cantaores han nacido en el barrio; existe un inconfudble estilo trianero de cantar, bailar y tocar. El ambiente flamenco sigue vivo en las peñas y tablaos del barrio de Triana de Sevilla.

El comercio tradicional en Triana alcanza su máxima expresión en la calle Alfarería; los trianeros, desde época árabe, han vivido de su trabajo del barro; aún hoy en la antigua calle del gremio de los alfareros, se conservan tiendas de uno de los más típicos productos de Sevilla: su cerámica trianera, donde incluso podemos ver a algunos artesanos trabajando sus tornos. También recomendamos la visita al mercado de Triana, donde el visitante comprende el aroma de los viejos mercados de abastos, y en cuyos cimientos pueden versa los restos del Castillo de la Inquisición, que estuvo allí situado durante siglos.

La vida de Triana se trasluce en su dinámico calendario festivo. Algunas de las más populares Hermandades de la Semana Santa de Sevilla residen en Triana: la Esperanza, la Estrella, la O, el Cachorro y San Gonzalo. En mayo, también es trianera una de las má antiguas y multitudinarias hermandades que peregrinan al Rocío ¿? El domingo de Corpus Christi se celebra en la parroquia de Santa Ana una sutuosa procesión sacramental: el Corpus Chco trianero. En julio se celebra la fiesta grande trianera: la Velá de Santa Ana.

 

 

 

Barrio de La Macarena

Es común creencia que la Macarena estuvo poblada desde época romana. Al parecer, el nombre del barrio procede de un patricio romano llamado Macarius que habría tenido grandes propiedades en la zona. En cualquier caso, es uno de los barrios más antiguos de Sevilla con una fuerte personalidad, un ambiente muy popular y unos vecinos muy orgullosos de ser macarenos.

Las principales señas de identidad del barrio de la Macarena son la muralla árabe, el arco de la Macarena y la Basílica de la Macarena, que alberga la Hermandad de la Esperanza Macarena, cuya Virgen es uno de los símbolos de Sevilla, y cuya procesión -en la Madrugá d
el Viernes Santo- es quizá el gran acontecimiento festivo del barrio, gozoso y multitudinario.

Otra fiesta del barrio de la Macarena es la peregrinación de la Hermandad del Rocío de la Macarena, que desde la Parroquia de San Gil hace cada primavera el camino hasta la aldea almonteña; es una de las cinco hermandades rocieras que existen en la ciudad de Sevilla.

Frente a la Muralla de la Macarena y la Basílica de la Macarena localizamos el Hospital de las Cinco Llagas, uno de los edificios renacentitas de mayor tamaño en Europa; actualmente el Hospital de las Cinco Llagas alberga el Parlamento de Andalucía. En la calle San Luis se encuentran las parroquias mudéjares de Santa Marina y San Marcos, y la joya barroca que es la Iglesa de San Luis.

El nervio principal de la Macarena y uno de los principales ejes de la Sevilla antigua es la calle Feria; una larga vía que se interna en el centro de Sevilla, alcanzado la parroquia de San Juan de la Palma. Es una calle bulliciosa y alegre, comercial, con tiendas pequeñas, antiguas y tradicionales. Recomendamos con especial cariño las "librerías de viejo" que se agrupan entorno a la antigua plaza de los Carros.

El carácter tradicional de la calle Feria lo refuerza su mercado de abastos y, sobre todo, en "el Jueves", un mercadillo de cosas antiguas que el día que le da su nombre invade la calle, renovando una vez a la semana una institución centenaria.

   

 

Barrio de Santa Cruz

Hasta su expulsión en 1492, los judíos de Sevilla habitaron en un barrio situado junto a los muros del Real Alcázar. Esa judería mantuvo durante siglos su trazado medieval y su sabor tradicional. Es a principios del siglo XX cuando es profundamente remodelada para reforzar su tipismo regionalista: calles peatonales empedradas, casas bajas y encaladas, rejas de forja, patios de fuentes, balcones con macetas, etc. Surge así un espacio urbano en Sevilla que por su historia, su contenido y su ubicación en el núcleo monumental de Sevilla (junto a los Reales Alcázares, la Catedral de Sevilla, el Archivo de Indias o la Antigua Fábrica de Tabacos) es una de las imágenes más representativas de la ciudad de Sevilla.

En el barrio de Santa Cruz encontramos interesantes manumentos; el Hospital de Venerables Sacerdotes, la Casa Museo de Murillo, el Convento de las Teresas o la Parroquia de Santa Cruz. No obstante, quizá el más destacado corresponda a sus lugares al aire libre, como la Plaza de la Alianza, uno de cuyos lados se define por los muros del Real Alcázar; la Plaza de Doña Elvira, que en tiempos fue un corral de comedias; o la Plaza de Santa Cruz, un espacio ajardinado en cuyo centro campea la Cruz de la Cerrajería, afiligranada obra en hierro de forja.

Hay en el barrio de Santa Cruz rincones llenos de encanto: la recoleta placita donde tiene su sede la Escuela de Cristo, a la que se accede desde la calle Ximénez de Enciso, a través del callejón Carlos Alonso Chaparro; o lugares marcados por la leyenda como la calle Susona, antiguamente llamada calle de la Muerte.

Lidantes con el Barrio de Santa Cruz, casi como una prolongación del mismo, están los frondosos, umbríos y gratos Jardines de Murillo.

En definitiva, la mejor forma de conocer el Barrio de Santa Cruz sea deambular sin rumbo por sus calles estrechas y de trazado laberíntico, dejando que sus detalles nos sorprendan a cada paso.

Barrio de San Bernardo - Puerta de la Carne

La Puerta de la Carne es una de las que, desde época árabe, tenía la muralla de Sevilla. Debe su nombre a que frente a ella se situaba el Matadero de la ciudad. Dicho Matadero fue amplia y certeramente retratado por Cervantes en su Novela Ejemplar “Coloquio de Cipión y Berganza”.

Allí, entorno al matadero, a extramuros de la ciudad, nació uno de los arrabales históricos de Sevilla. Fue siempre un barrio muy popular. En él tuvieron su cuna importantes dinastías taurinas. Además de barrio de toreros también fue barrio de artilleros; en San Bernardo estuvo una importante fundición de artillería de la que, además de armas y cañones, salieron obras en bronce como los dos leones que flanquean la puerta principal del Congreso de los Diputados en Madrid. Aún siguen en pie los edificios, con el inconfundible estilo de los cuarteles decimonónicos, sirviendo hoy de sede a la Delegación del Ministerio de Defensa en Sevilla.

Durante el siglo XX el barrio de San Bernardo sufre una época de postración y abandono, atravesado por las vías del tren, que lo estrangulaban y separaban del resto de Sevilla, y cada vez más despoblado. Sólo renacía cada Miércoles Santo, día en que, de la parroquia de San Bernardo, partía la Hermandad del Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio. La Hermandad era y sigue siendo el eje espiritual del barrio.

Como parte de las reformas urbanísticas acometidas en Sevilla con motivo de la Expo 92 se eliminan las vías del tren (quedando como reliquia de su existencia el Puente de San Bernardo, viaducto que salvaba las vías del tren, el cual, por sus elegantes líneas, se convirtió en símbolo del barrio, y no fue derribado), y comienza un proceso de renovación del barrio: se rehabilita el parque de la Buhaira, levantado sobre antiguas huertas musulmanas, y se edifican modernos edificios de oficinas y viviendas.

Hoy el barrio de San Bernardo es un centro de negocios, y zona de copas y ambiente nocturno, perviviendo en él, rehabilitado, su núcleo tradicional, entorno a la parroquia, de casas bajas y calles estrechas, y un profundo sabor antiguo y popular.

 

 

Barrio Alameda y San Lorenzo

Hasta el siglo XVI el lugar donde hoy está [url La Alameda de Hércules] de Sevilla se ocupaba por una laguna cenagosa. El Conde de Barajas, asistente de la ciudad de Sevilla (equivalente al actual cargo de alcalde), manda desecar la laguna, sanear la zona y crear un espacioso y agradable paseo sembrado de álamos, en que coloca, presidiendo, las dos Columnas de Hércules. Es desde entonces la Alameda de Hércules el tradicional paseo señorial; incluso hoy sigue siendo un lugar muy popular y concurrido, donde se dan cita los ambientes más alternativos.

Del sabor popular de La Alameda da idea la estrecha relación que el barrio siempre ha tenido con el flamenco, estando vinculados con él cantaores históricos como Manuel Torreo, Manolo Caracol y Pastora Pavón “Niña de los Peines”, o bailaores como Enrique el Cojo.

Desde La Alameda, por la calle Conde Barajas, en la que nació el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, llegamos a la Plaza de San Lorenzo. Es la plaza un espacio al que centenarios árboles de grueso tronco dan sombra, un lugar plácido de sabor decimonónico; en ella localizamos la Parroquia de San Lorenzo –en la que tienen su sede las Hermandades del Dulce Nombre y de la Soledad- y [url la Basílica del Gran Poder].

De la plaza parte la calle Santa Clara, una calle agradable y tranquila pasa pasear; paseamos junto al convento de Santa Clara donde en su interior vemos
la Torre de Don Fadrique, una de las más anónimas y bellas reliquias de la Sevilla Medieval.

Desde La Alameda hacia el río está la calle Calatrava, nombre que recuerda la época de la Reconquista, y en la que los caballeros calatravos tuvieron allí su sede. La calle Calatrava se inicia con la capilla del Carmen, un pequeño templo marcado por la leyenda, y se concluye en el Real Monasterio de San Clemente.

Precisamente, San Clemente pasa por ser el monasterio más antiguo de Sevilla, fundado por Fernando III El Santo para celebrar la conquista de la ciudad de Sevilla. Frente a sus muros, a la otra orilla del río Guadalquivir, están los terrenos que acogieron la Exposición Universal de Sevilla en 1992, que marca el paso de Sevilla a la modernidad. En definitiva, allí se dan la mano el pasado y el futuro de la ciudad de Sevilla.

   

 

 

Barrio de San Bartolomé

Entre el Barrio de Santa Cruz y la calle San Esteban, el Barrio de San Bartolomé fue uno de los 'barrios señoriales' de Sevilla, que en el siglo XX se sume en la decadencia. Hasta hace no más de treinta años varios de sus más destacados edificios amenazaban ruina. Afortundamente, hoy comienza a rehabilitarse el Barrio de San Bartolomé: el Palacio de Altamira y la Casa de los Mañara se han adecentado como sedes de organismos públicos; la Parroquia de San Bartolomé ha sido restaurada; y el Palacio del Conde Ibarra está en proceso de rehabilitación para albergar una iniciativa privada.

En el Barrio de San Bartolomé hay otros monumentos a destacar: el convento de Madre de Dios o la Iglesia de Santa María la Blanca, templos ambos levantados sobre antiguas sinagogasjudías; el convento de las Salesas; y el convento de las Mercedarias.

La espina dorsal de San Bartolomé es la calle Levíes, así llamada porque en ella estuvo el Palacio de Samuel Leví, tesorero del Rey Pedro I en el siglo XIV. Según la leyenda, Leví reunión una inmensa riqueza de oro y plata y la ocultó en algún subterráneo de su casa, que nunca ha sido encontrado. En la Calle Levíes también tuvo su casa el polígrafo Luis Montoto, y allí nació su hijo Santiago Montoto, insigne escritor. Padre e hijo fueron fuguras destacadas de la cultura de la ciudad.

También en Levíes está la Casa de los Mañara, típica casa señorial sevillana en la que nació Miguel de Mañara, caballero del siglo XVII gran impulsor del Hospital de la Caridad; Miguel de Mañara trabajó incansablemente para socorrer a pobres y necesitados, siendo una de las figuras legendarias de Sevilla.

El Barrio de San Bartolomé fue, al igual que el Barrio de Santa Cruz, parte de la judería de Sevilla. Y, aunque no es tan turístico y conocido, tiene el mismo encanto: calles estrechas, de trazado laberíntico, casas antiguas, bajas, de corte tradicional. San Bartolomé es un lugar tranquilo y solitario, ideal para pasear. No suele estar en las rutas de Sevilla ni ser imagen de postal, conservando aún toda su autenticidad..

   

 

 

 

Barrio de El Arenal

Históricamente, el río Guadalquivir, ante las murallas de Sevilla, definía una amplia playa de arena. En ese arenal se ubicaba el puerto de la ciudad de Sevilla, unos de sus principales puntos estratégicos. De la importancia del lugar, ya desde época árabe, da idea la presencia en él de monumentos tan destacados como la Torre del Oro o las Reales Atarazanas.

El puerto y el Arenal eran pieza fundamental en la época en que Sevilla tuvo el monopolio de comercio con América, siendo citado en repetidas ocasiones en sus obras por Cervantes. El núcleo del barrio es la Maestranza de Caballería, histórica y monumental plaza de toros. A su alrededor, junto a calles amplias y transitadas, como el Paseo de Colón o la Calle Adriano, hau un dédalo de calles estrechas, tranquilas y de sabor antiguo (Real de Carretería, Rodo, etc.). En ellas, son numerosas en el barrio de El Arenal las viejas tascas, inmensas de tipismo y excelentes para tapear.

Hay en el Barrio de El Arenal varias capillas, todas de pequeño tamaño: Baratillo, Carretería, Aguas de la Calle Dos de Mayo (que son sede de sendas Hermandades de Semana Santa), y la minúscula Capilla de la Pura y Limpia, adosada al Postigo del Aceite. A esa norma de que las capillas de El Arenal sean pequeñas escapa la Iglesia del Hospital de la Caridad, un bello y monumental edificio, salpicado de leyenda, y depósito de una tradicion hermosísima y varias veces centenaria de ayuda a los necesitados.

En el Barrio de El Arenal, a orillas del río Guadalquivir, está uno de los grandes centros culturales de Sevilla, el Teatro de la Maestranza, levantado para la Exposición Universal de Sevilla en 1992 y sede de una de las brillantes programaciones musicales y operísticas de España.

   

 

BARRIOS MALAGA

Barrios

Si de todas las ciudades y pueblos que hemos vivido, conocido y visitado nos atraen detalles como la torre de una iglesia, el emblemático edificio donde nació un personaje famoso, la disposición de sus jardines, la traza de sus calles que buscan el mar o sus campos confines, ¿qué decir de la experiencia personal que representa volver, al cabo de los años, al barrio donde hemos nacido, criado y, en algunos casos, también convertido en adultos? El reencuentro puede ser pesaroso en función de los hitos desaparecidos, pero gratificante por las antiguas metáforas todavía existentes en ellos que nos recuerdan el mundo que entornó niñez y juventud. Volver al barrio es vivir varias veces lo ya vivido, olvidado, disperso en la memoria de quien regresa y vuelto a recuperar por la magia que suscita el reencuentro. A un perchelero de la plaza de Mamely, calle Ancha del Carmen, Calvo, Santa Rosa, Matadero Viejo, Peregrinos o Angosta del Carmen, cuando hoy transita por los nuevos espacios urbanos nacidos de las transformaciones urbanísticas, no le impide recordar su barrio de ayer; antes al contrario, la realidad actual le incitará a un esfuerzo de memoria que le sitúe, a impulsos de la nostalgia, en el centro mismo de sus recuerdos niños más remotos. Igual sucederá a un trinitario, capuchinero, victoriano, malagueto, del distante Huelin o del cercano centro comercial donde todavía persiste un resto de arquitectura decimonónica tramado de residual ordenación urbanística musulmana, donde la calle se hizo en función de las viviendas y no al revés, tal como impusieron desde la «modernidad» del último tercio del pasado siglo arquitectos y sociólogos de la urbe.Y como, por otra parte, ha sido Málaga una de las ciudades españolas que mayores transformaciones llevaron a los barrios -a puntos tales que al despoblamiento le siguió irreconocible arquitectura el resultado ha sido que las llamadas señas de identidad fueron desa­pareciendo poco a poco a extremos de perderse, con ellas, el carácter que tradicionalmente hizo distintos a percheleros, trinitarios, capuchineros o victorianos, por citar únicamente los que desarrollaron a lo largo del tiempo unas claves precisas en el modo de vivir, hablar y conducirse. Junto a los barrios típicos de la capital también transitaremos por los barrios y calles de otros muchos pueblos, algunos de ellos verdaderas ciudades en la actualidad, como Alora, Alhaurín el Grande, AlhaurÍn de la Torre, Antequera, Archidona, Benalmádena, Cártama, Caín, Estepona, Fuengirola, Marbella, Mijas, Nerja, Ronda, Torremolinos-Carihuela y Vélez- Málaga. Con este paseo por nuestros barrios, tal como nos permite la memoria propia y las aportaciones hechas por otros muchos y esforzados escritores -el padre Roa, el canónigo Medina Conde, los historiadores Guillén Robles y Rodríguez de Berlanga y los documentalistas Díaz de Escovar o Bejarano Robles, entre otros distintos-, nos proponemos recordar lo que sabemos y lo que teníamos lamentablemente olvidado.

Los Percheles

 

Barrio que cita Cervantes, que fue cantado por poetas, elevado a símbolo de leyenda por sus gentes y convertido en historia pura del vivir de una buena parte de malagueños que lo poblaron, en sus callejas se escribió una crónica de humana presencia y se afirmó un sentido de existencia personal característico de sus vecinos. Por Perchel o Percheles se le conoció y nombra. Nadie olvide que el Perchel o Percheles fue el primer asentamiento relativamente urbano e industrial periférico de Málaga y que, si bien su existencia se pierde en la memoria ciudadana, ya era el primer barrio extramuros de la ciudad hispanoárabe. Mundo tipológico separado de la urbe hasta la demolición de sus muros, los percheleros fueron «los otros» vecinos de la ciudad, los del lado allá del río Guadalmedina. Gente díscola, libertarias gentes del vivir al día e industriosas cuando les apretaba la necesidad, eran la lógica consecuencia de una sociedad y de unos sistemas sociales que parecían detenerse con una cierta intencionalidad al borde de los murallones del río cuando al fin los tuvo para no inundarlo. El Perchel no es hoy una aproximación de lo que fue. En pie todavía algunas de sus antiguas casas y calles como las de Ancha del Carmen, Peregrinos, Angosta del Carmen, Huerto de la Madera, Eslava, Salitre o Cuarteles, se echan de menos antiguas algarabías, rumores y músicas urbanas que nos recuerdan la antigua plaza de Ortigosa o de San Pedro y Mamely, de las calles Esquilache, Cerezuela, Istúriz, Matadero Viejo, La Puente, Zúñiga, San Jacinto, Santa Rosa, Cerrojo, Huerta del Obispo ... , en las que un abigarrado y concurrido friso humano hecho a todas las vicisitudes y carestías aprendió que ser perchelero lo era a costa de la propia persona, pues defender tal peculiaridad ciudadana de origen acarreaba no pocas dificultades para integrarse en la población intramuros.Esta es la razón por la cual las gentes del Perchel, más tarde ocurriría lo mismo con las de la Trinidad, a medida que ambos barrios acabaran por unirse a través del «Llano», tuvieron que desarrollar un sistema de vida siempre a la defensiva en relación con los ciudadanos abrigados por las murallas árabes. Precisamente si Cervantes menciona los Percheles en su «Don Quijote», es por la circunstancia de que ya en el siglo XV era la zona de un muestrario tipológico de la picaresca másque un retablo diseñado por convencionalistas usos urbanos. En el Perchel se tejió la vieja institución del chulo de barrio, del amo de la calle o del «guapo», sin cuyo consentimiento difícilmente se podía realizar ninguna iniciativa particular o colectiva. Salieron del Perchel generaciones de marengos que dieron afán, leyenda y vida al rebalaje; de aquel barrio se nutrió la ciudad de activas faeneras para la vendeja, la industria estacional del cítrico y la almendra; sus animadas calles, escuela de vida al fin y al cabo, aportaron pimpis, barateros, granujas y descarados vividores de ocasión que, pese a todo, supieron izar por encima de su misma picardía la gracia y espontaneidad de unos modos tanto en el ser como en el decir. Un perchelero, por la lógica de su extracción social, sería siempre distinto de un limítrofe trinitario, pero donde siempre estaría en sus respectivas antípodas sería frente a capuchineros, victorianos, malaguetos o paleños. Lo distinto fue su norma; Indisciplinado y arbitrario, lo suyo consistía en vivir al día una de las pocas libertades que Málaga le tenía concedida, de manera que el estilo de vida perchelero necesariamente tuvo que traducir el hecho diferencial entre vecinos de una misma ciudad. Tendrá que llegar el siglo XIX con sus primeras formulaciones obreristas, reivindicaciones y exigencias callejeras a partir de su último tercio, para que la moda burguesa iniciara una estrategia de acercamiento y, so pretexto de participar en sus fiestas, costumbres y usos populares, establecer una línea de presencia que le exculpara de toda execración anterior y evitara en lo posible riesgos posteriores que ya se veían venir a lo lejos. No nació el Perchel como otros barrios malagueños al pie de una iglesia o convento, por lo que tampoco recibió de ninguno de ellos prestado nombre como en los casos de Trinidad, Capuchinos o Victoria. Su bautizo no necesÍtó de ceremonia protocolaria ni fe de origen. El nombre le vino espontáneo y popular como popular fue la industria que desde muy antiguo hizo famosa la zona: el secado del pescado. Para que la población no sufriera los malos olores que despedían de tal industria, destináronse los terrenos existentes del lado allá del río a tales operaciones, y como para éstas fuese necesario utilizar perchas o palos en los cuales poníase el pescado a secar, de aquí recibió el primero de los barrios a extramuros el nombre de los Percheles». Fueron los Percheles, pues, continuación histórica de aquellos originarios asentarnientos tiriofenicios que se establecieron sobre las lomas de la actual Alcazaba y que desarrollaron, entre otras distintas, la industria de las salazones. Esta tradición de mercadeo pesquero y producción industrial siguió después a lo largo de los distintos segmentos históricos de invasiones, dominios e irrupciones territoriales más o menos consentidos por la distinta ciudadanía que soportó godos, bizantinos, romanos y árabes. Esta última dominación enlaza con la Málaga hispano-musulmana, periodo dentro del cual los Percheles comienzan a desarrollarse como gran barrio periférico de pescadores mitad urbano y mitad industrioso. Roa, Morejón, Medina Conde, Guillén Robles, Rodríguez de Berlanga, los Díaz de Escovar, Bejarano Robles y otros distintos estudiosos de la Málaga de los siglos XVI al XX coinciden en afirmar que durante el largo periodo de presencia romana el Perchel o Percheles alcanza verdadera definición de zona entre industriosa y urbana del extrarradio malagueño, lo cual.se apoya, a su vez, en no pocos hallazgos arqueológicos que son documentados durante el siglo XVII. A través de ellos, y mediante piedras labradas que no ofrecieron dudas acerca de su autenticidad, se demostró en su día que justamente donde hoy se encuentra la iglesia del Carmen se halló una curiosa y reveladora inscripción que rezaba: «Los barqueros pescadores de Málaga pusieron y dedicaron a Quinto Elio Próculo, ujeto rico y de mucha pesquería en esquifes por el mar y patrono de los barqueros malagueños», lo cual confirma lo que otros historiadores ya tenían asegurado en el sentido de que Málaga, durante la Roma Imperial y por su condición de ciudad federada y no sumisa, disponía en la capital del imperio de toda una organización para el mercadeo de sus salazone y salsamentos, disputados en banquetes, francachelas y lúdicas noches de sus gentes principales. Es también el canónigo Medina Conde, siguiendo el hilo de Morejón, quien reflexiona: «Por el sitio en que se encontró en el barrio de los Percheles, se puede venir en conocimiento de lo antiguo que es el destino de aquel barrio para los pescadores y patronos de los barcos de pescar». ¿Nació el Perchel o Percheles antes incluso que la ciudad que hoy conocemos? ¿Surge la urbe de la antigüedad como consecuencia del establecimiento de aquel emporio pesquero-industrial? ¿Planificaron Málaga sus primitivos vecinos intencionadamente alejada de los Percheles por las molestias que les causaba tal industria.Queda demostrado, al menos, que desde la dominación romana todo el terreno cercano a las playas tras el lecho del Guadalmedina en la dirección del poniente ya era industria alazonera, varadero de esquifes, solario para la desecación del pescado, residencia de patronos pesqueros y bosque peculiar de perchas de palo donde se oreaba gran parte del suculento manjar robado a diario a las entonces limpias e incontaminadas aguas litorales. Si la larga presencia romana en nuestra ciudad señala los primeros momentos del Perchel como zona ciertamente aparte de la urbe, la también larga permanencia árabe acentúa el carácter que desde muy antiguo le definió. Es claro que los musulmanes organizaron una ciudad relativamente estructurada en base a corregir grandes defectos de sus precedentes colonizadores, y así como los romanos levantaron la monumentalidad malacitana sobre los restos tirio-fenicios en las lomas que ocuparon frente a la mar de Málaga -calle Alcazabilla y estribaciones de Gibralfaro-, los árabes hollaron, junto a ella, los salsarios industriosos donde se habían preparado durante siglos las salmueras en las que solían conservar los pescados malagueños. Pero llegaron a más, porque fue durante los inicios de la cultura africana cuando verdaderamente los Percheles centran la atención de toda su actividad en las salazones. Los árabes no querían sus pestilencias tan cerca de la ciudad, de manera que, cuando realizan el diseño de las murallas y su recorrido definitivo, al barrio se ingresaba por la Puerta de la Espartería como camino más directo. Los árabes hicieron definitivo barrio de pescadores a los Percheles y mantuvieron durante ocho siglos su condición de zona periférica, y cuando la Malaca hispanomusulmana comienza a organizar la nueva ciudad partiendo del modelo anterior, todavía persiste en marcar las diferencias. En realidad, desde los romanos hasta Isabel y Fernando, el Perchel es una crónica de marginación por su singularidad industriosa. Ello ocasionó el establecimiento de familias relacionadas con las faenas de la mar, y si a ello se une el indeferentismo mostrado por la ciudad intramuros, el resultado final sería el desarrollo de un territorio habitado por una tipología humana claramente distinta, para bien o para mal, de aquella otra que moraba en el núcleo cerrado que abrazaba torres, bastiones y edificios notables. Se comprenden las diferencias en el hecho, no menos diferencial, de que los percheleros vivieron más cerca de la mar de Málaga que cualesquiera otros vecinos. Esta condición de gentes próximas a la marina, de usuarios preferentes del rebalaje y durante siglos los más constantes vecinos del territorio permitió a tan abigarrada comunidad de intereses humanos, industriales y artesanales alcanzar poco a poco y con el paso de las generaciones las ya aludi¬das características de vida y costumbres que los hacían distintos a los ojos de cualquiera. Es más, lector, cuando los ministros de Carlos III redactan las primeras instrucciones para que se derriben las murallas árabes del paño sur que corría al largo de lo que posteriormente sería la Alameda Principal, las singularidades tipológicas de los percheleros habían alcanzado ya tales grados de definiciones indelebles que Málaga les tuvo como de otro pueblo. «CASA DE ANCHIOVAS». Para dar idea de cómo el Perchel adquirió inusitado desarrollo a partir de agosto del año 1487 -fecha en la que la ciudad se rindió a los Reyes Católicos- y de qué manera iba en aumento la industria de las salazones, bastará consignar que no pocos de los que estuvieron en el cerco de Málaga durante tres meses y once días solicitaron lugares para instalar «casas de anchovas» para elaborarlas o percheles en los que colgar el pescado para secarlo. Bastantes de aquellos sitiadores alcanzaron del poder real tales peticiones, en tanto que otros distintos tuvieron que esperar quince años para que se pudieran atender sus demandas para lo propio. Gustavo García Herrera, tomando la referencia del libro «Documentos históricos de Málaga», de Luis Morales García-Goyena, nos presta una información muy concreta del año 1502, según la cual los regidores municipales, a fuerza de soportar presiones de una parte de la ciudadanía que deseaba instalarse en el barrio, deciden abrir la mano, entendiendo que a mayores instalaciones tanto más progreso. «Mandaron que se pregone que cualquier persona de las que tienen pedidos solares a la cibdat o les están dados e agora los quisiesen pedir, que den su petición para que visto por la cibdat se provea según oviere logar de justicia. Pregónese lo susodicho conforme a lo que los dichos señores mandaron en la dicha cibdat de Málaga, día, e mes, e año, sobre dichos». (22 de abril de 1502.) Testigos del expresado documento de convocatoria pública fueron Pedro de Villalva, Alonso García Montenegro, Antón Ximénez Herrero y Francisco Camacho. También figuró Juan Lorca, en calidad de pregonero. «En este dicho día los dichos señores e Fernando Pérez de Toledo, Regidor, se juntaron al pie de las Torres de Fonseca delante del mesón de Christoval de Berlanga e acordaron que por quantos algunos vezynos han pedido sytyo para casas do hagan anchovas e aquello es nobleza e by en de la cibdat e vezynos della, que pues ay buena disposyción para ello que se provean e den por horden otra acera de casas frontero a las que agora estan fechas dexando la del araval, e que los dichos solares sean por la orden y del tamaño que se dieron los otros que por Repartymiento están proveydos, e que se pregone e aperciba que las personas que han pedido e los quisyeren, parezcan e den su petición para que sean proveydos cada uno segund ovierelogar de justicia». La convocatoria pretendía ser justa en la medida en que pudo ser injusto el repartimiento de años anteriores, por lo que declaraba: «Otro sy, dixeron que en cuanto a lo de los percheles para escalar pescados sobre que algunos vezynos han dado petición, mandan que se midan los que están dados por Repartimiento e cumplido aquello en lo que más oviere e quedare se den e midan a las personas que la cibdat viene que los deven a ver del tamaño e según que las Hordenanzas del libro de la Reformación lo contyene, e mandáronlo asy. Testigos Diego de Vargas e Diego Morales, tendidores, e Pedro de Quenca y Antón López, vezynos desta cibdat». Pero hay más gente que testificó los actos de aquel 22 de abril de 1502, fecha en que los Percheles se vieron invadidos por un aluvión de entusiastas asentadores, bien para iniciar actividades industriales salazoneras, bien para una dedicación concreta a las pesquerías: «Alonso de Córdoba medidor dio fe que medió los sytios de viñales e percheles para enxugar pescado de la otra parte del Guadalmedina hacá las Torres de Fonseca entre el camino de la playa, seys varas de medir cada soga, conforme a la copia de Relación de los libros de la Reformación». Durante la jornada de referencia fueron medidos veinte percheles, ocho de los cuales se otorgaron por Reformación y los doce restantes a quienes los regidores acordaron. Otros percheles distintos a los anteriores quedaron para varadero libre de los barcos, o de uso común, por lo que «no se puedan dar a persona alguna los dies sytios caberos, que sería mucho perjuysio estar aquello embargado» . Con estos acuerdos el barrio alcanzó dos cosas fundamentales: primera, que el movimiento vegetativo creciera proporcionalmente al industrial, y segunda, que la urbanística resultante de otros cíclicos aluviones humanos desarrollara un diseño de gusto más popular y utilitario, con lo que definitivamente el Perchel también impulsó un modelo exclusivo de vivienda: el corralón. CALOR HUMANO. Tiene inusitada importancia la cuestión habitacional perchelera, pues el tipo de convivencia que nació al desarrollar viviendas comunitarias creó unas interrelaciones humanas que fueron mucho más allá del trato convencional entre vecinos al fomentar todo un sistema particular de comportamientos, hábitos y costumbres que acabó dando definición a todo el colectivo. Pero hubo más: la larga convivencia de muchas familias durante generaciones, además de crear nuevos y crecientes vínculos a través de uniones matrimoniales, hizo posible el sistemático intercambio de genes al alborear una cultura eminentemente perchelera, de unas pautas de comportamiento del ser y del estar perchelero; tanto, que había momentos en que las respuestas colectivas del barrio, respecto al resto de los malagueños, denunciaban su carácter cerrado más próximo al gueto que al universalismo urbano. Naturalmente se forjó un sistema de vida, y, bien por la promiscuidad de un ambiente que en muchas cosas recordaba la cultura árabe o por la mezcla de tantos elementos urbanos compartidos, maduró todo un proceso bioquímico que culminó en la síntesis de las llamadas esencias percheleras, muchos de cuyos vicios y virtudes trascendieron por el Llano avanzando hacia el barrio de la Trinidad o, escurriéndose, por los portillos del Guadalmedina hacia el interior de la ciudad murada. Hitos tradicionales del barrio fueron, según consta en las crónicas locales, las famosísimas Torres de Fonseca, vigías oteadoras y defensivas frente a invasiones indeseables, en el punto más occidental del Perchel y referente más antiguo. Próximas a ellas se construyeron la ermita de San Andrés de ahí el nombre de las playas que posteriormente conoceríamos como del Bulto y la iglesia y convento del Carmen, de devota presencia todavía. Al adjudicar los representantes municipales terrenos para casas de anchovar, percheles para secar el pescado y viñales para colgar las redes, limitaron la actividad industrial a la ribera derecha del Guadalmedina; quedaba, por tanto, absolutamente prohibido prolongar dichas dedicaciones a la margen izquierda del río. Fueron conscientes los munícipes de la necesidad de que se respetara aquella limitación, toda vez que el objetivo seguía siendo el de defender a la ciudad de las agresiones perfumantes que dimanaban de dicha industria. Toda transgresión a tan fundamental norma se penalizaba con la pérdida de la madera y cuerdas de los percheles otorgados, además de abonar 600 maravedíes para los propios del consejo municipal. A cada uno de los vecinos solicitantes se le ofrecía un solar para perchel de tres sogas de largo y tres de ancho, equivalentes a unos quince por quince metros, y en cuanto a las casas para anchovar «se alinearían una junto a otra, abrirían sus portales en dirección al mar y tendrían cada una de ellas treinta pies de largo y quince de hueco en ancho (8,37 por 4,18 metros hoy), en explicaciones de don Francisco Bejarano Robles que posteriormente recogió el profesor Pedro Portillo Franquelo en un meritorio estudio topográfico de los planos de la ciudad de Málaga que levantaron José Carrión de Mula en 1791 y Onofre Rodríguez en 1805. ESTRUCTURA DEL BARRIO. Según los citados planos, la ciudad estaba dividida en veintiséis grandes cuarteles, término equivalente a distrito, de los que correspondían al Perchel los números 21, 22, 23 Y 24. Cada uno de estos cuarteles tenía su comisario y alcalde de barrio, especie de enlaces políticos con la gobernación cívica y el Ayuntamiento, respectivamente. El primero de ellos podía o no vivir en el mismo barrio, pero al segundo se le exigía su condición de vecino del mismo. El cuartel 21, en el que comenzaba la distribución territorial perchelera, tenia como comisario a Gregorio Casadevals, un catalán que vivía en la plazuela de los Moros; era su alcalde de barrio José González, domiciliado en Huerta del Obispo. La extensión del cuartel abarcaba: puente de Santo Domingo, pasillo del mismo nombre, calles de la Puente, San Jacinto, Agustín Parejo, Riviera, Fuentecilla y Santa Rosa hasta la de Calvo. Tenia 11 manzanas de viviendas y comercios y en ellas se albergaban 565 vecinos. Del cuartel número 22 también era comisario el citado señor Casadevals y alcalde de barrio José Miraya, que habitaba en la calle Cerezuela. Su territorio estaba configurado por 8 manzanas de casas en las que se cobijaban 523 vecinos, y sus calles principales comenzaban en la puerta del matadero, discurriendo por los Callejones del Perchel y calles Santa Bárbara, del Horno, Matanza y Rosal. El siguiente cuartel estaba bajo la responsabilidad del comisario Pedro Rumbar, distinguido ciudadano que vivía en calle San Juan, y del alcalde de barrio Juan Ramírez, residenciado en calle Barragán. Sus diez manzanas de casas y sus 495 vecinos estaban distribuidos a lo largo de la plaza de San Pedro y calles del Arco, Angosta del Carmen y del Quartelejo (Cuartelejo, según podemos recordar todavía). Finalmente, y como cerrando un territorio ordenado a la manera de aquellos siglos, el cuartel número 24, uno de los más extensos de Málaga y desde luego el principal del Perchel. Tenía quince manzanas de casas y 483 vecinos. Su comisario era el mismo que atendía el cuartel anterior y ejercía de alcalde de barrio Juan Casas, residenciado en la vía principal de los Percheles. Dentro de su distrito estaban las calles Ancha del Carmen, Plaza Vieja de Toros, Picadero, San Andrés y Huerta de San Telmo, «orilla del mar en el Guadalmedina». Según ya quedó referenciado, el Perchel no nació bajo ninguna torre parroquial ni espadaña conventual, ya que unas y otras fueron surgiendo en puntos diferentes del barrio a medida que se producían, por aluviones humanos más o menos cíclicos, asentarnientos vecinales a todo lo largo y ancho de su territorio. La cronología de su monumentalidad religiosa, la única que en realidad tuvo, consigna los años 1494, 1584, 1658, 1757 Y 1793 como aquellos en que se crean el convento de Santo Domingo, el de Carmelitas, la iglesia de San Pedro, el convento de la Aurora María y el de filipensas de San Carlos por el orden citado. Cabe hacer una aclaración: el antiguo convento de la Aurora María, que se tiene actualmente como trinitario dada su situación, nació perchelero, y sólo al abrirse la calle Mármoles y posteriormente construirse el puente de la Aurora alineado hacia dicha calle quedó unido al barrio de la Trinidad. Medina Conde, Pascual Madoz, Guillén Robles, Bejarano Robles y García Herrera, entre otros autores, al estudiar la cronología que alude a la monumentalidad religiosa de los Percheles, difieren en algunos puntos no demasiado fundamentales, por lo que en esencia los datos que de ellos hemos tomado resultan fiables, pues siendo en lo anecdótico diferentes coinciden por el contrario en lo fundamental El nacimiento del convento e iglesia de Santo Domingo tuvo su origen sobre las siete huertas que, a la hora de los repartimientos de Málaga, los Reyes Católicos adjudicaron a los dominicos. Sobre una de estas huertas, justo la que estaba más próxima a la ribera del Guadalmedina, había existido la ermita de Santa María de las Huertas; fue allí precisamente donde se hicieron los cimientos del convento e iglesia dominicos. Según la leyenda, al efectuarse las primeras excavaciones fue descubierto un pozo, en cuyo fondo se halló una antiquísima talla de la Virgen María. Por el inusitado hallazgo y las singularidades de la obra de imaginería, la talla fue bautizada y popularmente conocida como Virgen Antigua, recibiendo culto en la misma iglesia cuando fue finalmente abierta al culto feligrés. Convento e iglesia que recibió en siglos posteriores el apoyo personal de fray Alonso de Santo Tomás, obispo de Málaga tenido por hijo espurio del rey Felipe IV, sufrió las lamentables consecuencias de las tres más importantes riadas del Guadalmedina, la de 1661, 1769 Y la última de septiembre de 1907, en la que el agua, desbordada por rompimiento de los muros del río, penetró en el interior del templo cubriendo la nave de agua enlodada hasta la altura del propio sagrario. Se convirtió en parroquia perchelera el día 8 de agosto de 1841. Cuando Pascual Madoz acaba el volumen «Málaga» de su famoso diccionario en 1850 consigna en sus páginas que ya existe la iglesia, pero «el convento se halla ocupado por la Casa de Beneficencia», lo cual indica que las leyes desamortizado ras ya habían afectado al uso del convento dominico. El dato de la existencia, ya entonces, de la Casa de Beneficencia en lo que fue convento también nos sitúa ante el hecho cierto de que la misma fue el antecedente más lejano de la existencia de uno de los primeros centros oficiales de atención a los niños pobres, hijos de padres sin recursos o claramente mendicantes, y de ancianos que carecían de techo y necesitaban protección casa, comida, cama y refugio para sobrellevar con relativo confort sus achaques y enfermedades, cuando no sus últimos días de vida. Otro popular centro benéfico del barrio del Perchel ha sido, durante los últimos 130 años, el Asilo de las Hermanitas de los Pobres, que se creó por la Casa Larios y que, inaugurado el día de San José de 1868, es uno de los hitos arquitectónicos y benéficos del barrio desde aquellos lejanos días. En él recibieron asistencia muchos ancianos malagueños, pero fundamentalmente del propio barrio donde nació y, reformado en su interior totalmente, todavía continúa realizando meritoria labor. . Un tercer centro benéfico, el Asilo de San Manuel, continúa en el barrio. Este fue un centro que ayudó a levantar y mantener una insigne malagueña: doña Trinidad Grund, que con otros distintos coetáneos puso a disposición de las madres trabajadoras de finales del pasado siglo una institución para atender a sus hijos en tanto ellas acudían a diarjo a sus obligaciones obreras. Centros benéficos, iglesias y cenobios dieron al Perchel no sólo arquitectura, sino servicios. A ellos acudían, por las singularidades sociales de las familias que allí vivían, muchos de sus vecinos en distintas épocas, momentos y situaciones. El convento del Carmen fue fundado por fray Gabriel de la Concepción, un carmelita calzado de la ciudad granadina que llegó a Málaga con el encargo fundacional de sus superiores y se encontró a su llegada con una urbe víctima de una de sus tradicionales epidemias de peste. Eran los meses iniciales de 1583, de manera que el recién llegado tuvo que ponerse a trabajar en la asistencia a enfermos contagiados, dejando para más adelante la tarea de fundación para la que fue enviado a nuestra ciudad. La crónica malagueña de fray Gabriel de la Concepción -conocido en Málaga como «Peñuela» por haber participado en la fundación conventual de Peñuela, Jaén- no es muy generosa en datos. Para algunos cronistas llegó fray Gabriel para la fundación del carmelo perchelero, en tanto que para otros varios su presencia obedeció a distinto asunto, aunque no lo aclaran. Lo cierto es que este fraile socorrió a la gente apestada que moribunda o no pobló las calles percheleras de los primeros mese de 1583. Fray Gabriel tomó como hospital propio la ermita de San Andrés, junto a las Torres de Fonseca, donde más tarde se levantaría el complejo monacal carmelitano. Las múltiples defunciones que produjo aquella epidemia de peste, la penuria económica del Obispado y del Ayuntamiento como consecuencia de la situación sanitaria y la negativa actitud de los dominicos percheleros, opuestos a que se llevara a cabo la fundación de la iglesia y del convento del Carmen, dificultaron las pretensiones del carmelita. No obstante, fray Gabriel de la Concepción debió ser todo un estratega de escuela diplomática porque el día 8 de marzo de 1584 obtiene licencia de la ciudad para llevar a cabo la fundación de la que fue encargado por sus superiores. Así, diez días más tarde de la fecha mencionada, toma para su Orden la antigua ermita-hospital de San Andrés y sus almacenes, y para el 27 de junio siguiente ya está funcionando el convento con las lógicas limitaciones de amueblamiento y personal necesario para su mejor gobierno. El ejemplo del fundador respecto a su actuación benefactora durante la epidemia de peste, así como su heroica ejemplaridad al ayudar a la población afectada, debió alcanzar entre los percheleros de entonces gran predicamento, puesto que al final hasta sus propios enemigos de religión, los dominicos, rectificaron. El propio fray Gabriel dejó escrito: « ... tomé una casa vazía en aquellos barrios que avían quedado muchas desde la peste, hice acomodar en un portal della una iglesia y altar y metime en aquella casa con mis fray les, y por la facultad que nos da la Bula de la Cruzada, pedí licencia al obispo, que fue acomodando las cosas de suerte que los mismos padres dominicos nos llevaron en procesión con el Santísimo Sacramento desde su casa hasta nuestra y glesia de San Andrés, donde lo pri¬mero que se labró fueron unas tumbas o sepulturas en el campo donde se avían enterrado los de la peste, que se cerró y luego se comenzó a labrar la casa, dándonos la ciudad una torre en que está la campana grande que suelen tocar a rebato cuando vienen los moros». Este relato del fray fundador del carmelo masculino del Perchel nos permite hoy confirmar sin apenas proponérselo que las actuales playas de San Andrés reciben su nombre de la antiquísima ermita que allí existió, sin duda levantada por los pescadores, que a tal santo tenían por celestial patrono; también dicha crónica nos aclara que, en efecto, ermita y hospital del mismo nombre estuvieron situados donde las famosas Torres de Fonseca, otero, vigía y bastión contra invasiones. Por último, que una de sus populares torres fue prestado campanario de la inicial iglesia carmelita. La presencia carmelitana en los Percheles malagueños, si hemos de traducir fielmente las crónicas, dan a entender que aquella fundación se hizo en el barrio a causa precisamente de la marginación que sufrían sus vecinos, pues con «el ejemplo y la acción de los carmelitas el barrio de los Percheles cambió tanto espiritual como materialmente, se suavizaron sus costumbres pendencieras, sus prácticas acuchilladoras, y hasta alcanzó épocas de prosperidad con la salazón y comercio del pescado». Santo Domingo, primero, y el Carmen, después, con una diferencia cronológica de 90 años, fueron los iniciales conventos e iglesias del Perchel. Tampoco serían los únicos pese a que históricamente las avalanchas y asentamientos populares del barrio distaban mucho de buscar cobijoerético; y si en realidad a aquellos conventos siguieron otros distintos, incluso su parroquia titular de San Pedro, fue debido al carácter de barrio populoso que alcanzó hacia la primera mitad del siglo XVII, y nunca por específica demanda ciudadana. Esta misma crónica recoge con alborozo de qué manera la pre encia carmelita en el barrio contribuyó a que amainaran no pocas tormentas procedentes del comportamiento de muchos de sus vecinos, entre quienes los había decididamente matones; jóvenes bragado s y dispuestos a jugársela con cualquiera a propósito de insignificantes nimiedades; chulos declarados con evidente poder e influencia en su calle; jabegotes del ocio diario a la sombra de una jábega varada, dejándose sus escasas monedas en el juego; barateros que navaja en mano exigían su parte en la timba, so pretexto de procurar orden en su territorio en tanto la partida estaba en marcha; cobradores marrulleros, traficantes oportunistas de usureros préstamos y maritornes voceadoras de ajenos ires y venires ... Guapas, jacarandosas y bellas mozuelas faeneras de la pasa, la almendra y los cítricos, que a diario cruzaban el Guadalmedina por sus portillos llevando a la ciudad su irrenunciable aire perchelero, regresaban al cabo de una larga jornada obrera de extenuante labor con los estigmas de su cansancio. Ello no fue inconveniente para que tan nutrida y alegre muchachada perdiera casi nunca su espíritu de supervivencia en medio de una ciudad que de alguna manera les discriminaba por su procedencia. Sus fiestas populares -cruces de mayo, veladillas del Carmen, Coso Blanco, Semana Santa- eran, con sus fiestas de patios y calles, ocasión singular para el reencuentro. Si en realidad con el establecimiento del convento del Carmen en la parte más occidental de los Percheles se produjo, según coinciden diferentes autores, un cierto cambio en la vida y en las prácticas diarias de muchos de sus vecinos, es de suponer que no por ello desaparecerían totalmente sus conflictos. La precisa estructura de comunidad cerrada que tenía, sus tradicionales modos culturales sin posible gemelación con ningún otro .barrio, su manga ancha para otorgarse dosis de libertades individuales y su escasa generosidad para identificarse con conductas extrapercheleras no cambiaron nunca. Pesaba sobre el barrio la existencia de su propia historia, hecha a base de largos periodos de silencio como de escandaleras extemporáneas, casi siempre relacionada con la situación social que allí se vivía, con los distintos momentos políticos que se protagoni¬zaban como extensión de inquietudes obreristas o necesidades municipales que nunca se cubrían pese a la existencia de comisarios y alcaldes de «cuarteles», según ya pudimos comprobar en el capítulo anterior. En cierta manera, y es una clave más para entender sus tradicionales relaciones con la ciudad, el Perchel, cuando alcanza conciencia de barrio singular a lo largo de todo el siglo XIX, acentúa sus diferencias con la ciudad que le margina. Es en esos momentos cuando ciertamente la larga peripecia de barrio distinto vivida por los percheleros a espaldas de Málaga hace aflorar las definitivas malquerencias que fijan para un largo periodo de tiempo lo que en realidad significaba para los vecinos del barrio la Alameda Principal, la calle Larios, el paseo de Reding y la misma Caleta, símbolo no sólo de la ciudad burguesa, sino escenario habitual de sus influyentes familias. Un nuevo símbolo perchelero nace en el corazón del barrio, la plaza de Ortigas a, al iniciarse la segunda mitad del siglo XVII. Es la iglesia de San Pedro, creada como ayuda de la parro¬quia de San Juan, de la que dependía todo el territorio perchelero. La noticia nos la facilita el canónigo Cristóbal Medina Conde al estudiar el pontificado malacitano de Diego Martínez de Zarzosa: «Nuestro prelado erigió en el barrio de los Percheles, año 1658, la Ayunda de Parroquia de San Juan, dedicada al Señor S. Pedro como en el barrio de la Trinidad al señor S. Pablo. Como erector de ella se conserva en la sacristía un retrato de dicho obispo Zarzosa». Al mismo canónigo debemos noticias acerca de uno de los más ilustres vecinos nacidos en el mismo barrio, el que, con el tiempo, fuera obispo de Cádiz y personalidad cuasi ministerial, cuasi política y, finalmente, hasta aristocrática, al recibir título nobiliario. Medina Conde dice sobre él: «Este barrio tuvo la fortuna y dicha de haber nacido en él en noviembre de 18 1663, Y bautizándose el 5 de dicho mes en su parroquia de San Juan, don Lorenzo Armengual de la Mota, que llegó a los empleos y honores de abad de San Mamés en Galicia, obispo de Gironda, auxiliar de Zaragoza y vicario y visitador general. También fue presidente del Consejo de Hacienda y, últimamente, obispo de Cádiz. En reconocimiento al barrio de su nacimiento, y para beneficio espiritual y temporal de sus vecinos, dotó en 1724 cinco capellanías servideras en ellas, una, para cura teniente, y las otras quatro, para quatro sacerdotes y confesores para oír la penitencia de aquellos feligreses, y otros dos cantores para oficiar las misas, Vísperas y Completas los domingos, días de fiesta y en los sábados, la Misa de Nuestra Señora. A más de esto dexó dotada en los jesuitas (actual iglesia del Santo Cristo, entonces templo de la Compañía de Jesús) una Misión para la explicación de la Doctrina Christiana, que hoy se cumple por otros predicadores en dicha iglesia». y sigue: «Para mayor alivio de sus paisanos, dividió las rentas de sus mayorazgos en tres partes. Una para vestir pobres, y viudas de su barrio de los Percheles; otra para redimir cautivos, principalmente malagueños; y la tercera para dotes de doncellas pobres huérfanas, naturales de esta ciudad, bien para religiosas o para casarse, de 200 ducados cada una. Por patronos de obra pía tan magnífica nombró al Deán, y a los tre canónigos de oficio de esta Catedral, a cuyo cargo corre la distribución de sus limosnas y el cumplimiento más exacto de obra tan útil. Para condecorar más las personas de los Deanes, les agregó el título de Marqués de Campo Alegre, que en atención a sus méritos le concedió el Sr. D. Felipe V en 6 de mayo de 1716 en cabeza de su hermana Doña Jacinta Armengual de la Mota». Es posible que a través de las cinco capellanías• creadas en el barrio por el perchelero obispo Armengual de la Mota en l724, precedidas en el tiempo por el carmelo y la parroquia, dieran aquellos frutos de coexistencia vecinal a los que aludieron las antjguas crónicas carmelitanas. IIERMANOAOES. En un sentido estrictamente religioso, las aportaciones de convento, parroquia y las meritorias decisiones del propio obispo -aunque fuera a distancia- movilizaron a los vecinos hacia el fenómeno cofrade, algo en lo que, hasta entonces, no se habían ocupado. En este sentido, e constata a finales del siglo XVIII las fundaciones de las hermandades de Nuestra Señora del Mar, un título muy adecuado dado el carácter marinero del barrio, así como la del Cristo de las Penas, de Nuestra Señora de los Dolores, del Santo Rosario, de Jesús de la Buena Muerte y la del «Chiquito» o Misericordia, «que es la última que se ha erigido en esta iglesia de San Pedro», revela Medina Conde, « ... para socorro de los pobres enfermos de este barrio, administrándoles todos sus alimentos, medicinas y médico para su curación. Sus Constituciones impresas, que aprobó S. M. por su Real Cédula en Madrid a 10 de diciembre de 1791, es la que se fundó con el citado título de la Misericordia, que llenan sus caritativos y ejemplares cofrades con mayor exactitud». La otra gran creación cofradiera fue la de la Archicofradía del Nazareno, fundada en la primera mitad del siglo XVI, fusionándose con la Hermandad de la Esperanza en 1641 al quedar fundada ese mismo año. La tercera fundación religiosa en los Percheles fue el Convento de la Aurora María, que estando hoy más próximo al barrio de la Trinidad nació perchelero por una simple cuestión de morfología urbana. En efecto, en 1767 el muro occidental del Guadalmedina discurría desde el vomitorio del río por el pasillo de Guimbarda hacia la calle del Cañaveral. Allí se formaba una plazoleta innominada que abarcaba todo lo que en la actualidad es la entrada a la calle Mármoles y la placita del Padre Miguel Sánchez. No estaba definida como ahora la calle Trinidad, pues esta vía se formó desde la colina del antiguo convento, después cuartel del mismo nombre, descendiendo desde las populares Barrera y Calzada del barrio. Como para el año indicado la urbanística trinitaria estaba todavía por definir y el eje natural del barrio, calle Mármoles, no había establecido aún la línea divisoria entre ambos territorios, resultaba que el Perchel invadía la parte trinitaria más próxima a la ribera occidental del Guadalmedina. En ocasiones, antes y después de la Reconquista, aquella explanada fue célebre por la organización frecuente de una feria de borricos. Ya desde el año 1680 en distintos puntos de la ciudad se practicaba la devoción procesional del Rosario de la Aurora. Se tienen noticias de las que para entonces salían de las calles San Jacinto, Parras y, posteriormente, de la iglesia de la Merced. Al instalarse las monjas de la Aurora y Divina Providencia en la ribera del Guadalmedina en 1728, la devoción del rosario matutino se extendió de manera tan notable, que resultó relativamente fácil que los vecinos del Perchel, los procesionistas y adeptos a la devoción mariana, ayudaran de forma tal que el templo de la Aurora María -todo su exterior labrado en piedra- pudiera inaugurarse en el mes de enero de 1758. La misión por la cual se construyó la iglesia-convento fue la de fomentar devocionalmente el Rosario de la Aurora, objetivo que dejó de cumplirse en diferentes momentos históricos del siglo XIX y primeros años del presente, tanto a causa de inestabilidad y cambios políticos de signo anticlerical o por furores laicos. Por último, el convento de San Carlos Borromeo. Este convento, tal como nosotros lo hemos conocido en la calle Calvo habitado por monjas filipenses que tanta paciencia e inspiración pusieron siempre al bordar enseres procesionales para las cofradías y hermandades procesionistas locales, fue, en la intencionalidad de su origen, una fundación orientada a la reinserción social de las prostitutas. La primera casa de recogimiento para esta clase de mujeres ya la fundó en Málaga fray Alonso de Santo Tomás en la segunda mitad del siglo XVII, pero por falta de apoyos tuvo que desistir en su idea, igual que ocurrió a otros obispos sucesores. Tuvo que ser Carlos III quien, a través de sus ministros, diera decidido amparo a lo que su precedente Carlos negara. Así, el Colegio de San Carlos Borromeo -Casa de Misericordia, Correccional para Mujeres, Beaterio o «Casa de Arrecogías» como finalmente se le llamó- se abre primero en la calle Pozos Dulces, pero, siendo inadecuada aquella casa y ubicación, se adquiere en la calle Calvo de los Percheles una más adecuada con huerta y jardín, que permitió mayor cabida de mujeres. Las primeras «magdalenas» fueron 50 aquel día 1 O de mayo de 1793 en que queda oficialmente inaugurado el beaterio, cuya vida, después de haber rendido buenos servicios sociales a mujeres de la calle durante sus primeros decenios de existencia, y a niñas desamparadas más tarde hasta totalizar un largo siglo y medio de existencia, acaba prácticamente cuando los proyectos urbanísticos del Polígono Residencial Alameda se ponen en marcha hacia la mitad de 1950. El progreso lo barrió del mapa urbano; Málaga perdió, con aquél y otros símbolos percheleros, parte fundamental de la historia de su primer barrio. IIUELLAS DEL PASADO. Una serie de pinturas al fresco -de implícita y cambiante simbología religiosa, mitológica, heráldica y de carácter artesanal- aparecidas a medida que iba avanzando el proceso de degradación arquitectónica de los viejos edificios percheleros nos permitió confirmar personalmente hace diez años la importancia de la zona como primer barrio organizado de Málaga. Tales descubrimientos fueron resultado de la paciente labor del jesuita malagueño Jorge Lamothe -entre 1983 y 1988 coadjutor de la iglesia de Santo Domingo y luego párroco de Los Asperones-, que, siempre atento al medio y arquitectura percheleros, había venido estudiando diferentes aspectos monumentales del más antiguo barrio de Málaga. Jorge Lamothe observó con detenimiento algunas fachadas percheleras que sucumbían al paso del tiempo, logrando reunir más de dos millares de fotografías en las que documentó parte del adorno inmobiliario que fue característico en muchas de sus casas principales. Son fotografías no sólo crónica estética y arquitectónica, sino explicación y claro discurso de su mejor lejano ayer. Que el Perchel fue un barrio importante de la periferia malagueña ya se constata en su pasado romano y musulmán, cuyas culturas respetaron la zona como asentamiento entre urbano, mercantil y de relación social. Es más, cuando se extendió a extramuros por los pésimos olores con que su industria castigaba a la población, el sector no perdió el pulso primitivo ni se abandonaron los destacados inmuebles que, conocidos o no, representaban parte de su patrimonio arquitectónico, muchos de los cuajes -sin que hasta hace diez años se conocieran- ocultaban tras las numerosas capas de cal o estuco que tuvieron a lo largo de los siglos excelentes pinturas de los siglos XVI, XVII Y XVIII. En el pasillo de Santo Domingo, la academia de baile de Angelita Didier era un verdadero santuario en el que cada día, mañana y tarde, quedaban reunidos no sólo los pequeños y jóvenes artistas en ciernes, sino sus mamás y parientas más cercanas, que gustaban de seguir desde incómoda silla de anea --{) de pie- las evoluciones del baile y los giros de la canción de sus tiernos ensayantes. Casi próximo, Conservas Santa Rosa, resto de la que fue importante industria conservera de Diego Martín Caballero, el primero que en Málaga comercializó los boqueroncitos fritos manojados al vacío en envases de hojalata. Conservas Santa Rosa inundó el barrio de los últimos aromas procedentes de la industria que dio origen al barrio. En ella trabajaban docenas de mujeres y su fábrica abastecía no sólo a la ciudad, sino a gran parte de la región y otros muchos mercados provinciales de España. Entre Cerezuela y Matadero Viejo, la muy activa Gráficas Alcalá, en la que a diario nacían prodigios litográficos que más tarde se enmarcaban para el adorno interior de viviendas populares y aun cultas, dada la excelencia de sus trabajos y la inspiración y arte de los pintores y dibujantes que los realizaban. También en el pasillo de Santo Domingo, los talleres de Juan Gallego Gallego, que en su tercera generación de los del mismo apellido allí mantuvo sus instalaciones hasta que en 1970 se traslada de lugar al crear la Factoría Naval de Málaga, S. A. Paisaje abigarrado de industrias, comercios, establecimientos y viviendas particulares, todavía destacaba por su actividad la Fábrica de Curtidos de Fernández Requena, que ocupaba, como decenios más tarde se demostró, la parte más artística del desamortizado Convento de Santo Domingo. Los Franquelo tuvieron en la calle Don Iñigo su fábrica de Cerveza Victoria, la que generalmente se consumia en la ciudad y que hizo popularísimo el logotipo del ciudadano orondo, de traje blanco y canotier que, enjugándose la cara por el calor, se refresca con una de aquellas botellas verdes que la hicieron famosa. Sin duda, habrá todavía muchos percheleros que recuerden con una cierta nostalgia la escalinata que, desde la Alameda Principal, daba acceso al barrio. ¿Qué perchelero niño no se dejó alguna vez deslizar por sus espléndidas y muy pulimentadas «chorraeras» formadas por anchos pasamanos de piedra?, y ¿quién, también de niño, no intentó subirlas gateando, esforzándose para mantener el equilibrio en tan singular e incómoda postura? Desde aquellas escalinatas, especie de mirador al barrio, el Perchel asomaba como un paisaje de campo abierto a la vega que tenía inmediatamente detrás, y que hasta pasados los años cuarenta no la tuvo tan cerca y nutrida de huertas y arboleda. ¿Pudo olvidar algún perchelero o amante del barrio aquel increíble edificio que fue Casa de Socorro, con su torre con reloj a cuatro direcciones y su artística y bien labrada fachada revestida de piedra? Se encontraba hasta su demolición junto al Asilo de las Hermanitas de los Pobres, y era, por enci¬ma de todo, una extraña construcción que siempre mereció más céntrico emplazamiento. ¿ y el cuartel de los «Gurripatos», en el que tantas generaciones de malagueños hicieron la mili voluntaria -luego sería edificio de la Base Aérea de Málaga- y que tuvo como prolongación la Escuela de Especialistas del Ejército del Aire? ¿Se perdió ya de la memoria de sus antiguos vecinos el obrador-confitería de La Imperial, que tenía su entrada por el actual Mercado Municipal del Carmen? ¿Y la fábrica de caramelos de E. López, en calle Cuarteles, o la Jabonería de Silva, o, simplemente, la casa donde vivieron Pepe Mena y el pintor Manolo Garvayo? Percheleros fueron negocios de vinos y telares de la Casa Larios. En calle Constancia estuvieron sus bodegas locales durante decenios, y en la finca La Aurora, además de existir como metáfora muy distinguida de la farrulia del rrusmo apellido su famosísima «estufa» -gran vivero de aclimatación de plantas de todos los continentes con gigantesca cúpula acristalada-, existió la primera fábrica de hilados de la historia de Málaga, que más tarde aumentó su producción en la Industria Malagueña, en Huelin, también de la rrusma farrulia. No fue un barrio cualquiera el Perchel. Hay que considerar que por el gran territorio que con los siglos ocupó, el número elevado de casas que en su perímetro se construyeron y el no menos importante de sus industrias de todo tipo, el flujo y reflujo vecinal fue constante, y su nombre, a causa de la ocupación humana y su espíritu industrial, famoso. Uno de los símbolos percheleros, precisamente el que representó su «modernidad» indudable, fue la Estación de Andaluces, cuyas oficinas administrativas estaban ubicadas en el llamado Palacio de la Tinta, en el paseo de Reding. La estación nace como consecuencia de la compañía ferroviaria que distintos capitalistas malagueños -Casa Heredia, Casa Larios y los Loring, entre otros distintos fundaron para establecer la línea Córdoba-Málaga, con el fin de comunicar nuestra provincia con el centro del país a través de la capital de la Mezquita. Aunque la tramitación administrativa y la realización del proyecto técnico tuvieron larga gestación, el primer tramo del recorrido pudo inaugurarse durante el mes de septiembre de 1862 con ocasión de la visita que realizó a nuestra ciudad la reina Isabel 11. Existe un grabado de la época que muestra un arco de triunfo que para recibirla se levantó en la plaza de la que sería futura e tación, y que entonces no estaba ni siquiera diseñada. La Estación de FF. Cc. Andaluces aportó a los Percheles una inusitada actividad, que, unida a la que tradicionalmente mantenía dada su industria y comercio, representó para el barrio algo así como la apertura de una gran puerta por la que el tránsito de carros con mercancías y pasajeros usuarios de los trenes actuaron de forma directa para hacerle perder su aparente condición de barrio aparte de la ciudad. A ello contribuyó de manera indudable la estación, pero también las rampas de acceso a los Percheles que se construyeron a partir del puente de Tetuán, tanto en la dirección del pasillo de Santo Domingo como hacia calle Cuarteles. En último término, la línea tranviaria que desde el centro urbano se prolongó a la estación para llevar y traer pasajeros y mercancías resultó otro de los factores que favorecieron el deseable contacto diario del centro con el barrio, y al revés. Hemos hablado de la arquitectura popular que caracterizó durante siglos al barrio del Perchel --casas imaginadas para vivienda e industria y comercio, corralones en los que vivieron docenas de familias en condiciones de inimaginables carencias, construcciones propias para el establecimiento de servicios administrativos, etc.-, mas no fueron los úni¬cos. En efecto, a lo largo del último siglo y medio nacieron, desaparecieron y en algunos casos todavía resisten el paso del tiempo distintos ejemplos que muy pocos malagueños en general y percheleros en particular han olvidado. De entre los que se guarda excelente memoria, y que durante tantos decenios fue uno de los adornos arquitectónicos más bellos cercanos a la Estación de Andaluces, destacó el que se conoció como Palacio Bevan, situado en la explanada en su parte más próxima con la calle de Fortuny. Este palacio, que iniciándose en Fortuny con un espléndido jardín cerrado por vistosa y resistente verja corría al largo de la de Ayala, había pertenecido al comerciante señor Ramos Power y representaba una de las muestras más exquisitas y acabadas de la clásica arquitectura malagueña del XIX y, desde luego, el más representativo edificio de vivienda señorial de todo el barrio. El palacete estaba construido en forma de «u» y, además de contar con el ala frontal y otros dos más laterales, tenía en su centro un gran espacio cubierto para caballerizas y cocheras, y tanto la casa como el jardín y restantes terrenos anejos tenían una extensión de 12.000 metros cuadrados, lo que le convertía en la casa no sólo más nota¬ble por su diseño, sino por la parcela que ocupaba. Adquirido al señor Ramos Power por Roberto Bevan, se destinan las plantas superiores a oficinas y despachos, y en cuanto a la zona baja de ambas alas, la convierte en cuatro gran¬des almacenes o naves iguales de 107 metros de longitud por 15 de ancho. La presencia en Málaga de los Bevan, apellido de origen norteamericano, es muy antigua en Málaga. El comprador de la casa, Roberto Bevan, no fue el primero de los de la misma saga familiar en llegar a nuestra ciudad: antes que él lo hizo su bisabuelo materno, Joseph Crosby, con cuya hija, Luisa, casó John Bevan. Antes que Roberto también recaló en nuestra ciudad su hermano Warren, que después de realizar negocios con el padre de ambos, John, volvió con él a sus terri¬torios de origen quedando al frente de los negocios malagueños Roberto. Roberto había nacido en 1859 y llegado a nuestra ciudad, tras la definitiva ausencia de su padre y hermano, en 1870. A este Roberto hay que atribuir la adquisición del palacete, la iniciación de actividades almendreras para la exportación y, en definitiva, la malagueñización de una parte de la familia. Para dar idea de la importancia de la almendrera de Bevan -más tarde entraría en el negocio de la pasa-, habrá que decir que en la época de mayor actividad se llegaban a contratar a faeneras temporeras, a las que había que añadir 40 personas fijas entre capataces, auxiliares y mozos para el transporte de la mercancía. Otra idea que nos sitúa ante la importancia que adquirió la empresa son los datos que se refieren a las exportaciones de la última década de su existencia, 1950-60. Según pasadas referencias que en su momento pude dar a conocer en el libro «Paseo romántico por la Málaga comercia!», Bevan exportó 250.000 cajas de pasas a Suecia, 150.000 a Noruega, 100.000 a Finlandia, 400.000 a Estados Unidos y 500.000 se distribuyeron entre Inglaterra, Francia y Alemania. y en cuanto a las al mendras, las cifras fueron: tres millones y medio de kilos principalmente para Norteamérica, además de países nórdicos, Francia e Inglaterra. Roberto Bevan murió en Málaga, a la edad de 81 años, en 1940. Otro de los edificios notables del barrio fue, a partir de 1868 en que se inauguró, el del Asilo de las Hermanitas de los Pobres, quizá el más significativo de todos los que ha tenido en los últimos 130 años. Reformado totalmente hace unos años con la ayuda de una buena parte de la ciudad a través de festivales taurinos anuales, este emblemático y muy querido centro fue sufragado, como ya se comentó en su momento, por don Martín Larios y Herrero, primer marqués de dicho apellido, y su esposa, Margarita Larios y Martínez de Tejada, que fallecidos en París sus cuerpos fueron trasladados a Málaga y reposan en la cripta de la iglesia, bajo el altar mayor. El edificio comenzó a construirse en 1865 y el coste de la obra fue, entonces, de medio millón de pesetas. Su fachada de ladrillo visto, su empaque y diseño son todavía un verdadero adorno arquitectónico de los Percheles, aún más cuando, como ha sucedido, las transformaciones urbanísticas han cambiado totalmente la faz perchelera a lo largo de los últimos veinticinco años. PERCIIELEROS FAMOSOS. Haciendo memoria de los percheleros ilustres o populares que destacaron en distintos ámbitos, dedicaciones y épocas, podemos sorprendemos del elevado número de ellos que tuvieron como cuna tan famoso barrio malagueño. Tantos y tan distintos de carácter y ocupación fueron, que resulta extremadamente imposible citarlos a todos. El que la historia ciudadana sitúa más lejanamente y que ya aludimos en la entrega pasada fue, sin duda, Lorenzo Armengual de la Mota, al que nos recuerda una de sus actuales y más concurridas calles y que, en lo antiguo, era una de las más sombrías y escondidas de los Percheles en la dirección del barrio de la Trinidad. De la actividad delictiva relacionada con la trata de negros surge de la historia perchelera de comienzos del siglo XIX la indeseable figura de Pedro Blanco «el Negrero», que escribió nau¬seabundas páginas de enriquecimiento al capturar, organizar y conducir a Cuba a miles de negros guineanos. Estos eran perseguidos en plena selva y sus poblados y, a la fuerza, llevados a las bodegas de los barcos que los habían de llevar a tierras americanas para venderlos a los caciques de turno. Tan espectacular negocio debió producirle tales riquezas que, cuando ya hastiado de la vida que llevaba -dispuso de un verdadero serrallo para su servicio exclusivo y obligó a su propio sobrino a mantener con él relaciones sexuales-, se traslada a Barcelona, su dinero hacía oscilar la Bolsa a su capricho mediante intervenciones inesperadas. También figura de la segunda mitad del mismo siglo fue Pepita Durán, bailarina bellísima que había nacido en el seno de una humilde familia perchelera -su padre fue barbero del barrio- y que, con el tiempo, por su belleza, gracia y arte no sólo triunfó en Madrid, sino en las cortes de Roma, París, Viena, Berlín, Moscú y Londres. Pepita Durán se había casado muy joven con el también bailaor Juan Antonio Gabriel de la Oliva, de quien se separó, convirtiéndose en el perdido amor de lord Sackville Sackville-West, embajador de Inglaterra en Madrid y posteriormente en París. Con tan importante diplomático formó familia al casarse en 1851, ocasionando un mayúsculo escándalo social en la Inglaterra victoriana que obligó al noble inglés a recluirla en Arcachon, al sur de Francia, donde le construyó un gran palacio que llevaba su nombre y en el que falleció, rica y respetada, a avanzada edad. El gran pintor de cámara José Moreno Carbonero, uno de los más famosos y representativos pintores de la Escuela Malagueña del XIX, también fue de origen perchelero. De pequeño, nada más manifestar sus habilidades pictóri¬cas, le llamaron en el barrio «El Niño Moreno», y cuando poco a poco su fama se extendió por la ciudad y fue becado para realizar estudios en Madrid y en Roma, los propios vecinos le die¬ron el «don» al referirse a él con respe¬to y admiración. Perchelero y de la calle La Puente fue el escultor gitano Juan Vargas, autor, entre otras muchas obras, de la imagen del Cristo de los Gitanos. Vargas triunfó en Madrid al trabajar en el taller del padre Granda; luego se le reconocerían otros méritos en París y en Casablanca, donde desarrolló gran parte de su obra escultórica. Como personaje relacionado con el submundo perchelero alcanzó notoriedad un personaje conocido como «el Curita», que por sus fecharías fue muerto -comenta Gustavo García Rerrera en su libro «Cosas del Perchel»- a manos de un asentador de la lonja pesquera. Percheleros fueron los toreros Matías Lara y Paco Madrid, figuras que destacaron en la Málaga de los primeros años del presente siglo y que, por su arte y valentía, levantaban pasiones en cuantas corridas intervenían en el coso de La Malagueta y en cuantas plazas españolas o americanas se presentaban. De los artistas pintores del presente siglo destacó el gran creativo Manolo Garvayo, autor de una interesantísima obra --especialmente dibujo y grabado de orientación expresionista goyesca¬y afamado impresor, que tuvo taller en la calle Angosta del Carmen. Otros pintores nacidos en el Perchel fueron Francisco Hidalgo, que destacó en la Málaga de los años cincuenta con sus óleos, acuarelas y guaches; asimismo, Pepe Guevara Castro, uno de los fundadores del Grupo Montmartre, luego Picasso, que tanta influencia tuvo en la pintura local del mismo decenio. Pepe Mena, que vivió en calle Ancha del Carmen, donde tuvo negocios de coches y carros, afamó en la Málaga de los años cincuenta no sólo como concejal que fue de nuestro Ayuntamiento, sino como creador de la Orden del Boquerón de Plata, insignia que impuso a reyes, gobernantes y visitantes ilustres de Málaga hasta hacerla famosa en el mundo entero. En la nómina de percheleros populares -unos con fama en el barrio y otros distintos dentro y fuera de él hay que incluir a El Chachi, un experto matarife de caJle Pavía que, tal como su apodo indica, era persona cabal que gozaba de generales simpatías en los distintos ambientes del barrio. Perchelero de origen -aunque su fama se sitúa en calle Los Negros, el Altozano y la antigua plaza de Santa María, al pie de Gibralfaro- fue El Piyayo, gitano de los años veinte a quien hizo famoso el poeta José Carlos de Luna con el poema del mismo título de su mote artístico. Perchelera fue La Repompa, una singular bailaora -desgraciadamente desaparecida en plena sazón artística y cuando la fama ya le abría paso hacia todos los escenarios españoles- que conoció en vida grandes triunfos y constantes aplausos de sus numerosos admiradores malagueños. Nació en el barrio y en él afamó ya de niña La Repompilla, otro gran fenó¬meno artístico que con toda seguridad los percheleros no habrán olvidado por su arte, juventud y simpatía. María la Faraona, perchelera como los anteriores personajes, fue gran bailaora que conoció y trabajó durante sus últimos tiempos en el célebre Café de Chinitas; con posterioridad alcanzó fama en no pocos locales de Andalucía, llegando su popularidad a los ambientes flamencos de Madrid y Barcelona. Su vinculación al mundo de las cofradías fue constante, dado su condi- ción de gran saetera. PATIOS DE FIESTAS. Pese a haber sido como fue un barrio que constató a lo largo de su historia grandes carencias sociales -lo que se manifestaba en los antiguos corralones-, no por ello los percheleros perdieron nunca su sentido vital de la existencia. Disfrutaban del barrio y hacían todo lo posible porque el Perchel, pese a todo, asomara en cuantas ocasiones podía su rostro más cordial y amable. Sus patios se alegraban con las fiestas de la.Cruz de Mayo, en las que todos los vecinos no sólo ponían a disposición de ellas lo mejor de su atalaje familiar: mantones de Manila, abanicos, cobres, cornucopias, colchas y tapices -cuando los hubo--, sino que participaban en todas las fases de exor- no del patio y mantenimiento diario. Precedentemente a la fiesta, niño, jóvenes y mayores dedicábanse a la elaboración de cadenetas de papel de diferentes colores con las cuales formaban un techo divertidamente combado que alternaban con farolillos de papel; hacían una especie de altar para elevar en él delicada cruz confeccionada con flore naturales o «contrahechas» para que su prestancia fuera permanente; retiraban de los patios los pesados lebrillos donde la ropa se lavaba a mano para formar a su cuadrado la necesaria pista de baile; regaban el empedrado, el «emporlado» o el piso terrizo, y adornaban las paredes con delicados paños para disimular hume¬dades y desconchones. La fiesta de la Cruz de Mayo, como cualesquiera otras verbenas que por diferentes motivos pudieran celebrarse a lo largo del año, se animaba, bien alquilando un organillo callejero que suministraba pasodobles, mazurcas o valses antiguos, o, cuando no había dinero para tales contratas, entre los posibles vecinos músicos se organizaba el «yamba» (término que procedía de jazz-band), de manera que un volunta- rioso muchacho con acordeón, otro no menos heroico con saxofón y un tercero administrando la percusión musical, permitían que los vecinos y alegres invitados danzaran toda la noche en el festivo reencuentro. Figura no deseable en aquellas fies¬tas familiares era el «peorrón», casi siempre un malasombra descortés y provocador cuyas actitudes propiciaban en ocasiones situaciones violentas. El «peorrón» -figura presente en toda fiesta y reunión en cualquier barrio malagueño-- era el que, por lo general, bailaba haciendo giros y desplantes, perdiendo el compás para retomarlo de nuevo, dando codazos y molestando a las restantes parejas que pudieran estar cerca de él. En suma, era el que necesi¬taba todo el patio para sí, haciendo demostración de un estilo peculiar que, más cerca de lo hortera que de lo discreto, era generalmente rechazado por la gente discreta. VELADlLLAS. Con las cruces de mayo competían las famosas «veladillas del Carmen» del mes de julio, ciclo de fiestas en honor de la Virgen marinera de tan irrenunciable y devota filialidad por parte de todos los percheleros de ayer y de hoy. La tradición procesional marítimo-terrestre (con salida de la ermita portuaria, paseo en jábega por el puerto y recorrido a pie desde la lonja hasta la iglesia titular en el corazón del barrio) fomentó no sólo entre los vecinos percheleros, sino entre todos los malagueños en general, una cita inevitable durante el verano. A estas veladillas se acostumbraron a asistir muchos ciudadanos de la «parte allá del río» (el término era el mismo cuando se empleaba de una parte y de otra para referirse al contrario), de manera que, desde los últimos años del pasado siglo, la presencia de burguesitos, adinerados y gente influyente ya es notoria. Las fiestas se salían entonces de los patios, y las calles y plazas percheleras se convertían en escenarios propios para la jarana colectiva. En tiempos del gramófono de trompeta o del pick-up, el propietario de cualquiera de ellos lo prestaba para suministrar música bailable a la divertida concurrencia; con los nuevos tiempos y el progreso hasta se contrataban orquestas y se instalaban equipos de reproducción de sonido con «altavoces» que multiplicaban hasta donde se apetecía el sonido. Calles, plazas, pasajes y plazuelas se adornaban de plantas, flores y guirnaldas de papel; los zaguanes, patios y hasta los balcones rivalizaban en adornos y decoraciones que evocaban hechos del barrio o representaban animadas escenas y creativas estampas. Las «veladillas» eran tiempo de vino amigo y cordial relación entre unos y otros, fueran percheleros o no. El Ayuntamiento -muy particularmente a partir del mandato de Francisco García - no sólo se interesó por aquellas manifestaciones populares, sino que las patrocinó y apoyó de muy distinta manera, bien ofreciendo los premios de los concursos de calles, balcones y patios, bien contribuyendo a la necesaria infraestructura que hiciera de las fiestas un ciclo organizado, concurrido y vistoso en todos sus términos. Con el Perchel y a partir de los años sesenta del presente siglo ocurrió como con otros barrios de la capital: las autoridades gubernativas y municipales «descubrieron» lo que de vital y festero atesoraba y trataron de estimular la recuperación de una serie de tradiciones que le habían sido propias. Por ello, apoyaron sus fiestas -ya que no sus verdaderas necesidades sociales- no limitándose a patrocinarlas, sino que con mayor o menor voluntad y entreguismo hicieron que el resto de la ciudadanía se convirtiera en asidua de ellas, echando abajo la invisible muralla que le separaba de la ciudad desde lo más antiguo de su historia .

La Trinidad

Mas de quinientos seis años de antigüedad urbana cumple ya el barrio de la Trinidad. En efecto, el día 15 del mes de diciembre de 1492, los Reyes Católicos firmaron en Barcelona un privilegio por el cual concedían a fray Miguel de Córdoba, trinitario del convento de Málaga, tierras, huertas y viñas para el sostenimiento de la obra tan generosas atenciones reales no habían sido las únicas que dispensaron Isabel y Fernando a la Orden Trinitaria, puesto que el mismo fraile a quien hicieron llegar las mercedes concedidas ya había recibido otras inmediatamente después del cerco y toma de Málaga entre mayo y agosto de 1487, por cuanto que fray Miguel de Córdoba y varios compañeros de la misma orden se encontraban en la ciudad a la hora de disponer los primeros repartimientos.
En realidad, los trinitarios llevaban en la provincia mucho tiempo antes de
la conquista de la Malaca musulmana, puesto que su misión era la de redimir cautivos y fundar iglesias y conventos cristianos a medida que los ejércitos reales avanzaban sobre campos, tierras, pueblos y ciudades en manos de los moros. Todavía estaba lejana la conquista de Málaga por los RR. Cc., cuando la presencia trinitaria ya era un hecho en la Antequera de 1454. Pero hay más. Aún incipiente el desarrollo de la Orden de la Santísima Trinidad en Málaga, ya había sido llevada a cabo la fundación del convento marbellí en 1486.
En el documento barcelonés citado, Isabel y Fernando concedían «sitio, huertas y tierras que así fuesen señaladas para el dicho monasterio, el cual es nuestra merced y voluntad que hayan y tenga por dote, para su reparo y mantenimiento, y de vos, dicho Miguel, y frailes, y convento, trescientas fanegas de tierras y veinte alanzadas de viñas, en el término de dicha ciudad, donde el bachiller Juan Alonso Serrano las señalares y nombrase para dicho monasteno».

El barrio de la Trinidad nació, por otra parte, en el mismo lugar donde estuvo instalado el campamento real de doña Isabel durante el asedio a Málaga. Allí, una vez finalizada la contienda, se levantó una pequeña ermita en honor de San Onofre, cimientos del futuro gran convento erigido posteriormente por los trinitarios. Pero no fue aquélla la primera casa de tales monjes. El padre Arturo Curiel, autor del documentado libro «Málaga y los trinitarios», recogiendo la crónica de fray Domingo López, alumbró los siguientes datos: «Como hubiesen mandado los Señores Reyes Católicos a las Justicias señalar sitio, y lo señalasen en una mezquita vieja, junto a la puerta del Mar, la estrechez del sitio y el bullicio de la gente, tenía grandemente incomodado al convento, así por el recogimiento, como por la vivienda. Ante esta situación, el padre fray Miguel de Córdoba acudió a los Señores Reyes, quienes le señalaron por sitio la Puerta de Antequera. Allí tuvo inconveniente la fábrica, lo que dio lugar a ciertas alteracio¬nes que degeneraron en altercado, a vista de lo cual, entendieron las Justicias y el Señor Obispo, D. Pedro de Toledo, que el sitio era la dicha Puerta del Mar, por lo que los religiosos volvieron a su fábrica. Al año siguiente, esto es, en 1494, vino un terremoto y derribó el convento y fábrica, mas el caballero D. Francisco Ramírez de Madrid dio el sitio que hoy tienen la ermita de San Onofre, donde, con licencia de los Señores Reye , se trasladaron las imágenes de sus reales dádiva , que son: una de Nuestra Señora de la Antigua, donde está el retrato del padre Miguel, y un rótulo antiguo que dice: Real fundación; otra efigie de Cristo Señor Nuestro a la Columna, y allí, edificado el convento es el que hoy permanece con el título de San Onofre el Real». Queda claro que los primitivos trinitarios de Málaga levantaron su remota casa en terrenos cercanos a la Puerta del Mar de la ciudad -inadecuados según ya se ha dicho- y que más tarde, tras el terremoto que destruyó la edificación, se marcharon definitivamente al que había sido campamento real de la reina Isabel, procediendo luego a levantar sobre la vieja ermita de San Onofre los definitivos convento e iglesia que en la actualidad, deslucidos y un tanto olvidados, se encuentran tan próximos entre sí en la Calzada de la Trinidad. Por lo explicado, la fecha más remota del origen malagueño de los trinitarios hay que establecerla en 1488, casi un año después de la conquista de la ciudad por las tropas cristianas de Isabel y Fernando. Sobre el querenciado territorio del antiguo campamento de la reina, los trinitarios mandaron construir una deliciosa ermita del santo de sus afanes, San Nuflo o San Onofre. Debió ser una construcción irrelevante, pero en todo caso el comienzo del definitivo cenobio y, por tanto, también del nacimiento y formación paulatina del barrio que de él recibiría prestado nombre. Inicialmente Puerta del Mar y más tarde las lomas trinitarias a causa de las razones aludidas, es a partir de 1494 cuando realmente el traslado de la comunidad a aquellos terrenos de la ermita señala el comienzo de la construcción del actual convento de Trinitarios Calzados. De este convento destacaron siempre su gran patio central con arcadas simétricas que descansan sobre columnas de piedra noble por las que se accede a galerías y claustros, su principal escalinata central que pone en comuni¬cación las dos plantas del edificio, y un espléndido artesonado labrado en su día con exquisito gusto y que fue siempre uno de sus adornos arquitectónicos más notables. El trinitario fray Arturo Curiel, en el libro que anteriormente hemos aludido y del que fue autor, recogiendo noticias muy antiguas de la crónica fundacional, refiere que en este convento protagonizaron vidas ejemplares muchos monjes compañeros precedentes. Cita, por ejemplo, la edificante vida de fray Diego López, hijo de Málaga que tomó el hábito en 1517, y que « ... virgen de alma y cuerpo, siendo angelical su conversación y trato, propiedades de los limpios de corazón», su fama alcanzó notoriedad en la Málaga de principios del siglo XVI, pues «Querido y consultado, llegó a ser como un oráculo al que acudían toda clase de gentes». Frailes escritores y tratadistas, excelentes y cálidos predicadores, destacados teólogos y eficaces gestores en la redención de cautivos, fueron monjes que vivieron en este convento en distintas épocas y diferentes siglos. De ellos, la orden trinitaria guarda especial memoria de Pedro de la Torre, que dejó numerosos tratados y escritos; Francisco de Romanes, muy docto, de relevantes prendas y calificador del Santo Oficio; Mateo Delgado, fraile muy ilustrado y gran predicador; José de Navarrete, experto en letras y literatura, que renunció a la Prelacía de Málaga «alegando que más debía tratar de bien morir que de bien mandar», y Diego de Santiago, notable redentor de cautivos con gran aceptación en tierras africanas, que fue ministro de los conventos de Tarifa, Caín, Marbella, Ronda y dos veces de Málaga. El convento trinitaria malagueño llegó a tener fama entre todos los coetáneos de la misma orden religiosa. Una frase, escrita por persona ajena a la misma luego de haber visitado el cenobio, revela el aprecio y crédito que entre los malagueños de pasados siglos tenían el convento y sus moradores: «Estuve en el convento de los ángeles que, además, es el convento de los santos». La frase es de Antonio de la Peña Hermosa, en alusión directa al estilo de vida de los congregantes. Respecto a la iglesia, y conforme Arturo Curiel nos documenta en su libro, lucía en sus muros interiores las armas de Francisco Ramírez de Madrid, caballero que donó el terreno definitivo para la edificación del convento e iglesia, y de sus descendientes, los marqueses de Rivas y Malagón y los condes de Castelar, familias que desde el comienzo del establecimiento de dicha orden en Málaga nunca dejaron de colaborar para resolver necesidades de la comunidad y su iglesia. «Sirvió de torres para las campanas un torreón que hicieron para el sitio de la ciudad cuando se resistieron los moros», apunta el historiador, «y entre las reliquias insignes pertenecientes al monasterio, se hallaba una espina de la Corona de Cristo, un hueso de San BIas, otro de los santos Cosme y Damián, más otro de San Roque, con sus auténticas respectivas». Aunque de una sola nave, el templo se proyectó previendo una gran capacidad de fieles, los arcos interiores se abrían a sus lados para dar paso a las capillas laterales y el gran coro disponía, además de gran órgano tubular, de libros cantora les de gran tamaño en pergamino, un artístico facistol y numerosos sitiales para los frailes. El retablo mayor, de exquisito diseño y gran vistosidad, lucía tallas de San Juan de Mata y San Félix de Valois, fundadores de la orden, y de San Onofre. En otros lugares del templo se ven eraban las imágenes de Nuestra Señora de la Antigua y de un Cristo atado a ona columna, regalos que en su momento hicieron a los monjes trinitarios los Reyes Católicos. También se veneraban imágenes de los santos Cosme y Damián, cuya memoria de grandes médicos las gentes de Málaga respetaban, tanto más cuando que parte de sus reliquias se encontraban en el mismo templo.

PRIVILEGIOS. El convento y la iglesia trinitarios fueron iniciativas que Isabel y Fernando impulsaron desde su autoridad y afecto hacia los monjes. A tales grados llegó su patrocinio, que en la redacción de la carta de privilegios que los reyes concedieron se observa un espíritu, además de generoso, imperativo, en cuanto que debían cumplirse todos sus contenidos, y cualesquiera autoridades y justicias que conocieran aquellas disposiciones tenian la obligación de c.catarlas. Así se constata en la última parte de la carta de privilegios fechada en Barcelona el día 15 de diciembre de 1492. « ... Y por esta nuestra Carta mandamos al Consejo, Corregidor, Alcalde, Alguaciles, Regidores, Caballeros, Escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha ciudad de Málaga, que os amparen y defiendan en la posesión de dicho sitio y huertas y tierras de que así os hacemos merced, con todos los edificios que en dicho sitio hiciereis, y no consientan ni den que por ninguna causa seáis molestados, ni inquietados sobre ello, ni os sea hecho otro mal, ni daño, ni desaguisado alguno contra razón y derecho y como no deban. Nos tomamos y recibimos so nuestro seguro amparo y defendimiento Real al dicho monasterio y Ministro, frailes y convento, a los dichos vuestros bienes y posesiones, y mandamos que os valga y sea guardado el dicho una persona no lo quebranten, ni vayan, ni pasen contra él, so de las penas establecidas por derecho, y los unos ni los otros hagan contra él de alguna manera, so pena de la nuestra autoridad, y diez mil maravedís, a cada uno que lo contrario hiciere, para la nuestra Cámara». De donde claramente se deduce que Isabel y Fernando no sólo estimaban el ejemplo de vida de los monjes trinitarios, sino que valoraban muy alta su contribución al catolicismo más ortodoxo que su autoridad representaba, y les reconocían méritos indudables como mediadores en la redención de cautivos. Ciertamente, y según ya quedó aludido, el barrio de la Trinidad comenzó a desarrollarse como tal a partir de 1494, fecha en que se traslada desde la Puerta del Mar a las lomas del todavía innominado barrio extramuros de la ciudad la primitiva congregación de dicha orden. Ya, desde el comienzo de las obras del convento e iglesia, los malagueños denominaron con dicho nombre la que, hasta entonces, era una zona abierta de campos, huertas, fincas de labor y lagunas arcillosas que se extendía a partir de la ribera occidental del río Guadalmedina hacia el promontorio de los Angeles. Barrio que al cruzar el río desde la Cruz del Molinillo mostraba al viandante la ermita dedicada a la memoria de los niños Ciriaco y Paula, muertos con fama de mártires al ser flechados y lapidados, el pueblo bautizó el lugar como Martiricos, singularizando con tal diminutivo la juventud de los muchachos cuando sufrieron tan brutal castigo por sus creencias. Y esta fama inmemorial pasada de generación a generación obró en los Reyes Católicos el deseo de que tal recuerdo pasara a la heráldica malagueña, de manera que cuando concedieron a la ciudad su escudo de armas mandaron reproducir en sedas y tafetanes, una a cada lado de las torres de Gibralfaro, las correspondientes efigies en tránsito de tormento. La memoria de Málaga se pierde en cuanto a la morfología primitiva del barrio de la Trinidad. Las referencias más cercanas se contienen en las narraciones del padre Roa, que infieren acerca del lugar que en las colinas de los Angeles y Monte Coronado existieron numerosas cuevas en las que moraban no pocos ermitaños de independiente vida ascética, es decir, gentes que voluntariamente, sin obediencia a orden o congregación religiosa alguna ni arraigo a ninguna de ellas, practicaban la vida de soledad y recogimiento por simple y llana vocación. Este terreno que se extendía entre la cima de los Angeles y el Monte Coronado, al parecer con docenas de cuevas muchas veces labradas por los propios eremitas con el consiguiente y preceptivo permiso de los obispos, fue llamado «el desierto», pues desierto era la denominación que los primitivos ermitaños y cenobitas españoles dieron a los lugares por ellos elegidos para la práctica de su vida en soledad y meditación, según inspiró a los europeos San Benito, tenido como el ermitaño que más directamente influyó en lo que se refiere a la práctica de la vida contemplativa y de oración. Tenemos por tanto un barrio que inicia su desarrollo urbano en lo que fue campamento real de la reina Isabel; tenemos, como referencia más antigua de su paisaje, la existencia de cuevas eremíticas, lo que proporcionaba al terreno una mayor singularidad; tenemos, además de lo expresado, la circunstancia histórica de que el conjunto que más tarde formaron el convento y la iglesia de la Trinidad nació sobre la que había sido ermita de San Onofre, y tenemos, por último, la constatación de que la primera calle del barrio fue justamente la que todavía hoy se llama Calzada de la Trinidad. Y ello, quizá, porque al finalizar el siglo XV la única vía transitable del naciente barrio fuera precisamente la mencionada, toda vez que las restantes existentes como la Barrera de la Trinidad serían todavía campo o, como mucho, caminos polvorientos en verano y lodazales durante los lluviosos días de invierno. La que podríamos llamar colonización trinitaria por parte de la vecindad malagueña se inició en la primera mitad del siglo XVII cuando, justificadamente al número creciente de sus moradores, se crea la iglesia de San Pablo como ayuda de la parroquia de los Santos Mártires en 1649, si nos atenemos a las crónicas del canónigo Cristóbal Medina Conde. Las huertas más cercanas al convento e iglesia de la Trinidad fueron poco a poco, sin orden arquitectónico riguroso ni disposición urbana lógica, rodeadas de construcciones. Cuando las lomas próximas a ellas quedaron saturadas de edificaciones de gusto y corte popular, el avance urbano se prolongó hacia el lado de la actual calle Trinidad, calle Mármoles y hacia el río Guadalmedina, linde fronteriza con la urbe. Fue de suyo un barrio de aluvión, y poblado por gentes llegadas de todas partes, alcanzó un desarrollo notable. Ello hizo que las fronteras del Perchel con la Trinidad permitieron problemas de identidad a los habitantes de ambos barrios. Tiene que nacer la calle Mármoles para establecer la línea divisoria entre uno y otro. En efecto, puesto que los percheleros dependieron desde muy antiguo de la parroquia de San Juan y los trinitarios de la de los Santos Mártires, cuando finalmente se crean las iglesias de San Pablo (1649) y la de San Pedro nueve años más tarde es cuando verdaderamente se trazan las lindes psicológicas del uno y del otro. San Pablo se extendía desde el río hasta el convento de la Trinidad a lo El dilema fue siempre la ermita de Zamarrilla, que, situada en la acera perchelera, los trinitarios siempre la disputaron como propia. Levantada sobre una terraza que criaba zamarrillas silvestres próximo a unas antiguas ollerías, estuvo más próxima a la Trinidad que al Perchel. Fue precisamente el desarrollo paulatino de la calle Mármoles el que retranqueó, en favor de los percheleros, la cruz que señalaba el camino antiguo de Antequera; y cuando en 1756 se levantó la ermita en el mismo lugar, la situación ya fue inremediable: pertenecía a los Percheles. Ello, no obstante, cuando San Pablo se convierte en parroquia en 1833, extrañamente a la situación de la ermita, la tuvo como iglesia de ayuda, lo que volvió a crear nuevos problemas de identidad entre los percheleros y trinitarios más cercanos y de roce más continuo. Si a ello agregamos la leyenda del bandido del mismo nombre y el misterio de la rosa blanca que se torna roja al ser clavada en el pecho de una imagen Dolorosa, se justifica que, todavía, la propiedad de Zamanilla esté en permanente discusión. El barrio de la Trinidad que reprodujo en sus planos José Carrión de Mula en 1791 y de cuyo levantamiento se cumplen ahora 207 años refleja la verdadera situación urbana, arquitectónica y poblacional de entonces. ¿Cómo era el barrio de la Trinidad en pasados siglos? Si observan os con atención los planos que José Carrión de Mula levantó en 1791 y Onofre Rodriguez en 1805 -ambos comentados por el profesor Pedro Portillo Franquelo en el estudio que ya aludimos al describir el Perchel-, se comprueba que todo su perímetro estaba ocupado por los «cuarteles» números 17, 18,19 Y 20 de los de la ciudad. Del primero de los mencionados era su comisario el corregidor José Trigueros, que vivía en el pasillo de Carreteros, y su alcalde, Juan Jiménez, en calle Jara. Este distrito o «cuartel» comenzaba en la plazuela de los Carreros de la Aurora, proseguía por la de Almonas, calles Tiro, Jara y Empedrada hacia la iglesia y convento de la Trinidad, rodeaba la Huerta del Campo, avanzaba luego por Martiricos y cerraba en la acera de Natera hacia la Aurora. En sus seis grandes manzanas de casas vivían 553 vecinos. El siguiente tenía como comisario a la misma persona y era su alcalde Bernardo García, con domicilio en Huerta de la Trinidad. El «cuartel» se iniciaba en la plazuela de Montes y discurría por Empedrada, Jara y Yedra hasta el Campillo y, por detrás de la Trinidad, hacia Martiricos y la Huerta ---con toda probabilidad la que conocimos por Huerta de Godino-, y se cerraba en calle Trinidad atravesando la ya indicada plazuela de Montes. Tenía 11 manzanas que estaban habitadas por 517 vecinos. Del número 19 era su comisario¬regidor Simón Castell, que vivía en calle San Juan, y su alcalde, Manuel Martínez, que tenía su casa en calle Zamorano. El «cuartel» se iniciaba en las llamadas cuatro esquinas de calle Jaboneros y lo formaban las calles Jara, Yedra, Campillos, Camino de Antequera, Los Tejares, Despensilla, Mármoles y Huertas, hasta cerrar de nuevo en las citadas cuatro esquinas. Disponía de 11 manzanas que totalizaban 504 vecinos. Del último de los «cuarteles» era comisario el mismo anterior, y alcalde de barrio, Francisco Ramírez, con domicilio en calle Mármoles. Daba comienzo en el pasillo de la Puente y salía por Despensilla a la de Mármoles, Jaboneros, Jara, Tiro, Almona y por la Aurora al pasillo de nuevo. Disponía de 7 manzana de casas y en ellas vivían 480 vecinos. Según estos datos, el barrio de la Trinidad estaba formado en 1791 por 20 «cuarteles» con una densidad vegetativa de 2.054 vecinos, lo que nos facilita mucho el conocimiento de la realidad trinitaria antes de finalizar el siglo XVIII. PRIMERA CALLE. La Calzada de la Trinidad fue la primera calle del barrio, aquella que, desde las colinas, a medida que se fueron construyendo nuevas casas, comenzó a bajar por la Barrera de la Trinidad hacia la plaza de San Pablo, donde quedó erigida posteriormente la iglesia principal. Luego, por la propia presión urbana, la Calzada se alineó con la Barrera de la naciente calle Trinidad, estableciéndose desde el río hasta el convento una larga aunque angosta vía que en la actualidad mantiene prácticamente su improvisado diseño primitivo. Al mismo tiempo que la última, se fue formando la calle Mármoles. Esta nació a medida del poblamiento del barrio desde el atrio de la iglesia de San Pablo hacia la calle citada, y describía un trazado paralelo al de calle Trinidad. Comenzaba en la actual placita de Padre Miguel Sánchez y llegaba hasta la esquina de Empedrada. Era de corte moruno, estrecha y poco soleada, y de edificaciones de una o dos plantas. La muy posterior construcción del puente de la Aurora, cuyos estribos se alinearon con talento en su día, permitió el desarrollo de una calle Mármoles mucho más ancha, haciendo desapare¬cer la primitiva al enlazarla con el camino viejo hacia Antequera. Cuando en 1845 Pascual Madoz logra reunir los datos de la capital y provincia en el volumen «Málaga» de su Diccionario Geográfico, Histórico y Estadístico de España asegura que en dicho año la ciudad tenía 6.880 casas, de las cuales correspondían 2.180 a los barrios Perchel y Trinidad. Si dicho año tales barrios diseminaban en sus respectivos territorios el 50 por ciento del mencionado número de edificaciones, cada uno de ellos tendría 1.090, que a una media de ocupación de 6 personas -teniendo en cuenta la capacidad de las mismas en cada una de sus plantas y las alcobas de los corralones donde el número de habitantes podría ser incalculable- daría aproximadamente un censo de casi 13.000 vecinos. Compare el lector un pueblo del mismo número de habitantes y tendrá la medi¬da del formato urbano trinitario en 1845. Ese mismo año la ciudad estaba dividida en cuatro distritos, el último de los cuales se denominaba de San Pedro y San Pablo: « ... empiezan en la ermita de Marti¬ricos, sigue al convento de la Trinidad, Ollerías de Zamarrilla, camino de la Huerta de los Olivos y Arroyo del Cuarto; continúa por la Casa Matadero, fielato de Poniente, Jardín de Aclimatación, finca La Aurora de los Larios, ferrería La Constancia y playa de San Andrés; llega a la desembocadura del río Guadalmedina, desde donde se diri¬ge por arriba hasta la ermita de Martiricos, en que principió». Dicho perímetro, integrador de dos barrios absolutamente distintos, describe la situación de los mismos dentro del plano general de la ciudad. Además de las muy antiguas Calzada y Barrera de la Trinidad y calles Tri¬nidad, Mármoles, San Pablo y la plaza del mismo nombre, junto con las men¬cionadas en cada «cuartel», el barrio tuvo otras muchas vías, algunas de las cuales están en la memoria no sólo de sus más antiguos moradores, sino en la de otros tantos malagueños. Fueron notables por su ambiente y concurren¬cia las calles Cotrina, Tacón, Jorge Juan, Pizarro, Churruca, Feijoo, Acera del Campillo, Juan de Austria, Sevilla, Malasaña, pasaje de Zambrana y calle y plaza del Hospital Civil (la primera de las mencionadas se bautizó con el nombre de Dr. Gálvez Ginachero). Paralelamente al desarrollo urbano del barrio como consecuencia de la construcción del convento e iglesia de los que recibe título definitivo se produce el nacimiento de un hito urbano que acabaría, siglos más tarde, convirtiéndose en uno de sus más significativos símbolos, todavía viviente, como fue el primer centro benéfico trinitario. El día 14 de febrero de 1575, luego de ser presentado oficialmente a la mitra malacitan a por el rey Felipe , tomó posesión por poderes como obispo de Málaga Francisco Pacheco y Córdoba, cargo que se prolongó hasta doce años más tarde en que fue promovido al Obispado de la ciudad de la Mezquita. A este obispo le cupo autorizar la fundación del convento de los Angeles de Recoletos de San Francisco, que la familia promotora de él mandó levantar en la colina más prominente y cercana al naciente barrio. Se eligió tan especial lugar dado que todo él gozaba por entonces de gran popularidad como zona de oración, desierto para la práctica de la vida contemplativa y lugar, como ya se mencionó, elegido por muchos eremitas para llevar una existencia entre rezos, sacrificios, ayunos y voluntaria inmolación al ideal ascético. Este lugar, llamado de Miraflores, quizá el más escarpado de los montes inmediatos y donde existían numerosas cuevas, fue el elegido para el establecimiento de la primera comunidad de monjes recoletos de San Francisco. La noticia de su fundación se contiene en el tomo IV de «Conversaciones históricas malagueñas», de Cristóbal Medina Conde: «El Comendador D. Diego de Torres de la Vega, Regidor perpetuo de esta Ciudad, Mayorazgo, y Pariente mayor de la nobilísima familia de los Torres, fue el Fundador de este Convento, que no puso en execución por su muerte; pero lo dexó mandado en su testamento que otorgó en esta Ciudad año 1582. Por él mandó que en el sitio llamado de Miraflores, a la parte del Norte de esta Ciudad, que habían comprado dicho D. Diego y su muger Doña María Ponce de León en el año 1569, se fundase este convento; reservando para sí, y sus herederos, el Patronato de la Capilla mayor para depósito de sus cenizas, y una habitación, separada de la clausura, para ellos». Por lo dicho, como al fundador del convento le sorprendió la muerte durante la tramitación documental necesaria para ello, fue su hijo quien, cumpliendo la manda testamentaria paterna, realizó tal deseo: «Con efecto, su hijo D. Luis de Torres de la Vega Ponce de León cumplió su voluntad, junto con D. Alonso de Torres, Dignidad de Tesorero de esta Catedral. Estos hicieron instancia al Rmo. P. Fr. Antonio Manrique, Comisario general de toda la Familia Cismontana de la Religión Seráfica para que diese su licencia para esta fun¬dación, que al punto dio por su Patente firmada en 1584». y siguen las noticias: «En 2 de febrero de 1588, siendo ya Provincial el P. Fr. Pedro de los Angeles, se hizo la entrega, y tomaron posesión de este convento los Religiosos, trasladándose a él el Santísimo Sacramento, que en muy solemne procesión de todo el Clero, Religiones, y Nobleza de es.ta Ciudad, llevó en sus manos el Ilmo. Sr. .Obispo Pacheco, en dicho día 2 de Febrero de 1585, conduciéndolo de la Capilla dedicada a S. Pedro y S. Pablo que en dicho sitio tenían los señores Torres, que les sirvió de iglesia interina hasta que se acabó la del Convento, que intitularon de Nuestra Señora de los Angeles, de la devoción de esta nobilísima familia». SAN CIRJACO y SANTA PAULA. La histórica y sostenida polémica que desde hace siglos mantuvieron estudiosos, escritores y documentalistas malagueños a propósito del lugar donde se encontraban los restos de los santos patronos de Málaga encuentra en el barrio de la Trinidad su máximo foco de atención. En efecto, dado que en el barrio existió inmemorial mente un lugar llamado Martiricos -que se extendía desde la ribera occidental del Guadalmedina hacia el nacimiento del arroyo de los Angeles-, la tradición oral y aun escrita viene asegurando, con Morejón y Roa al frente, que los restos mortales de ambos jóvenes mártires de la causa cristiana se encontraban en cualquier lugar bien oculto de la zona. El hecho mismo de que la popular ermita erigida en memoria de «los martiricos» no hubiera sido localizada abonó la creencia de que su localización posible correspondía al lugar donde se levantó el convento de Nuestra Señora de los Angeles. Según la citada tradición, la cimentación primitiva del cenobio se hizo involuntaria¬mente sobre las tumbas de nuestros patronos. No carece de fundamento tal creencia, pues al iniciarse la total urbanización de la Huerta de Godino en los años 70 del presente siglo, en el lugar donde se levantó el más alto de los edificios, aparecieron restos que los arqueólogos de entonces aseguraron se trataba de un antiquísimo cementerio romano, lo que prueba que el actual Martiricos o el territorio que hace siglos lo abarcaba fue, en efecto, enterramiento romano. Cabe pensar que los niños patronos de Málaga tuvieron alguna relación con él. Es el mismo Medina Conde quien lo dejó escrito: «Tienen estos Religiosos una tradición, que se haBa entre varias noticias, que les dexó su fundador D. Diego de Torres, de que en su recinto están sepultados los sagrados cuerpos de nuestros Santos Patronos, a cuyo asunto hay compuestas varias poesías, y epigramas Latinos, que se guardan en su archivo, y he leído, de las que trasladó algunas el P. Morejón». Otro aspecto de la plaza de Bailén, ya en el centro moderno de la Trinidad. DESARROLLO URBANO. Si tuviéramos que determinar aquí los puntos de referencia que señalaron el desarrollo del barrio de la Trinidad, tendríamos que citar varios lugares: el convento e iglesia del mismo nombre, el de recoletos de San Francisco o Asilo de los Angeles, la iglesia de San Pablo, el convento de la Aurora María y la ermita de Zamarrilla. Dirá el lector que es casualidad que fueran cuatro instituciones religiosas las que auspiciaron el primitivo desarrollo urbanístico del barrio. Por eso, y con el fin de entenderlo, debemos recordar lo que a cada una de dichas instituciones deben no sólo los trinitarios, sino la ciudad entera. Sobre el desalTollo urbano próximo a la iglesia y convento de la Trinidad, campamento que fue de la reina Isabel durante el asedio a Málaga entre mayo y agosto de 1487, quedó ya explicado: fue retirarse las tropas cristianas y comenzar la edificación en dicho lugar de la ermita de San Onofre; posteriormente se alzarían sobre ella el templo y la iglesia de la que el barrio recibe título. Al construirse la iglesia de San Pablo o de San Paulo, como a los trinitarios gustan llamar, el barrio va a experimentar una considerable ampliación de su perímetro central, pues algunas de sus primitivas casas se diseñaron adosadas a los iniciales muros del templo. Después, demolidas las citadas construcciones no dema- siado estéticas, comienza a definirse un urbanismo de mayor gusto, el cual se ali¬nea formando manzanas, cuadras o cuarteles rode¬ando el templo. El estirón urbano se produce desde el atrio de la parroquia hacia la calle Mármoles, quedando a su espalda las huertas y terrenos que configuraron la antiquísima plazuela de Montes. De tan señalado y espectacular crecimiento, que coincide con la prolongación de la Calzada y Barrera, surge y se define la primera arteria del barrio, calle Trinidad, que desciende hasta la ribera occidental del Guadalmedina. Es el momento de la aparición de las primeras al monas o jabonerías y los oficios de tahoneros -actuales panade¬ros- y carreros fueron practicados por muchos trinitarios. Debemos hablar igualmente de los terrenos de la Cruz de Zamarrilla, así llamados por la proliferación que en ellos se daba de la citada planta silvestre. Situados entre el Perchel y la antigua Acera del Campillo, cuando se levanta una ermita próxima a la cruz que estaba en medio del campo como invitación a la oración del caminante, surgen, próximas a ella, nuevas construcciones domésticas populares, así como una serie de corralones que nutren de gentes de aluvión las estribaciones percheleras y trinitarias. Con tal modelo urbanístico se alcanza, hacia la mitad del siglo XVIII, el perfil trinitaria casi definitivo, que todavía en la actualidad prácticamente casa con el citado diseño. La calle Mármoles tenía, desde luego, una traza y disposición diferente. Ello fue así porque, tal como quedó explicado, el ensanche a partir de la construcción del puente de la Aurora hizo posible una ampliación que no tenía cuando era el viejo camino hacia Antequera. Diremos por último que entre las múltiples señas de identidad que tradicionalmente tuvo el barrio, y fueron muchas sus singularidades, se encontraba la de ser el ámbito urbano malagueño que mayor número de panaderías tuvo en toda ocasión. De sus famosas tahonas salía cada mañana un buen pan para ser repartido prácticamente en toda la ciudad. Amanecer en la Trinidad era, hasta que muchos de sus obradores y panaderías cerraron, percibir el latido de la vida a través de un cálido y reconfortante dulce aroma a pan caliente horneado con retama procedente de Jotrón, Lomilla o El Boticario, que cada día acercaban a la ciudad famosos retameros de los Montes de Málaga. SAN PABLO. La iglesia de San Pablo que hoy conocemos en el mismo corazón del barrio no nació como parroquia, sino como ayuda de la de los Santos Mártires, de la que durante muchos siglos dependió la feligresía trinitaria. Según la crónica de Medina Conde, la autoridad eclesiástica quiso que los vecinos trinitarios pudieran contar con unos servicios religiosos ágiles y cerca¬nos para la administración del fundamental sacramento de la extremaunción a los enfermos y moribundos; asimismo, y para evitarles sus costosos desplazamientos al centro urbano donde se hallaba enclavada la parroquia que les correspondía, determinó la construcción de una simple capilla donde fuera expuesto, venerado y reservado el Santísimo Sacramento. La intención no fue, pues, procurar a los vecinos parroquia propia, sino de acercar a ellos la administración de los sacramentos. Esta primitiva capilla se levantó en el ya entonces conocido Corral de la Palma, terreno próximo al lugar donde hoy se encuentra el templo parroquial donde se veneran las imágenes de Jesús Cautivo y María Santísima de la Trinidad, en el corazón mismo del barrio. Era simplemente una capillita sin grandes pretensiones que ya estaba levantada en 1649, un año después de ocupar la sede malacitana el obispo Alonso de la Cueva y Carrillo, marqués de Bedmar, antiguo embajador en Venecia de Felipe III y cardenal de la Iglesia desde 1622. A este obispo- cardenal-embajador deben los trinitarios los cimientos del que sería con el tiempo costeado templo parroquial, labrado en piedra y dotado de cura, organización y feligresía propios a partir del año 1833. Desde el principio de la existencia de su originaria capilla, los trinitarios fundaron en la misma las cofradías del Santísimo Sacramento, de Nuestra Señora de la Concepción, de San Antonio Abad, así como la de la Santa Cruz y Rosario. A Madoz debemos unas observaciones que, tomadas en 1845 y dadas a conocer cinco años más tarde, aportan datos de interés: « ... consta de dos naves con una capilla, seis altares, un coro alto y un órgano. Su servicio se compone de un cura párroco perpetuo de real presentación, previo concurso, y dos tenientes nombrados por el diocesano. Tiene esta parroquia la ayuda de la ermita de Zamarrilla y la iglesia del suprimido convento de la Trinidad -ya se habían producido las desamortizaciones-, con culto público propio del duque de Rivas». Se entienden que estos cultos se referían a la Trinidad y no a San Pablo, donde el noble de dicho apellido, heredero de los patrocinadores del convento, costearon sus cultos y celebraciones litúrgicas durante largo tiempo. El convento de la Aurora María, existente aún en el barrioo y dedicado a la docencia de disciplinas sociales, estaba prácticamente terminado en el año 1739, aunque sería el 15 de enero de 1757 cuando realmente se celebró su inauguración solemne con el traslado de la imagen de su hermandad, el rezo de un rosario la noche anterior de la misma jornada y el establecimiento definitivo de las monjas de la Aurora y Divina Providencia. La tradición del convento venía de lejos. En realidad procedía de los cercanos Percheles, pues « ... fue su fundador Juan Sánchez, maestro de escuela terciario del hábito descubierto de Santo Domingo», es decir, seglar sujeto al modelo de vida que propagaba la Venerable Orden Tercera de Santo Domingo de Guzmán. Este maestro tenía su escuela en la calle San Jacinto. El y sus pupilos realizaban ya en el año 1680 los llamados rosarios de la madrugada, llegando a crearse como consecuencia de aquella práctica religiosa la Congregación del Rosario de la Aurora María. De la calle San Jacinto mudó al Corralón de Bustamante, también perchelero, donde se unió a la misma un considerable número de hermanos adultos; ellos fueron quienes, a partir de dicha circunstancia, dieron nombre a la congregación y mote a la práctica del rosario público entre las últimas sombras de la noche y los primeros albores de cada madrugada. Por extensión, dieron tal título a una imagen de la Virgen. La primera vez que se constata documental mente la existencia del paraje de Zamarrilla fue en 1649. En efecto, la alusión se hacía desde una anotación en las actas del cabildo catedralicio, que se refería a la zona por existir ya entonces la llamada Cruz de Zamarrilla en mitad del campo, al término de la que posteriormente fue calle Mármoles e iniciación del viejo camjno hacia Antequera. ¿Recibe la cruz el nombre de Zamarrilla -tal como ya se citó en entregas anteriores- por ser territorio de abundantes zamarrillas silvestres, o lo fue en recuerdo de un caballero cristiano que fue en dicho lugar emboscado y muerto por sus enemigos, tal como dejó sugerido el padre Morejón? El origen de la ermita tiene relación con el hermano Antonio Barranquera, trinitaria de origen y vecindad, que ins¬tituyó un rosario nocturno en el que participaban muchos de los malagueños que iniciaron el poblamiento del barrio. El rosario sirvió para alentar la construcción de una capillita para que domingos y «fiestas de guardar» se celebrasen misas. El canónigo Medina Conde, haciendo caso omiso de la placa que figuró a la puerta de la misma y que aseguraba que fue hecha por la devoción de Juan Silvestre Guedes, dice que en realidad la iniciativa de construirla se debió a las limosnas que pudo reunir Antonio Barranquera, con quien colaboró Guedes, aunque fue el último quien la mandó instalar. Decía: «Se hizo esta obra a devoción de Juan Silvestre Gue¬des, y con las limosnas de los devotos». Antonio Barranquera, ya sacristán de la capilla, formalizó una hermandad para dar culto a un Crucificado que llamaría Señor de la Esperanza o Señor del Camino, que, encargado de hacerla el ermitaño Lorenzo de San Francisco, se bendijo en la Santísima Trinidad y llevado a Zamarrilla en 1757. A este respecto habrá que recordar aquí que muchos hermanos no estuvieron de acuerdo con tales nombres, por lo que, sometido el asunto a votación, hubo unanimidad en lIamarlo definitivamente Señor de Zamarrilla. Si cronológicamente la historia del urbanismo trinitaria nace al pie de la torre de la Santísima Trinidad (1490), prosigue en torno al primitivo Asilo de los Angeles (1584), avanza por la Barrera cuando se construye el templo junio), podemos leer la siguiente ficha: «7 de mayo de 1859.-Se dicta una real orden por virtud de la cual se enviaban los planos al Sr. Moreno Monroy con la indicación que en la construcción del Hospital Civil de Málaga se imitase en lo posible al Hospital de la Princesa de Madrid, que a su vez se había construido teniendo a la vista el de Larivoisier de París, el cual, a su vez, se había inspirado en el del Departamento de Burdeos». La historia de este importante centro hospi talario comenzó, no obstante, varios años antes como consecuencia de la campaña que inicia en el periódico «El Correo de Andalucía» uno de los notables malagueños de la época, Jorge Loring Oyarzábal, marqués de Casaloring y uno de los fundadores del influyente rotativo. El señor Loring desata tan duras críticas contra la situa¬ción hospitalaria de la ciudad, que sus ecos llegan a ser escuchados en Madrid, y, consecuencia de la reacción política y administrativa, fueron los primeros 200.000 reales de vellón que para la adquisición de los terrenos necesarios para construirlo se autoriza a gastar a la Junta Provincial de Beneficencia. Hubo varias ofertas de fincas: la Huerta Haza del Campillo, Cortijo de Gamarra y los terrenos próximos a la iglesia y convento de la Santísima Trinidad. La Junta Provincial de Beneficencia se decidió por los últimos, toda¬vía propiedad del conde de Casapalma, que ofreció venderlos a módico precio por tratarse de una obra benéfica y del más alto interés social para la ciudad. Se adquirieron 41.647 metros cuadrados de terreno por el precio total de 64.000 reales, además de otros 5.605 metros adquiridos en las mismas condiciones económicas a los herederos de Juan Anaya. Se hizo el presupuesto de las obras y se presentó a la reunión que dicha junta celebró el día 1 de agosto de 1861, aprobándolo por un total de 5.981.969 reales. Su financiación se cargó al resultado económico de la venta de los terrenos del antiquísimo Hospital de la Reina, entonces situado detrás de la Acera de la Marina, una subvención de la Diputación Provincial, 300.000 rea¬les como aportación del Gobierno y un préstamo que se solicitó de la Caja General de Descuento. A pesar de todo, existía un déficit de 340.000 reales. El tiempo que se daba para la ejecución de la obra fue de cinco años, plazo que en realidad sería muy rebasado, de de San Pablo (1649), se completa con el convento de la Aurora María (1739) y termina por definir su contorno la ermita de Zamarrilla (1757). Su último y definitivo diseño del siglo XIX se alcanza al construirse el Hospital Civil Provincial San Juan de Dios (1862). HOSPITAL DE MALACA. En las «Efemérides malagueñas», de José Luis Estrada Segalerva (Vol. n, abril-la soberana Isabel II puso la primera piedra en el otoño de 1862 durante su histórico viaje a Mála¬ga, hasta diez años después no se pudieron habilitar tres pabellones para la asistencia a enfermos. El hospital se concibió como una obra arquitectónica de diseño y organización estructural muy avanzados. Sus seis pabellones se enlazaban a través de espaciosas galerías abiertas al aire y al sol de la ciudad, y su patio central, de 74 metros de largo por 40 de ancho. fue el verdadero asombro de los malagueños de entonces. Las obras concluyeron definitivamente en 1892, de manera que entre la ceremonia de colocación de su primera piedra y los fastos inaugurales mediaron treinta años justos. Muchos particulares adinerados y notables familias locales colaboraron en dotar adecuadamente el gran hospital de Málaga. Así, Domingo Larios regaló en 1875 una gran cocina, que estuvo funcionando hasta 1969; Ricardo Larios costeó un pabellón y sala infantiles; la Casa Larios sufragó dos quirófanos y equipos y materiales quirúrgicos; el Círculo Mercantil, primera entidad asociativa malagueña de su moderna historia, subvencionó la construcción de dos grandes salas para encarnes; Trinidad y Julia Grund de Heredia, la construcción de su gran capilla, y Carlos Larios, entre otros muchos donantes, se ofreció a costear la barandilla interior y el acristalamiento de todas las ventanas y huecos del edificio. PUENTE DE LA AURORA. El acontecimiento más importante de los años 20 del presente siglo, protagonizado con expectación día a día por los trinitarios de la época, fue, sin lugar a dudas, la construcción del puente de la Aurora, así llamado por su cercana localización al convento del mismo nombre. La construcción del mismo permitió definir no sólo las lindes del Perchel y la Trinidad, sino el diseño definitivo de la segunda importante vía de circulación trinitaria. Ello fue posible al estribar el puente en lógicos y proporcionados puntos entre los barrios mencionados, de tal manera que al proyectarlo sobre el río su calzada describió el eje equidistante para abrir al tráfico la actual calle Mármoles y permitir con el tiempo el desarrollo de su más afortunada vía de penetración y salida. Fue dicho puente la primera experiencia autóctona de puente de hierro hecho por técnico malagueño e industria local. El proyecto, dirección y ejecución estuvo a cargo de Juan Ayala Vázquez y fue la Metalúrgica Malagueña la empresa constructora. Adjudicada su construcción en pública subasta en 1925 por importe total de 251.000 pesetas, las obras no se pudieron iniciar hasta tres años más tarde, por cuya tardanza el proyecto fue el gran protagonista de los carnavales del mismo año. «CORPUS CHIQUITO». Para el año 1891, en que por vez primera aparece en las revistas y publicaciones locales un amplísimo reportaje sobre las fiestas trinitarias, ya habían alcanzado las mismas gran notoriedad en la ciudad. Tanto, que las gentes de la parte «acá» del río, incluyendo entre las mismas a las familias burguesas del sector de Limonar, Miramar, Caleta y Bellavista, se solazaban participando de manera especial en el ya entonces famoso «Corpus Chiquito», la expresión más festiva y participada de todos los acontecimientos anuales del barrio. En efecto, las fiestas que los vecinos organizaban para sí mismos llegaron a ser entonces y durante los decenios posteriores mucho más vistosas y con¬curridas que las que el Ayuntamiento organizaba para la ciudad entera en conmemoración de la toma de Málaga por los Reyes Católicos en 1487. El «Corpus Chiquito» trinitario resultaba entre los meses de mayo o junio más ambientado y con un toque de tipismo casi nunca alcanzado por su competidora fiesta de agosto o septiembre. Las fiestas tenían, obviamente, dos partes, religiosa una y festiva la otra. Pero la fundamental de ellas era la procesión de impedidos, que saliendo de la iglesia parroquial de San Pablo hacía un largo recorrido por las calles de la feligresía para facilitar la comunión a domicilio a los ancianos, enfermos e impedidos que previamente lo hubieran solicitado al párroco. Procesión con gran acompañamiento de fieles de todas las clases sociales, el cura párroco, portando en sus manos el copón con las sagradas formas, caminaba bajo un palio cuyas barras se disputaban por llevar políticos, militares y distinguidos caballeros de la ciudad, por 10 mucho que ello representaba ante los ojos del pueblo. Balcones y ventanas de las calles del recorrido lucían mantones de Manila, paños bordados, colchas, banderas y toda clase de adornos de mérito, a muchos de los cuales se les adhería alguna lámina coloreada de tema religioso. Al mismo tiempo, zaguanes, portales y patios se transformaban en vistosos altares que los vecinos adornaban con gusto y arte para recibir a Jesús Sacramentado. En ellos se lucían las más vistosas plantas y flores cultivadas para la ocasión por manos trinitarias, los más caros y antiguos adornos del ajuar familiar, las prendas de mayor estimación. Era tradicional que partici¬para en el cortejo una amplísima representación del Regimiento Borbón, con sede en el cuartel de la Trinidad, y decenios después una compañía con banda de cornetas, tambores y música del Regi miento Aragón 17, que se estableció en el mismo cuartel. CORRALONES, PERSONAJES y «CUAPOS». Semejantemente a los Percheles, el barrio de la Trinidad tuvo sus inevitables personajes. De ellos, el que llega a nuestros días revestido de leyenda fue, sin duda, el bandido «ZamarrilIa». Su leyenda se ha contado de diferentes maneras. La voz popular, que fue la que le concedió carácter mítico, dice de él que, enamorado de una guapa trinitaria, una noche fue perseguido de cerca por los «mangas verdes», de los que pudo huir cobijándose en la ermita del mismo nombre. Se escondió, dice la conseja, bajo la saya de una imagen Dolorosa, y cuando sus perseguidores abandonaron el lugar, la rosa blanca que el bandolero iba a entregar a su novia, la prendió con su puñal sobre el pecho de la Virgen, tornándose de color rojo. Hermosa leyenda, lo cierto fue que «el Zamarrilla» existió, era un bandolero de los de la época que había cometido delitos de sangre y hasta el rapto de un niño al cual abandonó en la mina de una sierra, y fue acosado en numerosas ocasiones. Se quitó de en medio y huyó a Marruecos, donde fue prendido y trasladado a Málaga. Una vez aquí, lo montaron en una burra y dieron ignominioso paseo por las calles de Málaga; luego, tras un juicio sumarísimo, lo fusilaron en Igualeja. También tuvo el barrio sus «guapos», chulos y amos de la calle. Gente por lo común sin oficio ni beneficio, muchas de sus ocurrencias delictivas pasaron a la historia y se mantuvieron largamente en el recuerdo de los vecinos, pasando algunas de sus fecharías de generación a generación. Quizá los que mayores crónicas y alarmas crearon a lo largo del último siglo desde los años 30 hacia atrás fueran los «Rirros» y «el Potaje», el último de los cuales mató a «el Zurita» en un encuentro violentísimo que tuvieron en una taberna de calle Sevilla un Domingo de la Trinidad. También destacó en dicha época «el Panaero», sujeto que, como los anteriores, dejó escrita en el barrio alguna que otra página de escándalo. De sus antiquísimos corralones, corral as y patios de vecindad afamaron durante el último siglo por diferentes motivos varios de ellos que estaban situados en calle Trinidad: el corralón de La Laguna, donde vivían 40 familias; el del Baile, que acogía a 38, y el conocido como Casa de Matías, donde vivió y murió el pintor Ramos Rosa. Este último recibió un premio a la convivencia que, otorgado por Televisión Española en un programa que se emitió para todo el país, distinguió con tal galardón la solidaridad vecinal largamente constatada en el mismo. El corralón de Santa Sofía, en calle Montes de Oca -restaurado por el arquitecto Salvador Moreno Peralta en los años 80-, fue, sin duda, el que mayor popularidad alcanzó debido a las cruces de mayo que todos los años montaba en su patio y a las verbenas que en torno a las mismas se celebra¬ban entre mayo y agosto de cada año. Como patios de vecinos destacaron, entre otros, los de calle Feijoo y calle Carbonero, el último de los cuales, rescatado arquitectónicamente, es hoy activo hogar de jubilados. De sus centros de enseñanza públicos y privados forman parte de la historia trinitaria el Grupo Escolar Berga¬mín -que después de la guerra se bautizó como Lope de Vega para retor¬nar a su título primitivo- y el de San José de la Montaña, que desde su establecimiento arraigó con fuerza merced a la popular procesión anual de una imagen de San José de la Montaña. Muy cerca de él, en la actual avenida de Gálvez Ginachero, estuvo una fundación oftalmológica privada que costeó muchos años el célebre oculista malagueño Mérida Nicolich, y posteriormente el Colegio de Sordomudos y Ciegos y el Parque Municipal de Animales. En la Málaga de finales de los años 50 y primeros 60 del presente siglo se va a producir un hecho que, fortuito o calculado por la política de entonces, va a significar un cambio de mentalidad en las relaciones de las autoridades locales respecto a los barrios malagueños: fue la llegada del gobernador civil Antonio GarCÍa Rodríguez-Acosta y del alcalde Francisco GarCÍa Grana. Ambos, por distintos motivos, alcanzaron notoriedad durante los largos años de su mandato y se llevaron, al cesar, el aprecio de la mayoría ciudadana, en especial de los vecinos de los distintos barrios de la ciudad. Tan atípica y novedosa resultó la gestión de ambos, que si en política gubernamental el primero consiguió adhesiones generales, la política municipal que el segundo desarrolló en los barrios malagueños también fue muy importante. Por los frutos dejados, todavía hoy muchos ciudadanos insisten en llamar el paso del alcalde por el Ayuntamiento como la «era García Grana». Francisco García Grana puso en movimiento a los barrios, y en una Málaga que todavía recelaba de muchos trinitarios por los acontecimientos de 1936 -para entonces todavía no olvidados del todo- supo crear tan propicio ambiente que la colaboración vecinal con el Ayuntamiento, inútilmente buscada por corporaciones anteriores, se materializó de manera evidente, rápida y entusiástica. Por aquellos años iniciales del man¬dato del citado alcalde funcionaba ya la Junta de Festejos de la Trinidad, de la que era tesorero desde 1950 José Bravo Espinosa, que en 1953 llegaría a ser designado presidente de la misma. La citada junta se encargaba de la organización de las fiestas anuales de la Trinidad, que tanta vida dieron al barrio, granjeándose tantísimos amigos de dentro y fuera de Málaga a lo largo de los años por el ambiente festero que lograba y la imagen nueva que ofrecía el mismo. Reconociendo en Bravo al hombre eficaz que auspiciaría el necesario diálogo del barrio con el Ayuntamiento, García Grana recuperó en él la figura del antiguo alcalde de barrio, de manera que lo propuso al pleno municipal, que, aprobando tal iniciativa, lo hizo efectivo. Ocurrió que alguien denunció al gobernador el pasado juvenil ugetista de Bravo, poniendo inconvenientes al nombramiento, pero como el alcalde tenía que cumplir el mandato corporativo, anunció al gobernador su dimisión del cargo y éste, advertido de los riesgos políticos que ocasionaría, decidió dejar a su plena responsabilidad la iniciati va. García Grana le entregó el nombramiento y Bravo Espinosa se convirtió en el primer alcalde de barrio más de un siglo después del último de los nombrados. La iniciativa funcionó de tal manera que, convertido Bravo Espinosa en la voz del barrio reclamante ante el Ayuntamiento, éste no sólo se volcó en llevar mejoras a la Trinidad, sino que hizo posible la colaboración de sus comerciantes, industriales y vecinos en aque¬llas iniciativas que, por su coste, reclamaban la participación económica de todos. Así, se constata que fue el de la Trinidad el primer barrio que hizo posible, con el Ayuntamiento, la nueva y total iluminación de todas sus calles; siguieron luego otras obras de pavimentación, aguas y exorno con la instalación de macetas, plantas y flores: el Ayuntamiento las instalaba y los vecinos las conservaban durante todo el año. García Grana, a petición del propio Bravo Espinosa, acabó con los «entierros de por Dios», tan frecuentes a causa de las carencias de muchos de sus vecinos que, solitarios, fallecían en sus alcobas de corral as y corralones y allí permanecían varios días hasta que las vecinas recorrían con un pañuelo negro las calles solicitando ayuda para poder enterrarlos. La forma en que el Ayuntamiento se implicó en las necesidades sociales del barrio y sus gentes hizo posible no sólo un nuevo estado de relaciones Trinidad-Ayuntamiento durante el periodo de García Grana, sino, posteriormente, con los siguientes alcaldes, Antonio Gutiérrez Mata y Rafael Betés Ladrón de Guevara, que confirmaron a Bravo como alcalde. La gestión de Bravo Espinosa tocó a su fin por voluntad propia en 1972, casi un año después de visitar la Trinidad el príncipe de España, que al no verlo entre las personalidades que le recibían, preguntó por él, y tras localizarle entre la multitud y saludarle, hizo reaccionar al alcalde de la ciudad de forma violenta y negativa -luego se sabría que había dado órdenes al jefe de la Policía Municipal de que le prohibiera unirse a la comitiva-, por lo que el desaire edilicio le impulsó a abandonar. Ya en los años 80 se plantearían desde el nuevo Ayuntamiento democrático los proyectos de transformaciones urbanísticas que los nuevos tiempos aconsejaban. Se pusieron en marcha iniciativas regeneradoras que poco a poco fueron desdibujando el antiguo diseño trinitaria, de manera que, en un largo proceso todavía inconcluso, la faz trinitaria cambió de manera fundamental. Muchos vecinos lo abandonaron y otros, los menos, pudieron ocupar posteriormente las nuevas casas sociales que se crearon para ellos. Pero ya no era el mismo barrio tradicional. El masivo éxodo humano restó bullicio y ambiente a sus calles, plazas y pasajes más populares. Quedaron en el camino los signos que a partir de 1960 parecían anunciar que la Trinidad, con sus casi 60.000 vecinos, había iniciado una época de recuperación no sólo de sus raíces más antiguas, sino con sus tradiciones más populares. El reencuentro de los antiguos trinitarios -que hoy se dispersan por toda la ciudad y zonas periféricas o residiendo en ciudades españolas o europeas diferentes- se produce cada Semana Santa llamados por las cofradías existentes en el barrio, la Soledad de San Pablo, Zamarri 11 a, Salud y, fundamentalmente, el Lunes Santo, que es el gran día de Jesús Cautivo y María Santísima de la Trinidad. Se encuentren donde se encuentren los trinitarios, el lunes de Semana Santa es el día que lo dedican a visitar a su Cristo Cautivo formando en tomo a las imágenes abrumador acompañamiento desde la misa de alba y posterior recorrido hacia el Hospital Civil y tronos procesionales. Tal manifestación hace que la cofradía sea la que mayores afectos populares constata, lo que confirman por la noche miles de malague¬ños y malagueñas que los siguen .

Capuchinos

De la antigua Málaga de conventos, monasterios, cenobios y ermitas de los siglos XV y XVI se conservan todavía muchos restos que ilustran nuestro ayer clerético, así como no pocos rastros de arcaicas topo nimias que recuerdan que los barrios, como el de Capuchinos, tomó prestado nombre del convento de franciscanos que se erigió sobre la ermita de Santa Brígida. l primer convento verdaderamente organizado por los franciscanos capuchinos de Málaga fue erigido sobre una extensa colina de la zona noroeste de la ciudad. Desde la misma construcción, el edificio monacal -de grandes proporciones- permitió poco a poco diseñar la plaza principal del barrio, luego la alameda del mismo nombre hacia el barrio de la Victoria, la Carrera de Portada del viejo cementerio de San Miguel, inaugurado en 1853. Capuchinos en dirección a Dos Aceras, la calle de Capuchinos hasta enlazar con el Molinillo y la de Eduardo Domínguez A vila que lo hizo hacia las huertas de Mangas Verdes. 'Barrio de lomas y lometas, de fértiles tierras labran tías entreveradas de los yermos páramos de El Ejido y Puerto Parejo, permitió durante siglos la pacífica coexistencia urbana de tejares, alfarerías y tahonas. Capuchinos fue un pequeño pueblo que década a década y a partir de los primeros años del siglo XVII supo ceñir a la ciudad en un arco que se iniciaba en el barrio de la Victoria y concluía en lo que fue recinto murado del arrabal donde los árabes recogían su ganado, es decir, la enorme explanada entre el río Guadalmedina y la calle Ollerías entre ciénagas, lagunillas y pozos. Según dejó escrito en una deliciosa y breve monografía sobre el barrio Juan Estrada, desaparecido párroco de la iglesia parroquial de Santa Teresa, «era el año 1619 cuando el padre provincial de los Capuchinos, fray Bernardino de Quintanar, se encontraba en Antequera verificando la visita canónica al convento de dicha ciudad. Estando allí, recibió una carta que le enviaba don Diego Polín, vecino de Málaga, en la que le proponía la fundación de un convento de capuchinos en Málaga. No tardó mucho fray Bernardino• en personarse, de manera que la entrevista con el ofertante pudo realizada prontamente. Era entonces obispo de la diócesis malacitana don Luis Fernández de Córdoba, que antes lo había sido de Salamanca y más tarde arzobispo de Sevilla». Se preparó con fortuna la entrevista de fray Bernardino, el señor Polín y el obispo. El resultado fue extremadamente beneficioso para el fraile y el ciudadano malagueño autor de la idea de dicha fundación, pues del encuentro se alcanzó la licencia para crearlo y la promesa de ayuda episcopal al proyecto. Ante tan prometedor recibimiento, se hizo visita de cortesía a los caballeros regidores de la ciudad, a quienes presentaron un memorial del proyecto de fundación. Al hacer la petición y solicitar autorizaciones, ayudas y suficientes apoyos, don Bernardino y el señor Polín tuvieron el buen cuidado de dejar caer sobre la mesa edilicia que el propio rey estaba muy interesado en dicha fundación conventual, de manera que las cosas se obviaron de tal modo que el cabildo municipal celebrado el día 13 de septiembre del citado año concedió cuanto de sus competencias administrativas dependía. Sigue el padre Estrada informando de las primeras gestiones: «El señor obispo entregó a los capuchinos una ermita situada en la calle Nueva dedicada a la Concepción de María, donde el 14 del inismo mes y año se celebró la inauguración del convento con la asistencia del prelado Fernández de Córdoba, los caballeros municipales, autoridades y representaciones y gran entusiasmo por parte de la ciudad». Pese a que las cosas marcharon rápidamente, aquella primera comunidad debió sentirse incómoda por el lugar elegido para su primer asentamiento monástico. Era obvio que la calle Nueva, en medio del alegre y ruidoso mundo del centro urbano, sin huerta además en la que cultivar productos para la alimentación comunitaria, no era óptimo lugar para las prácticas religiosas ni reunía las debidas condiciones para la vida en soledad que era característica de los franciscanos. Expuesto el tema ante el obispo, de nuevo se buscó un lugar más adecuado. y éste surgió como consecuencia de una visita que el prelado y el superior realizaron juntos a las afueras de Málaga, concretamente al lugar donde existía desde antiguo la ermita de Santa Brígida, «situada en un cerro al noroeste de la ciudad, junto al camino que conducía a Casabermeja, cerca del Guadalmedina. El lugar -dice el cronista Estrada- era espléndido, con vistas admirables, y desde él se dominaba la ciudad y el mar». SOBRE UNA ERMlTA. El obispo, complaciente con el provincial capuchino y deseoso de favorecer el desarrollo en la capital de la comunidad franciscana, concedió la ermita; el Ayuntamiento, por su parte, les ofreció todo el terreno que la rodeaba. Así, el día 28 de febrero de 1620, los padres fray Esteban de Lérida y fray Juan de Granada en nombre de la comunidad tomaron posesión de las tierras necesarias para edificar el convento y diseñar la huerta, dejando el resto para que se sirvieran de él sus vecinos. La ermita se transformó en iglesia, se edificó el convento y se trazaron la plaza y calles poco más o menos a como hoy existen, y así, en torno a la iglesia y convento, se formó el barrio de Capuchinos. Las obras constructivas fueron llevadas a cabo rápidamente, merced a que los pocos vecinos de la zona no sólo alentaron a los frailes, sino que constribuyeron con abundantes limosnas y ayudas para que todo el proceso pudiera ser culminado en el más breve tiempo posible. En efecto, la totalidad del convento e iglesia, diseño de la huerta y realización de todos los servicios indispensables fueron totalmente terminados 12 años más tarde, puesto que « ... el día 30 de abril de 1632, con- Plaza del cementerio, actual jardín de El Ejido, sus nuevas viviendas sociales vistas desde la misma plaza y escalinata de la popular «chorraera» al costado del cuartel. memoración de Santa Brígida virgen, y en la tarde del siguiente día, en solemne procesión, fue trasladado el Santísimo Sacramento de la antigua a la nueva iglesia». Le faltaba al cenobio lo que, para entonces, era factor de escasez en toda la ciudad, el agua. Todavía lejano de alcanzarse en Málaga el famoso acueducto de San Telmo -primorosa obra de ingeniería del arquitecto José Martín de Aldehuela que costeó el obispo Molina Lario-, fue necesario gestionarla, de cuya mejora no sólo se beneficiaron los frailes, sino todo el vecindario colindante. «Don Baltasar Cisneros, caballeroprincipal y regidor malagueño, entre los muchos favores que había concedido a los religiosos, les procuró el agua, mandando construir un acueducto que la llevase al convento. Los religiosos, agradecidos por éste y otros beneficios, le concedieron el patronato del convento. En los escudos que existen, todavía, a la entrada del presbiterio, puede leerse claramente la inscripción «Armas de los Cisneros». CAPUCHINOS FAMOSOS. El convento llevó una vida próspera, fue ejemplo entre los de su tiempo por lo crecido de su comunidad y lo edificante de su ejemplo y porque en él, en distintos momentos y décadas, protagonizaron ejemplares vidas de mística piedad diferentes sacerdotes que alcanzaron fama de santidad, ciencia y sabiduría. Merece destacarse el celo apostólico de los religiosos durante la epidemia de peste que sufrió Málaga durante los años 1636-37. En aquellos días trágicos para la ciudad, los capuchinos cuidaron espiritual y corporalmente a los enfermos que, en número de 800, se albergaron en un hospital provisional instalado en el Molinillo, próximo al convento, y que se llamó hospital de Santa Brígida. Murieron cinco religiosos: el guardián, fray Alonso de Guadix, fray José de Málaga, fray Jacinto de Granada, fray Francisco de Toledo y fray Miguel de Antequera. Sus cuerpos recibieron sepultura en una capilla levantada en la huerta del convento, en la que sin citar nombres ni otros detalles identificativos se leía la siguiente inscripción: «En esta capilla y sitio están enterrados los religiosos capuchinos que ofrecieron a Dios Nuestro Señor sus vidas, por ayudar corporal y espiritualmente a sus próximos, en la peste que padeció Málaga en el año 1637». Esta eventualidad histórica que durante generaciones pasó de padres a hijos y quedó magnificada con el paso de los tiempos- fue la que concedió a los franciscanos capuchinos y a su convento e iglesia la enorme popularidad devocional que los capuchineros de hace más de tres siglos y medio . DESAMORTIZACION. El periodo desamortizador del siglo XIX afectó a los franciscanos capuchinos. Obviamente, por esta misma circunstancia histórica pasaron la totalidad de conventos, monasterios, cenobio s y la propia mitra malacitana, que vieron de qué manera se les expropiaban sus bienes raíces, su patrimonio inmobiliario no de culto, así como sus tierras. Fue el año 1835 el de la exclaustración de la, para entonces, numerosa comunidad. «Los capuchinos tuvieron que abando- nar el convento. La iglesia pasó a poder del Obispado. El Estado se apoderó del convento, edificando sobre él un cuartel y dejando para uso del templo una parte del claustro, que se conserva, y algunas celdas monacales». La anécdota, menuda si ustedes quieren mas en cualquier caso relevante por su significado, fue que «en una de estas habitaciones quedó como camuflado el padre José de Vélez, religioso de grandes virtudes, que vivía en la mayor pobreza dándolo todo a los pobres y dedicado a la conservación y culto de la iglesia en espera de que volviesen sus hermanos capuchinos. Era un apóstol de la Divina Pastora y a él se debe la fundación de la hermandad, que tenía por objeto mantener el fuego sagrado de la devoción y formar un coro que cantase en sus funciones, celebradas los primeros domingos de cada mes, y en la novena, que tenía lugar todos los años». Anteriormente a este fray de V élez -y está suficientemente recogido en las crónicas franciscanas cápuchinas- otro gran apóstol de la Divina Pastora fue el beato Diego José de Cádiz, en el mundo José Caamaño y García, nacido el 30 de marzo de 1743. Este capuchino, que tuvo dificultades para entrar en "la orden dada su escasa preparación cultural, terminó siendo un brillantísimo orador sagrado, un hombre de relevantes conocimientos teológicos y un destacado misionero urbano. Precisamente, y desde su llegada al convento del barrio en 1773 en el que permaneció dos años, estableció su centro misional, desde donde par- tió muchas veces a distintos territorios andaluces para realizar su labor misionera. El paso de este santo por el convento de capuchinos de Málaga fue, sin duda, otro de los timbres de popularidad de la casa capuchina. Dos momentos culminantes vivió el barrio de Capuchinos a lo largo del siglo pasado, pues si de una parte las leyes desamortizadoras de Mendizábal y Madoz obligaron a los frailes a su exclaustración con abandono del convento, por otro significó, tiempo después, la incorporación de las c1arisas. Ambos acontecimientos jugaron un papel importante en el devenir del conjunto urbano y ciudadano capuchinero que allí creció. En todo caso -y aunque intentos hubo de borrar para siempre el nombre de la plaza, la alameda, la carrera y la calle de Capuchinos en distintos momentos revolucionariosel tercer barrio de Málaga nunca llegó a perder su nombre de origen. Tampoco las calles que lo recordaban. En efecto, con la entrada en vigor de las leyes confiscadoras, y una vez que la comunidad tiene que abandonar de urgencia el claustro, el convento se convirtió en el gran acuartelamiento militar de la ciudad; de nuevo, pues, los capuchinos prestaron nombre al edificio, que para muchos vecinos de hoyes de quien el barrio recibe nombre y no del primitivo convento, lo cual es explicable error. La revolución de septiembre de 1868, conocida como «La Gloriosa» y que llevó al exilio a la reina Isabel n, afectó igualmente a muchos monasterios malagueños, entre ellos al de las monjas clarisas. Esta comunidad fue forzada a vivir junto a sus hermanas rondeñas desde 1868 hasta 1889, en que, según la crónica disponible, retornaron al barrio ayudadas por el obispo Spínola y Maestre, encargándoles de la custodia de la iglesia como propia de su convento. Fueron estas monjas las que, a partir del año ya citado, custodiaron la imagen de la Divina Pastora, verdadera copatrona capuchinera con María Auxiliadora y a quien la ciudad debe su devoción a la imagen que todavía se venera en la hornacina del altar mayor de la parroquia titular de Santa Teresa. BARRIO ENTRE BARRIOS. Capuchinos nació con vocación de barrio entre barrios, sin duda. Sus límites, según ya quedó comentado, eran Victoria, Molinillo, Mangas Verdes y El Ejido con Puerto Parejo. En datos de 1845, cuando la ciudad tenía 72.931 vecinos repartidos en 6.870 casas y éstas, a su vez, se ubicaban en 301 calles, el barrio capuchinero pertenecía al IV Distrito, Santa Ana, integrado por el barrio de la Alcazaba, Muelle Viejo, Malagueta, Campos de Reding, camino y población de El Palo, Barcenillas, Amargura, ~ Cristo de la Epidemia, alameda de Capuchinos y Ejido. Por estos datos socio-urbanos se extrae la consecuencia de que, todavía y para entonces, la Carrera y calle de Capuchinos serían, en todo caso, vías en formación no densamente habitadas. Claro está que los censos municipales de la época presentaban lagunas importantes; aun así y todo, queda la sospecha de que Capuchinos no había alcanzado pleno desarrollo ocupacional al no reflejarse dentro del Distrito IV calles fundamentales del mismo, entre las cuales figuraron más tarde las aludidas Carrera y calle de Capuchinos, Eduardo Domínguez A vil a, el popular «Camini110 de las Pencas» hacia el viejo Camino a Casabermeja, alameda del Patrocinio, así como Alcaide de los Donceles, Escobedo, Huerta, Doña, Molino, Argüelles, Zaragoza, Arapiles, Prolongo, Hurtado, Cuervo, Cauce, Palafox, Santa Leocadia, Pastora, callejón del Lucero, Postigos, etc. De desarrollo lento, puesto que son entonces muchas las direcciones en que aquella parte de la ciudad podía extenderse, Capuchinos comienza a poblarse a partir del primer tercio del siglo XVIII. No obstante, para aquellas décadas las huertas y terrenos fértiles para la siembra eran muchos y muy productivos, especialmente generosos para la patata, verduras y flores y, por extensión, para el establecimientos de vaquerías por la abundancia de pastos para el ganado. Su desarrollo urbanístico comienza, pues, por un perímetro central cuyo eje lo marcó la calle principal capuchinera, su alameda, que discurre desde la plaza hasta la misma e histórica Fuente de ülletas. Las huertas capuchineras van desapareciendo a medida que invade su territorio la construcción de viviendas, pero durante los decenios finales del siglo XIX y primeros del XX huertas, vaquerías, tahonas, alfarerías, tenerías o curtidurías, junto a otras industrias menores relacionadas con el consumismo de entonces, forman parte de un mismo paisaje urbano. A la derecha del barrio en la dirección de Olletas, El Ejido, y a su izquierda, Mangas Verdes, se mantienen todavía las labores artesanales y huertanas. Las dos primeras, y por la proliferación de industrias, llegan a extenderse hasta Puerto Parejo, límite con el territorio victoriano, a cuyo extremo también se hallaban las lagunas de las que se extraía la popular arcilla verde-gris que dio justa fama no sólo a la cacharrería doméstica, sino a la tejera -la calle Tejeros confirma esta cualidad industriosa en dicha localización-, que conocimos hasta los primeros años cincuenta de la presente centuria. La tipología humana capuchinera era de composición varia, pues coexistieron vecinos de la clase media y media-baja que ocuparon discretas casamatas, y gente de aluvión que vivieron en corralas, corralones o edificios de dos plantas con patios interiores o alegres y risueñas galerías formadas por balconcillos, antepechos y ventanas interiores. Menudeaban las viviendas altas con cierros muy lucidos y hasta elegantes, balcones y antepechos exteriores, así como algunas que lucían artísticas rejas andaluzas muy bien labradas en forja, portalones con enormes y dorados picaportes y puertas de cerradura que se accionaban con gruesas llaves de hierro. Muchas de sus pequeñas y populares viviendas se . alzaban sobre no muy sólidos cimientos, teniendo en cuenta que en muchos casos y en el origen de las mismas eran edificaciones de labor que con el tiempo llegaron a transformarse en verdaderas habitaciones familiares. Otra particularidad arquitectónica eran los muros rellenos de cantos rodados procedentes de antiguos arroyos, desecho de mate- riales o tierra y arena encaladas, de manera que cuando una pared maestra se venía abajo, corrientemente tiraba de la parte inferior de los muros dejando ver antiguos cascotes de arcaicas huertas y hazas. Toda la extensión de El Ejido -o «Lejío», según siempre lo denominaron los malagueños en general y capuchineros en particular- era un verdadero gueto de la trashumancia gitana andaluza. A El Ejido se podía tener fácil acceso por cuatro puntos principales: la calle Carrión a través de la de Refinos, la de los Negros por la Cruz Verde, Puerto Parejo por la plaza del Circo y calle Mendizábal, o subiendo por las escalinatas de La Boquilla al iniciarse la alameda de Capuchinos. Existían otros accesos, pero dificultosos y complicados teniendo en cuenta que eran prácticamente veredas para borricos faeneros; el lugar más peligroso siempre fue la calle Arapiles, de traza irregular formada por la alineación de las edificaciones de la alameda de Capuchinos, cuyos patios traseros abrían puertas a las lagunas o ciénagas de los tejares. VIVIR BAJO TIERRA. Entre los años cuarenta y cincuenta de este siglo las familias gitanas que ocupaban las cuevas de El Ejido -tanto las del lado de Puerto Parejo, Tejeros y calle de los Negros- llegaron a ser 150, número que durante muchos años se mantuvo en Málaga como estadística oficial y constante cuando, en distintas ocasiones, se intentó la erradicación de aquella forma de chabolismo primitivo. Las cuevas se labraban abriendo sobre los desmontes, colinas, oteros y riscos de entonces, a base de pico y pala, grandes aberturas sobre la compacta tierra. Bastaba para ello que dos o tres hombres del mismo clan gitano se aplicasen a la tarea varias noches seguidas, no más, entre otras razones porque las autoridades de la época prohibían aquella forma de habitación por las negativas situaciones sanitarias que provocaban su existencia. Por esta razón, muchos de los citados «albergues» se construyeron de viernes a lunes y durante las horas nocturnas. Horadado el tierno y dócil trozo de monte elegido, la abertura permitía la entrada a una persona no demasiado alta. Al fondo del habitáculo -reducido en principio y ampliado poco a poco después- podrían disponerse de cuatro o seis metros cuadrados con altura de poco más de un metro. Cuando había que excavar para hacer una cueva para una fanúlia numerosa o dos distintas de un mismo clan, la pieza podría alcanzar en su interior de doce a diecis'éis metros cuadrados, con separación del «estar-comedor» y el dormitorio. Los más aseados usuarios de ellas solían blanquear la entrada con cal viva, aplicaban ladrillo visto a su arco de ingreso y a ciertas zonas de la pieza, y tendían sobre el suelo unos rectángulos o circunferencias de trenzado de pita y esparto -seras y serones que en la mayoría de los casos procedían de su atalaje faenero- que les evitaba la humedad. En casos muy poco frecuentes se labraba en el exterior de la covacha una zona de cocina para impedir que los humos entrasen al interior del primitivista templo famiJiar. Sin recursos ni posibilidades para eliminar las excretas, utilizaban en invierno bacines que, una vez llenos, vertían sobre el descampado. Y aquella acumulación escatológica progresiva, junto a las aguas de uso doméstico que transportaban en barreños o baldes desde las fuentes públicas de calle Prolongo o de la plaza del Circo, formaban unos arroyos pestilentes que bajaban, según la situación de las cuevas, por la calle de los Negros, Puerto Parejo, Tejeros y gran parte de la de Arapiles, Prolongo y la misma Boquilla capuchinera. La situación de penuria social que describía El Ejido, el lamentable discurso estético con que habló el terreno durante tantos decenios, la persistente presencia gitana en el lugar, la trashumancia de unas familias que relevaban a otras junto a las raíces que en el lugar habían echado otras que vivían con carácter permanente, trajo como consecuencia el desarrollo lento de un gueto de miseria y piojismo en el que finalmente quedaron integradas familias «cristianas» o payas con los mismos problemas de habitación y falta de promoción social que las primeras. Como nutrido gueto que era el «Lejía», allí se extrañaba a cualquiera que no perteneciera a él. Las relaciones entre payos y gitanos fueron siempre y en todo momento difíciles. A puntos tales, que frecuentemente se veía bajar por la cuesta de Capuchinos y en dirección al Hospital Civil, o por Cruz Verde y el Altozano en dirección a la casa de socorro de Lagunillas, a cohortes de vecinos que, habiéndose aporreado con dureza, urgían yodo, puntos de sutura y vendas ... De El Ejido salieron no pocas generaciones de jóvenes gitanos a casarse «por la Iglesia» en la Victoria, San Felipe o Santa Teresa -en realidad siempre se le llamó iglesia de la Pastora-, siendo aquellos fastos de tres días y sus correspondientes noches de fiesta y bullanga ocasión que reunía a centenares de gitanos procedentes de Motril, Salobreña, Almena, Granada, Córdoba . y Jaén, además de otros muchos que subían desde sus vi1lalatas de Cruz Verde, el Altozano, Arroyo del Cuarto o las Esterqueras. Las dos dimensiones tipológicas y sociales del barrio de Capuchinos fueron, de una parte, su censo de vecinos de clase media baja, que ocupaban la alameda, carrera y calle de Capuchinos; su sector obrerista, en las de Palafox, Eduardo Dornínguez A vila, Santa Leocadia, Pastora, Cauce o «Cáu», camini110 de las Pencas y viejo camino a Casabermeja incluida la calle Peinado. y todo aquel conjunto en apariencia integrado rechazaba mantener relaciones con el cosmos humano que representaba El Ejido. Los casi 375 años de existencia del barrio dejan' atrás, efectivamente, mucha historia local. Porque, si de un lado, el protagonismo franciscano capuchino fue el verdadero origen del mismo, el del cuartel del mismo nombre también influyó sobre su definitivo carácter. Igual ocurrió con el cuartel de Caballería, situado al final de la Carrera de Capuchinos y al término de la calle Dos Aceras, el de Artillería en la de Peinado y el de Intendencia, al iniciarse la antigua carretera de las Pedrizas. Fue, por tanto, un barrio en el que la actividad relacionada con la milicia resultó factor de animación. LLEGAN LOS SALESIANOS. Quizá el acontecimiento más importante del barrio ocurrió cuando el canónigo Eduardo Domínguez A vila creó a sus expensas un asilo para niños necesitados en la calle que posteriormente fue bautizada con su nombre.

Allí, mientras el sacerdote pudo personalmente ocuparse del albergue, recibieron asistencia alimentaría y educativa numerosos niños no sólo del barrio, sino de otros distintos de la ciudad. Pero, habiendo enfermado, tuvo que abandonar su patrocinio. Fue entonces cuando se hicieron cargo del establecimiento los Salesianos, que primitivamente se habían establecido en calle Refinas y que posteriormente, al hacerse cargo de la gobernación del centro a petición del Obispado y la Beneficencia Municipal, crearon sus populares escuelas, oratorias y templo de María Auxiliadora. Ello representó la transformación cultural de Capuchinos, pues al disponer de un centro de preparación en los oficios de entonces a los niños capuchineros crearon al mismo tiempo un activo centro de convivencia que alcanzó con los años enorme popularidad dentro y fuera de los límites capuchineros. Otros colegios fueron el establecido en el viejo Cuartel de Caballería entre la Carrera de Capuchinos y la calle Refinas, y, desde luego, el Grupo Escolar Cervantes, en la alameda principal del barrio. Como tercer centro cultural capuchinero afamó la miga de doña Paulina, situada en una discreta y muy bien conservada casamata de la alameda, hacia el número 14. A ella acudieron durante varios decenios inquietos parvulitos a quienes la maestra iniciaba, entre cánticos, en la tabla de multiplicar, los ríos de España y sus cordilleras y los límites espaciales de sus fronteras. Con el tiempo, otra destacada institución de enseñanza fue el colegio de la Divina Pastora, momento que marcó un hecho estelar al proporcionar aula de escolaridad a los niños del barrio. El colegio hizo historia no sólo por lo que representaba de oferta educativa, sino porque las monjas clarisas paliaron, con su nueva dedicación, su vida de absoluta y recoleta clausura. Un último establecimiento de carácter popular en la verdadera acepción de la palabra era la academia de baile de Manolo Galiani, en la que muchas niñas acudían mañana y tarde buscando una preparación para la danza y el canto andaluces con vistas a «hacerse artistas» y triunfar en los escenarios. Galiani dirigiendo el baile y el cante y su ayudante «Rafalito» poniendo música desde el piano para acompañar las clases -con cientos de interrupciones a causa de las torpezas de que hacían gala las nenas-, eran sesiones que animaban la vida en tiempos difíciles. Miguel de Molina, el más internacional artista del barrio de Capuchinos. puntualísimo y fiel que anunciaba a los vecinos las siete de la mañana- procedía del tranvía de la línea de Circunvalación, que con su trepidante y escandaloso tránsito ponía en pie incluso a quienes no tenían necesidad de madrugar. El segundo rumor conocido y esperado se producía a las nueve menos cuarto y estaba a cargo de anónimo incitador al desayuno con su monocorde: «¡A la rica torta de Algarrobo marca Rivas». Le seguían a distintas horas el botijero, con labores de La Rambla; el hojalatero, el afilador, el lañador y el sillero, ofreciendo reparar in situ recipientes de uso doméstico, tijeras o cuchillos, restaurar lebrillos y orzas y echar culeras a las sillas de anea. Pregonaba luego con un cántico conocido y familiar el cenachero, al gritar los menudos y plateados pescados de la mar de Málaga. Y el vendedor de moras el suculento fruto entregado a los niños en hoja de higuera. Y el hombre del carrito de mano ofertando «la buena tierra pa macetas, buena tierra de los Montes». Y el ambulante, escéptico y paciente almonedero requiriendo la compra de «relojes, pulseras, zarcillos, cosas de dublé y dentaduras postizas». E igualmente el colchonero, que prometía «gobernar» a buen precio y a pie de vivienda «solIÚeres enterizos y flejes partíos». A estos rumores había que añadir, durante el buen tiempo y a partir de las últi- mas horas de la tarde, la musicalidad entrecortada que procedente de los organillos invadía las calles desgranando en ellas alegres notas de valses, mazurcas o pasodobles que invitaban a la danza tanto a jóvenes parejas como a muchachas que lo hacían también emparejadas. Sus pregones eran parte de la misma vida capuchinera, sus más conocidas canciones urbanas y en cierto sentido su propio espectáculo vital. Especialmente, cuando en primavera aparecían distintos clanes familiares de trashumantes «húngaros» que hacían realizar monerías a la vieja cabra de siempre y a sus chiquillos, con un año más cada temporada, hacer el pino en medio de la calle lIÚentras el padre hacía sonar la trompeta y la madre repiqueteaba baquetas sobre el tambor llamando a la gente para presenciar el número y solicitar luego una moneda . . COMERCIOS E INDUSTRIAS. Muchos fueron los hitos industriales y comer- ciales del barrio en los cuales transcurrió gran parte de la vida vecinal. En la Carrera de Capuchinos, la taberna La Campana; en la plaza del mismo nombre, Alaska; en la esquina de la plaza con Eduardo Domínguez A vila, Casa Cañete; en la alameda, El Matorral, y al iniciarse la cuesta de Capuchinos, la casa de comidas de Ortega; destacaron igualmente los pequeños ultramarinos Casa de Mariquita y Casa de Andrea, la confitería Aparicio, la freiduría Casa Enrique y la carpintería de Fernando. Otros establecimientos populares fueron: en la Carrera de Capuchinos, Casa del Tranviario, el tostador de cebada de las hermanas Mérida, la casa de Diego el Bollero (calle Hurtado), el zapatero remendón y antiguo torero Cara Ancha y la fábrica de calzado y correajes militares de los Muñoz. Tres corralones notables eran el del Cuartel de Caballería, del Perro Negro y el de Micaela, los dos últimos situados, respectivamente, en la carrera y la alameda. De sus panaderías destacaron, sobre otras muchas cualesquiera, las de La Boquilla y también la de Rosales, respectivamente en en las calles Arapiles y Eduardo Dornínguez A vila. La que fue única y exclusiva industria del barrio se llamó Cartonaje y Vidrio, dedicada a la elaboración de envases farmacéuticos y que empleó a considerable mano de obra femenina en años difíciles. Otros nunca olvidados establecimientos frecuentados por la casi totalidad de los vecinos capuchineros en virtud de los servicios que prestaban fueron el quiosco del Chato, en la plaza, con su mercadería de castañas, batatas asadas, madroños, palodú y caramelos adoquines en invierno, chumbos en el verano y arropías y «papas de menta» durante todo el año. La posada de la Cuesta de Capuchinos, que con sus panes blancos, sus huevos de campo y su poquito de aceite de Colmenar -productos facilitados con cuentagotas a los parroquianos en tiempos de escasez- creó dependencia entre la vecindad. Por último, y entre otros establecimientos populares, la barbería de Pepe Gallo, tan hablador y activo como seguidor constante de los colores del C. D. Málaga, con sus polémicas versiones sobre los partidos de la época. Y en otro estilo de comercios, el telar de Modesto Escobar, la muy antigua fábrica de medias de Triviño y la farmacia de don Aureo, en la que destacó, desde muy joven al ingresar de mancebo, el popular Paco GÓmez. Los jueves, hacia las dos de la tarde, bajaban por la alameda de Capuchinos los seminaristas. Iban de dos en dos y en una doble fila paralela ocupando prácticamente toda la acera de la calle. Con sus sotanas y bonetes negros, cruzada sobre el pecho la roja beca que les caía por la espalda, los niños les llamaban «salmonetes». Los veíamos cuales angelitos puros, sin mácula ni mancha del arroyo común, y se dirigían al Hospital Civil Provincial San Juan de Dios a dar consuelo y compañía a los enfermos del «papel de pobre» que allí se encontraban encarnados, la mayoría de las veces sin familiares que fueran a verles. Tres acontecimientos echaban a la calle a sus vecinos. Eran las procesiones de la Divina Pastora, la de María Auxiliadora con San Juan Basca y el seráfico Dominguito Savia, y las verbenas vecinales de primavera, en las cuales se celebraban los que fueron famosos concursos de patios y balcones adornados que compitieron con los que tenían lugar en la Trinidad y el Perchel. y a diario algún que otro entierro hacia San Miguel. Carrozas de dos, cuatro y a veces seis caballos con jaeces negros y negras gualdrapas, también el auriga, en lo alto del pescante, iba de respetuoso frac negro. La caballería lucía sobre sus inquietas cabezas altos penachos de plumas de luto y las acristaladas carrozas, que suscitaban miedo en los chaveas, eran verdaderos túmulos rodantes con sus tallas alegóricas a la distinta simbología de la muerte. Las mujeres santiguábanse y los hombres, respetuosos, se desgarraban a su paso .•

La Malagueta, playa urbana que disfrutaron los malagueños de todas las épocas, fue durante milenios no sólo placentera orilla de la mar cercana, territorio de azucareras y bodegas, adorno natural al sur de la ciudad, sino costoso rebalaje para la «saca del copo», asiento de marengos y jabegotes y cuna de los primeros balnearios marítimos de Málaga y de encurtidos, un nada despreciable astillero para embarcaciones pequeñas y medianas y, posteriormente, un garaje y una industria de baldosas, presentaba el aspecto sórdido de un núcleo urbano de aluvión con todas y cada una de las connotaciones sociales, estéticas y urbanísticas, sobre las que volveremos en su momento. La Malagueta no fue nunca exactamente un barrio, pues careció siempre de verdadera organización, estructura y servicios. Cercada por un paseo de la Farola con elegantes y proporcionados palacetes de inspiración francesa o británica, un paseo de Reding que con la avenida de Príes la discriminaba del resto y de un tren suburbano que la dividía como el río Guadalmedina a las dos Málaga de siempre, sus ejes vecinales eran la calle Maestranza y la de Vélez-Málaga. Luego vendrían las calles Fernando Camino, Keromnés, Arenal y Puerto dando una cierta configuración de barrio a dicho territorio. Los viejos relatos y grabados que directamente obtuvieron de Málaga en 1862 los franceses Paul Gustave Dore y Jean Charles Davillier también informan sobre las playas, el sistema de vida de sus habitantes, su trabajo, su menuda organización, su mundo en una palabra, al que no era ajeno el juego de azar. Del libro «Viajeros románticos en Málaga», del profesor Majada Neila, se puede extraer una referencia absolutamente válida por lo descriptiva que resulta: «Los garitas, por lo demás. no son los únicos lugares de reunión de los jugadores. Se les ve por todas partes: en la playa, a la sombra de una barca; bajo los árboles de un paseo o resguardados por un viejo muro en algún lugar apartado. El público está a menudo compuesto por charranes o por otras gentes sin ley a los que se mezclan algunos marineros y soldados. Vedlos ahí echados o sentados a lo largo de algún falucho varado en la arena, cuyas velas se secan al sol. Unos están sentados. Otros boca abajo delante de una baraja de cartas grasientas que pasa de mano en mano: juegan al 'cané', al 'pecao' o a algún otro de sus juegos favoritos. Su fisonomía está inquieta y agitada, sea por]a pasión del juego. sea por el temor de ver llegar a un alguacil». De pronto, de entre todos los curiosos que solían rodear el CÍrculo de jugadores se destaca la figura de un baratero, institución tipológica urbana de la Málaga de la segunda mitad del siglo XIX, que avanzaba, entre solemne, ceremonioso y descarado, sobre el grupo: «Es un hombre robusto bien empati• liado, como dicen los andaluces, o sea, que tiene dos hermosas patillas negras. Lleva al descuido Su chaqueta sobre el hombro. y su pantalón corto va sujero por una faja de seda marrón. Es un baratero que se instala sin cumplidos al lado de los jugadores y les anuncia crudamente que viene a cobrar el barato; así se le llama a una especie de tributo que él mismo se arroga el derecho a percibir». Era, sin duda, el baratero de playa, distinto absolutamente de aquellos otros colegas que ejercían tan siniestra, provocativa y osada dedicación en la cárcel o en la milicia. Nos hemos referido a las viviendas marengas de la primera línea de playa diciendo de ellas, según la terminología que en la ciudad se empleó hasta que las mismas existieron, que eran villalatas o chabolas. Afinando en ambos términos y tomando la referencia de los viajeros ya citados, diremos con ellos, cuando desde la ciudad se dirigían a Vélez, que «:Ios pescadores. después de amarrar sus barcas, buscaban la sombra bajo sus chozas o cabañas de juncoslot. Queda claro que en 1862, cuando Dore y Davillier se movieron por Málaga, las viviendas de las gentes marengas que ellos vieron en La Malagueta eran simples y rústicas cabañas levantadas por ellas mismas. Hechas con esfuerzo y pobres materiales, se diseñaron de manera que fueran habitación para dormir y. en no pocos casos, para almacenar los rudimentarios aparejos de la pesca. La primera invasión de vehículos mecánicos sufrida por el territorio y que ocasionaron cierlos cambios en su morfología devino del tren suburbano de Málaga a Vélez-Málaga. Fue el popular ferrocarril el que. con la escollera practicada para que pudiera circular, alteró el uso de La Malagueta y su propio diseño. En principio con estación origen en terreno muy próximo al merendero de Coral, el antecedente más remoto del actual restaurante Antonio Martín, el trenecito llegaba lmicamente a Rincón de la Victoria. Luego, a medida que sus vías avanzaron y sus estaciones se construyeron, alcanzó el objetivo final de comunicar Vélez-Málaga con Ventas de Zafarrayót, en la provincia de Granada. La línea Vélez-Venta de Zafarraya fue la última en incorporarse a los FF. ec. suburbanos y su longitud era de 31 Kms. Tuvo su origen en la concesión del ferrocarril a Torre del Mar aprobótda por real orden de 24 de diciembre de 1910. Once años más tarde, justo el día 12 de abril de 1921, se autorizó la prolongación de la misma a Ventas de Zafarraya mediante la segregación del tramo Periana-Ventas que siguió atendiendo la línea Periana Alhama de Granada. LA MALAGUETA. 1920. ¿Cómo era el barrio durante aquellos años? De su puesta en escena más remota destacaba. fun damentalmente, el ya cilado Merendero de Coral que así fue bótutizado el primero que instaló Antonio Martín. Era una simple caseta de madera que se hallaba a la salida de la curva de la calle Vélez-Málaga. Sin más pretensiones que la de servir a una clientela amiga sin grandes exigencias gastronómicas, era de los primitivos merenderos de playa de mediano y selectivo protagonismo en verano y nulo durante los días del invierno. Estaba rodeado de pequeñas y elementales construcciones donde vivían las familias marengas. Delante, y sobre el rebalaje. se extendían redes, varaban las jábegas y se echaba y extraía el copo a la manera tradicional de todos conocida. El trajín marengo tenía un momento crucial durante los días claros y soleados del agradable invierno malagueño, así como todo el verano: era aquel que seguía a la saca del copo. Las familias no marengas se acercaban entonces al rebalaje para adquirir a buen precio el pescado recién ganado a la mar. Por extensión, no pocos de aquellos jabegotes que habían estado en la dura briega del copo tomaban sus cenachos cargados de boquerones. jurelitos, chanquetes, sardinitas, boqueroncitos y ranchos de pulpos, almejas, coquinas, pintarrojas y otros revueltos marinos, y se disponían a vocearlos por las calles de los barrios de la ciudad. El cenachero era enlonces la figura más popular de aquella Málaga de bodegas, tenerías, baratillos de cuerdas y alpargatas, salazonerías y tabernas. Del inarmonico conjunto urbano entonces existente en La Malagueta sobresalía la chimenea de la fábrica de energía eléctrica The Málaga Electricity Company Ltd., que se establecio en la calle Maestranza en 1888 para abastecer de energía a toda la zona. El coso de La Malagueta era, por definicion, el hito arquitectónico más sobresaliente y popular del barrio, pero no le fue nunca a la zaga el emblemático Hospital Nnble, que próximo a él establecía la unión natural con la ciudad a través del Parque. En La Malagueta de los primeros años del presente siglo destacaba igualmente una obra ya en marcha, el edificio de las oficinas administrativas de los FF. ec. Andaluces, motejada por los malagueños como «Palacio de la Tinta», que todavía por fortuna existe en el paseo de Reding. esquina a calle Keromnés. Digamos que Keromnés fue el ingeniero autor del proyecto de tendido de la linea ferroviaria suburbana de Málaga a Vélez-Málaga, lo que explica .que su apellido se diera a una calle íntimamente relacionada con el barrio por donde transitaba el tren. Destacaban también, en la calle Arenal, las paradas de los primitivos tranvías que desde la Acera de la Marina transportaban viajeros al territorio malagueto. y viceversa. Posteriornlente, hitos fueron el que se llamó «Palacio de las Pijotas», los baños de Apolo y de la Estrella, los garajes Inglés y de Portillo, la fundición de Roldán, La Fabril Malagueña de Hidalgo Espíldora, la fábrica de aceitunas de Manzano, la bodega de Barceló y la célebre y popular serrería que diseminaba los grandes troncos en un derribo existente entre las calles Maestranza y Vélez-Málaga. Existía igualmente, en un descampado en lo que es hoy plaza de Cánovas del Castillo, la célebre fuente de la Olla, de la que se suministraban los vecinos malaguetos. La gente acudía a ella con sus cántaros y recipientes de barro cocido en un interminable ir y venir, puesto que su caño manaba incesante día y noche. Fuentes de diseño como la que citamos existieron en distintas localizaciones de la ciudad. Todas del mismo modelo anfora en bronce de inspiración griega sobre alto pedestal de hierro-, fueron ejemplares que, en otros barrios. llegamos a conocer hasta cerca de los años sesenta del presente siglo. De todas las instituciones, industrias, instalaciones y comercios del barrio de los primeros veinte años del siglo XX fueron indudablemente famosos los ya aludidos baños de Apolo y de la Estrella, próximos entre sí en la misma línea de playa donde nació el merendero de Coral. Estos balnearios se levantaban mar adentro sobre fuertes sustentos de hierro. Eran como grandes naves de madera izados sobre tranquilas. apacibles aguas marineras, cuya planta superior servía de bar, restaurante y vestidores de los usuarios. Desde ellas, y a través de accidentadas escalinatas, se descendía a los fosos o albercanes donde la gente tomaba su baño. Eran espacios cubiertos con esteras de esparto al objeto de garantizar a los bañistas -especialmente a las damas- la necesaria y obligada intimidad. Hay que añadir que las pudibundas normas morales en boga impedían que hombres y mujeres ocupasen las mismas albercas. por lo que existían secciones para unos y otra". El tren suburbano no sólo fue modificando el paisaje del barrio de La Malagueño. sino que influyó en cambios ambientales a lo largo de toda la e la este. Sus estaciones y apeaderos. e incluso muchos de sus históricos caminos comunales. variaron en función de las necesidades del ferrocarril. Desde Málaga a Vélez existieron primitivamente las siguientes: Cala del Moral, Rincón de la Victoria, Benagalbón, Chilehes, Benajarafe, Valle Niza, Almayate, Torre del Mar y Velez Málaga. Para aquellos tiempos iniciales del ferrocarril no existían los apeaderos La Araña-Peñón del Cuervo; pero. posteriormente, al inslalarse la fábrica de cemenlo de la Compañía Financiera y Minera, se construyeron el necesario apeadero y el adecuado sistema de raíles para la carga y transporte de la pesada mercancía. Se cuenta que el primitivo merendero de Antonio Martín. al quedar finalmente unas vías muertas al ser inaugurada la estación de trenes suburbanos en el puerto, prolongó su terraza a la zona de raíles, y cuando muchos clientes no advertidos se hallaban sentados tranquilamente en sus veladores y veían avanzar el tren por la calle Vélez Málaga salían despavoridos, sospechando que por equivocación de los camareros habían sido acomodados sobre vías activas. Para los años en que el tren conoció su mejor desarrollo y la gente lo utilizaba masivamente en verano, y durante todas las épocas del año por cosarios de pueblos y vecinos que a la capital viajaban para hacer sus compras -hablamos del decenio 1944-1954, (toda La Malagueta conoció la segunda y definitiva transformación de su territorio. En efecto, tras un largo y fortísimo temporal de levante que produjo daños en el extremo este del actual paseo marítimo se construyó una escollera para la defensa de sus playas. Pero la escollera, en principio pensada para cubrir una necesidad sectorial, se fue prolongando con vistas a la construcción de un leja no proyecto que se llamaría paseo marítimo y que, en realidad, ni su utilidad ni tampoco su uso estaban entonces muy bien definidos. El hecho fue que durante varios años vertieron miles de toneladas de grandes rocas a lo largo de sus playas naturales, con lo que el rebalaje desapareció en un buen tramo, especialmente desde el hotel Miramar y las llamadas Casas de Cantó, que eran las más utilizadas por los bañistas. Para los años cincuenta del presente siglo ya puede decirse que nos encontramos ante un barrio. Zona de aluvión, ciertamente, en la que muchas familias encuentran provisional o definitiva vivienda, la calle Maestranza ya ha aumentado su condición de calle principal del barrio y se convierte en el eje urbano del mismo. Siguen allí los viejos símbolos de la Compañía Hidroeléctrica del Chorro, el cuartel de carabineros que entonces existía al comienzo de dicha calle, la fábrica de aceitunas de Manzano y el Garaje Inglés. En la calle Vélez-Málaga se alzaba la lJama~ da Casa del Catalán --edificio entre la corral a distinguida y la colectiva de medio pelo que con sus galerías exteriores era entonces la muestra arquitectónica mús sobresaliente y próxima al territorio marengo. Desde el Salvamento de Náufragos a las proximidades de Antonio Martín, salvando un espacio abierto que ocupa~ ban los astilleros. discurría un paño de chabolas y vilJalatas habitado por familias de pescadores. Las había de todo tipo, calidad y materiales, pero destacaban las simples chozas levantadas sobre cuatro palos y cubiertas de ramas de palmeras y cartones con hules interiores contra la humedad, y otras que lucían listones procedentes de cajas de madera y envases de la misma materia. Algunas de nquellas viviendas tenían rudimentarios porches emparrados, jardincillos, huertos y habitaculos para la cría de aves de corral cerdos y otras especies. Era habitual que los fogones estuvieran practicados a la entrada de las chabolas, de manera que la más o menos espaciosa sala se destinaba a salón, dormitorio y pequeño almacenamiento del ajuar doméstico y marengo. El piso de aquellas singulares construcciones -al menos en muchos casos que conocimos- era la misma arena del terreno . Hasta los aiios cincuenta La Malagueta era todavía terreno marengo. El uso del rebalaje, incluso en los días veraniegos de la máxima concurrencia de bañistas, los pescadores no renunciaban a disponer del territorio que le había sido propio durante sus precedentes generaciones. Las familias marengas sabían sacarle partido al verano. Años en los que muchos chaveas malagueños carecían de bañador a la hora de la zambullida subrepticia con cargo a sus frecuentes .piardas. escolares en los tempranas veranos malagueños o durante la temporada estival ya sin necesidad de secretismos ni ocultaciones familiares, las mujeres de los pescadores les ofrecían la posibilidad de alquilarles un modelo cualesquiera por apenas veinte céntimos toda la mañana o la tarde. Eran bañadores increíblemente antiestéticos confeccionados en tejido de hilo o algodón, negros o azul marino. que si de talla pequeña molestaban lo suyo, si grandes. cuando las olas arrastraban a los niños, se les salían sus cosas por lo que había que atarlos a la cintura con una cintilla del mismo color que pasaba por un dobladillo y asomaba sus extremos para hacer la lazada a la altura del ombligo. Muchas de aquellas prendas, debido al uso y abuso que de ellas habían hecho desconocidos usuarios, carecían de ceñidor, pero ni el bañista ni la alquiladora de la prenda se amilanaban: al niño le proporcionaba un trozo de cuerda de envolver paquetes y con él suplía cumplidamente ]a carencia. Lo que pasaba era que entre el bañador ancho, rizado en cada cintura y sujeto con un cordelín semejante, sin forma anatómica como los actuales, y la oculta protuberancia colgandera al carecer la prenda de bolsa para ahormar 10 necesario el impertinente bulto, los niños resultaban la misma estampa de la birria vestidos con tan antideportiva braga. Por veinte céntimos se podía alquilar un bañador y en el precio estaba el uso del habitáculo doméstico de los pescadores para desvestirse y 'vestirse, así corno la custodia de la indumentaria mientras duraba el baño en La Malagueta. Para una mejor identificación ulterior de la ropa de cada quien, se dejaba hecho un hatillo liado con la correa envolviendo en él los zapatos; si el nene llevaba algún dinerillo o cosa que estimaba de valor, lo ponía en manos de la mujer. Nunca se supo de nadie que perdiera nada ni que le faltase algo de sus pertenencias, lo que añadía mucha confianza al trato. Quien, de niño, hubiera alquilado uno de aquellos bañadores sabe de qué estamos hablando; y quien, de chavea, escapado de clase, se hubiera refugiado en aquellas playas, tiene que reconocer el papel casi maternal que las marengas malaguetas protagonizaron entonces con el tipo de servicio al que nos referimos. MODERNO POBLAMIENTO. Cuando finalmente la escollera desde la Farola a El Morlaco estuvo terminada, diseñándose entonces lo que sería el futuro paseo marítimo junto al mar, las Casas de Cantó se poblaron rápidamente de vecinos. Fue el otro gran cambio del barrio. Y pese a que ya había desaparecido el rebalaje, la gente moza siguió utilizando las playas zambulléndose desde las grandes piedras como si fueran trampolines naturales. Por ser la profundidad de las aguas muy irregular según los tramos, había que tener una serie de precauciones mínimas a la hora del baño. La primera de ellas era precisamente calcular el fondo marino, en evitación de darse un mal golpe con las pequeñas rocas existentes en él. Otra de las precauciones consistía en caminar sobre las rocas con cuidado. Y ello, no sólo por el batacazo posible sobre las aristas roqueñas, sino porque, a veces, caía a lo más profundo de la escollera una prenda de vestir, un zapato, la merienda, el monedero o la cajetilla de tabaco rubio Bisonte, Timonel o Jirafa, tan costoso para muchos muchachos aun en la Málaga de entonces. Sé de quien tuvo que volver a casa con un único zapato al perder su parejo al transitar sobre las grandes piedras ... donde tralladores, cenache¬os, pimpis, barateros y charranes -toda la tipología humana playera-, cada quien desarrollando su antigua y dificul¬osa tarea, intentaban sobrevivir del producto de la mar. Era una playa que, aun relativamene cercana a la urbe, quedó siempre a trasmano de la mayoría ciudana. Por distintos caminos se llegaba a ella. Capuchineros y victorianos, a partir de la construcción del túnel bajo la Alcazaba, solían, indistintamente, utilizar la calle Barcenillas o la de Mundo Nuevo. En el primero de los casos, accediendo por el viejo Callejón de Domingo, y en el segundo, bajando por La Coracha o los jardines de Puerta Oscura hacia el Parque, luego de cumplir el rito de gritar para oír su voz multiplicada por el eco. Desde el centro de la ciudad se llegaba a las playas bien sobre los renqueantes tranvías con vistosas y aireadas jardineras que se cogían en la Acera de la Marina, o, haciendo el camino a pie, a través de la verja portuaria recorriendo el Muelle de Cánovas hasta al túnel del FF. Cc. para entrar por la calle Vélez-Málaga. Otros, más caprichosos, preferían subir la empinada escalinata o rampa de piedra del antiquísimo Muelle Viejo para ganar el paseo de la Farola y elegir sitio ante el edificio del Salvamento de Náufragos que existía desde finales del pasado siglo playita que por su escasa profundidad los malagueños de entonces denominaban «lavachochos y todos, cumplidores cOn la playa a partir de la «bendición de las aguas)) por la Virgen del Carmen, tenían la certidumbre de cumplir con un mandato de la tierra en la que habían nacido. Ir a La Malagueta era como echar un día completo de excursión, trasladarse a un lugar abierto, popular, lejano y concurrido donde, al cabo de las horas y el calor, acababan rendidos los niños zangolotinos y alborotadores, los jóvenes más fornidos y los más entusiastas adultos de tomar el fresco al pie de la marina. Playas naturales cuyo diseño arquitectónico inmediato fue cambiando al par de las transformaciones de la propia ciudad a partir de los años sesenta del presente siglo, su morfología originaria puede decirse que sigue siendo la misma que se puede contemplar en las viejas cartas y planos de los últimos cinco siglos, en los grabados románticos y en las primeras fotografías del XIX. Si tomamos como referencia el plano de la ciudad de 1492, comprobaremos que los límites más extremos de las playas de Málaga estaban, por el poniente, en las Torres de Fonseca, en los Percheles, y en la Puerta de Vélez hacia el levante, comienzo del camino viejo a dicha población. Ochenta años más tarde, según se observa en la vista de Málaga que reproduce el «Civitates orbi terratum», los límites continuaban siendo los mismos. Hay que esperar a los pianos de Pedro de d'Aubeterre (1721), de Jorge Próspero Verbón (1722), de José Gandón (1769) Y de José Carrión de Mula (1791) para ver definitivamente separadas las aguas cercanas a la marina malagueña por el espigón del Muelle Viejo, que se extendía desde la falda del monte Gibralfaro en línea recta hasta el agua, para dar origen al posterior paseo de la Farola. En el plano de D'Aubeterre se observa claramente que la línea del dique partía al pie de la subida a La Coracha dejando un estrecho pasillo entre la tierra y el agua que hacía practicable el Camino de Vélez. En el trabajo de Verbón. a propósito de las obras de prolongación del dique para la construcción de la Batería de San Felipe se repite idéntica perspectiva y se aporta un dalo interesante cual es el proyecto de construcción de un hornabeque o fortificación exterior para vigilar, controlar y evitar todo desembarco subrepticio, tan frecuentes en Málaga durante los citados decenios. José Gandón aporta en su documento una perspectiva que, si bien se refiere exclusivamente a «Planos y perfil Y elevación del Muelle de Levante de Málaga y Proyecto de la Batería que está aprobada y se ha de construir en su cabeza, mantiene el mismo diseño, es decir, que el barrio de La Malagueta se extiende detrás del dique como una playa solitaria y lejana óptima para el desembarco de gentes taimadas. Por último, Carrión de Mula de trazo maestro, minucioso y muy descriptiyo retrata con profusión de detalles la situación de la Puerta y Camino de Vélez, la capilla de la Virgen del Carmen y la ubicación, entre Batería y capilla, de la ",Linterna Provisional». La Malagueta. también en este levantamiento topográfico ejerce su diseño de gran playa al levante de Málaga. ¿Cuál era entonces el nombre de la playa que nos ocupa? Resulta difícil establecerlo. Durante todo el siglo XVIII no existe ninguna pista sobre su nombre ni tampoco acerca de su toponimio Por el contrario, si acudimos a la tradición popular, la explicación, tanto de su título (.como de su uso, nos vendrá dada por las familias marengas que a partir de los decenios finales del siglo pasado y primeros del presente, tomaron como propio tal territorio. sobre el cual alzaron sus villalatas ' chabolas. siendo a partir de ahí los absolutos domjnadores de la franja que iba desde la Farola hasta la primera azucarera de Larios en el Campo de Reding, terrenos sobre los que mas tarde se levantó el Hotel Príncipe de Asturias, luego Miramar. La voz «chiringuitolt, que en nuestros días define la instalación playera de mayor o menor relevancia turística, no existía aún. En las playas malaguetas se levantaban todos los años durante el verano toscas, rudimentarias construcciones, hechas con postes de madera del alumbrado eléctrico, techos de lona, ramas de palmeras, cañas y arpillera (tela de sacos) que daban cobijo a un desaliñado mostrador, alrededor sillas y mesas desvencijadas y un barril de los de petróleo como papelera. Ello bastaba para atender las escasas exigencias de los bañistas que deseaban tomar una copa con su tapa correspondiente, casi siempre sardinas en espetos. Se les llamaba «cañizos~, cuando sus techos estaban cubiertos de un tejido de media caña unido por alambres; «chambaos~. si se aliaban como protección contra el sol la lona y la arpillera, y (chambaíllos en el caso de que todo el sombrajo superior y lateral estaba confeccionado con secas y tiesas ramas de palmeras. El barrio, visto desde el monte Gibralfaro. Los cambios han sido notables. Durante muchas noches veraniegas en que el Holel Miramar sacaba a sus elegantes terrazas sus orquestas y atracciones. La Malagueta se llenaba de música y canciones ejecutadas por las orquestas Anola. Sa1vador de Alba o Juvenil Jazz con las voces de Juanito Anrúnez, Rafael de la Rosa. Alberto de Santa Cruz o Filippo Carleti. Terraza elegante donde las hubiera, ambiente selecto de gin-fizz a quince pesetas y trago corto a doce, el silencio de la noche playera . La Malagueta que urbanísticamenle releva en 1960 a parte de la del siglo anterior y de los decenios últimos propende a la invasión arquitectónica verticalista. Era algo que se veía venir de forma avasalladora, fuertemente agresiva, que si inmisericorde en sus prisas por ocupar la primera línea de playa, no fue menos dañosa con el paisaje resultante como consecuencia de estas alturas y volúmenes que constataron sus edificaciones. Aún nos suenan lejanas, eso es cierto pero no por ello menos sonoras las protestas de las familias marengas que allí estaban estableddas cuando se les comunicó que debían abandonar el rebalaje. Fue una larga crónica de tensiones entre vecinos. En dicha ocasion se reprodujeron parecidas situaciones a las que se formularon veinte años antes, cuando se decidió la demolición de las viejas casas de las calles y plazas del Ancla, de los Moros. San Juan de Dios, Sane ha de Lara y San Bernardo el Viejo para permitir la urbanización de la Acera de la Marina. Cuando, forzados por decretos municipales y alentados por una ciudad que los aplaudía, la gente marenga que tuvo la suerte de alcanzar una vivienda protegida entregó sus llaves al Ayuntamiento, hubo quien la arrojó con ira a la Cara del funcionario entre maldiciones. lágrimas y fervientes deseos de que los mismos que habían ordenado su lanzamiento pasaran por su misma experiencia vital. Fue un proceso lento. pero como desde el Ayuntamiento habían hecho sonar el cometín avisando las promotoras que esta ciudad tenía que ser más alta que ancha sin reparar en otra cosa que no fuera el cambio de imagen a toda costa, resultó también un proceso irreversible. Algún celoso político de la época mandó guardar, en el último y recóndito cajón de la Casona del Parque, las propuestas urbanísticas que diez años antes había hecho el arquitecto José González Edo -madrileño malagueñizado a golpes de corazón-, que había tenido la osadía de imaginar entonces una ciudad que fuera capaz de encontrarse definitivamente con la mar cercana. Pero tal propósito no coincidía con las ideas de los actuantes mentores oficialistas, que tildaron tales propuestas de chata, provinciana y escasamente renovadora. La aspiración de repetir en Málaga la norteamericana ciudad de Los Angeles, sembrada de edificios colmeneros alzados indiscriminadamente sobre territorio malagueto, se impuso finalmente como modelo arquetipo. La Málaga de la especulación urbanística generadora de fáciles dividendos, connivente con una administración consentidora y puede que intencionadamente miope, fue permitiendo el desarrollo paulatino de programas arquitectónicos que acabaron en el actual diseño conocido de todos. La perversidad urbanistica se cebó en el barrio haciendo imposible el viejo sueño de una ciudad que nunca logró verdaderamente reconciliarse con la mar cercana. Unas veces, porque sus edificios principales le daban la espalda; otras, corno en el presente caso, porque alzaron sobre su paisaje pantallas de cemento ... Conseguida la total transformación del banio con la alineación de las nuevas edificaciones que surgieron a lo largo del segundo tramo del paseo marítimo, fue necesaria la ampliación de la calzada para dar obligada fluidez al tráfico viario este-oeste que se generó a través de él. La iniciativa consistió en ganar para el nuevo ancho de la carretera el espacio más próximo a los antiguos palacetes, villas y residencias del siglo anterior -la mayoría de ellos diseñados por Sancha, Rucoba y Guerrero Strachan entre otros- invadiendo jardines, avasallando cercas y vallados y, en algullos casos muy concretos, cegando definitivamente las entradas .a las mansiones por el lado del mar. Quedó cerrado así un calculado ciclo de construcciones que hizo cambiar la cara del barrio, ya que si el frente de La Malagueta sufrió las modificaciones mencionadas, por el lado del paseo de la Farcla ocurrió otro tanto al desaparecer otros antiguos palacetes y residencias del siglo XIX, de una o dos plantas. existentes como la casa de los Fernández-Canivell, fábrica del Ceregumil- a lo largo del mismo. Los úhimos y agresivos golpes de transformación arquiteclónica vinieron a continuación, de manera que las calles Maestranza, Cervantes, Fernando Camino, Keromnés, San Nicolás, Arenal. Vélez-Málaga y otras ganaron en altura lo que habían perdido en personalidad. estilo y diseño. La avalancha demográfica subsiguiente a los cambios urbanísticos y arquitectónicos de la zona creó necesidad de consumo y a su reclamo nació una tupida red de tiendas, comercios, bares, restaurantes, marisquerías, discotecas, pubs y pequeños negocios de la industria del ruido, la juerga, el buen yantar y el mejor beber que, en ocasiones, convierte el barrio en el sector más dinámico próximo a la playa. Mas no todo se perdió. Por fortuna, la Jefatura de Costas realizó hace unos años obras para la regeneración de las playas malaguetas en una longitud de dos kilómetros y medio desde el morro de levante hasta El Morlaco. Fundamentalmente consistió en el vertido de un millón setecientos mil metros cúbicos de una arena de 0,6 milímetros impulsada por tubería Ootante desde un barco-draga de 8.000 metros cúbicos de cántara, lo que significó una dotación de 680 metros cúbicos por metro lineal de orilla, equivalentes a su vez a 14 metros cúbicos de arena por metro cuadrado de playa regenerada. La ciudad ganó en playas lo que perdió en visión paisajística.

 

Expo'92 a Cartuja'93

 

Expo 92

La Exposición Universal de Sevilla de 1992 surge por iniciativa de SM el Rey Juan Carlos I, quien en un histórico discurso pronunciado en Santo Domingo en 1976, lanza la idea de celebrar en España una gran Exposición con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América, con el objetivo de fomentar "el diálogo de los pueblos y el intercambio cultural como vías para el entendimiento y la solidaridad".

 

Sevilla, Puerto y Puerta de Indias durante los dos siglos de mayor esplendor hispano, y en concreto la Isla de la Cartuja, un inmenso espacio baldío en aquel momento, antaño lugar de oración y recogimiento, estratégicamente situado entre dos brazos del río junto al casco histórico, resultaba el emplazamiento perfecto.

 

La Exposición serviría como acicate para la ciudad, un impulso decisivo para el desarrollo económico y social, dotándola de infraestructuras propias del siglo XXI, además de la propia celebración del Certamen. Expo '92 sería la nueva imagen de la España democrática, moderna y plural, ante el resto del Mundo. Esta profunda remodelación incluía una nueva red de circunvalaciones, rondas y avenidas que han supuesto un total de 70 kilómetros construidos solo en la capital, además de seis nuevos puentes sobre el cauce histórico del Guadalquivir, todo un alarde de ingeniería de vanguardia.

 

Se construye la magnífica Estación de trenes de Santa Justa, que trajo consigo la revolución del Tren de Alta Velocidad Madrid - Sevilla (AVE), pionero en España, que une desde entonces ambas capitales en apenas dos horas y media, por lo que la calle Torneo, frente a la misma Isla de la Cartuja, quedó liberada del ramal ferroviario, y se recuperan varios kilómetros de ribera como espléndido paseo fluvial. Por su parte, el nuevo Aeropuerto de San Pablo multiplica por cuatro su capacidad. Por último, cabe destacar el esfuerzo tanto de las diversas Administraciones como de la iniciativa privada en la creación de nuevas plazas hoteleras de calidad, así como la restauración y puesta en valor de gran cantidad de edificios históricos, labor que continúa hoy día.

 

Del 20 de abril al 12 de octubre Sevilla se convirtió, más que nunca, en Ciudad Universal: 111 países participantes ? el número más alto en la historia de las Exposiciones-, las principales Organizaciones Internacionales (las Naciones Unidas, el Comité Olímpico Internacional, la Comunidad Europea...), así como Empresas de primer orden, sin olvidar la presencia individual de todas las Comunidades Autónomas Españolas. Durante los 176 días que duró la Muestra, el público respondió con entusiasmo: Se registraron más de 41 millones de visitas, superando con creces las previsiones de la organizadora: 15 millones de personas conocieron la Expo' 92 de primera mano, de las cuales un 40% era público internacional. Como recientemente se ha recordado en el X Aniversario de su celebración, la Exposición, constituyó un rotundo éxito como modelo de modernización y eficacia a todos los niveles.

 

Tras la clausura, surgió la necesidad de gestionar su amplísimo patrimonio de manera eficaz. Destaca la tarea realizada en ese sentido por AGESA, que asume la rentabilización de las inversiones realizadas mediante la reutilización de los activos y la liquidación de excedentes de la Exposición. La vocación de permanencia en el tiempo como motor de desarrollo con la que nació nos ha legado una Isla de la Cartuja donde arte y tecnología punta en plena expansión van indisolublemente unidos.

 

Hoy, espacios escénicos singulares como El Palenque, gran plaza bioclimática con capacidad para 1500 espectadores, El Auditorio, el mayor al aire libre de Europa (más de 4000 espectadores), o el Teatro Central, único en España concebido para nuevas tendencias escénicas, se encuentran a pleno rendimiento. El Monasterio de Santa María de las Cuevas, fundado en 1400 y estrechamente ligado a la gesta colombina - no en vano el propio Colón lo eligió como panteón para su familia -, que fue desde el siglo XIX Fábrica de Cerámicafundada por el inglés Pickman y restaurado como Pabellón Real durante la Exposición, hoy alberga el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, así como el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.

 

Como espacio expositivo, contamos también con el Pabellón de la Energía Viva, un original museo interactivo dedicado al medioambiente y a las energías renovables, todo gracias a la ejemplar labor llevada a cabo en la restauración del Pabellón de Hungría, uno de los más singulares y bellos de la Muestra. Por otra parte, otra de las joyas arquitectónicas del Certamen, el Pabellón de Marruecos, perfecta simbiosis entre tradición y modernidad , nos bre hoy sus puertas como Fundación de las Tres Culturas del Mediterráneo (Cristiana, Hebrea y Musulmana) como continuación del espíritu de unión entre los pueblos.

 

Nos queda mencionar que la Parroquia de Santa Cruz en la que fue enterrado Murillo fue derribada en el siglo XIX -durante el corto periodo de ocupación francesa- perdiéndose cualquier resto de la que fue sinagoga pero nació la Plaza de Santa Cruz que se decoró muchos años después con la Cruz que se trajo de la calle Cerrajería. Y hemos llegado a los años de preparación de la ciudad para la Exposición Iberoamericana. La existencia de este barrio peligró con el afán modernista de los ensanches. El proyecto contemplaba dos grandes vías que partiendo de la actual Virgen de Los Reyes hubieran desembocado en la Ronda, haciendo desaparecer lugares tan emblemáticos como las calles Mesón del Moro y Santa Teresa, las Plazas de Santa Cruz, Alfaro, Doña Elvira?

 

La polémica estaba servida. Afortunadamente la acción del Marqués de la Vega Inclán , comisario regio de Turismo e incluso la opinión del propio Alfonso XIII que aunque donó la Huerta del Retiro para facilitar la apertura del Barrio había manifestado su interés por la conservación del mismo, evitaron la catástrofe. El resultado fueron unas actuaciones que dieron lugar al aspecto que presenta hoy día: pavimento de cantos rodados y losetas de tarifa, ladrillos en sardinel, la adecuación de la plaza de Santa Cruz por Talavera a la que ya se ha aludido así como la de Doña Elvira, el ajardinamiento alto en el Callejón del Agua, la transformación en jardines de la donación real de la Huerta del Retiro, etc. En resumen unas mejoras que salvaron este espacio y lo convirtieron en atractivo turístico de primer orden.

 

La apertura del Parque Temático Isla Mágica en 1997 en lo que fuera el Lago de España, ha contribuido a mantener la actividad turística en los meses de verano, convirtiéndose de inmediato en destino turístico de primer orden. En su área de influencia, encontramos los Pabellones de Andalucía, singular construcción de mármol de Macael, piedra granadina y cerámica vidriada, símbolo de "tradición y cambio" y de Retevisión, ambos subsedes de la RTVA (Radio Televisión Andaluza), y el Pabellón del COI, hoy lugar protagonista de la noche sevillana, ya que alberga la afamada discoteca Antique y el exclusivo restaurante Bacho. Próximamente, se verá complementado con el proyecto Puerto Triana, gracias al cual la ciudad recuperará la zona sur de la Cartuja. Pensado como gran complejo comercial y de ocio, marca arquitectónica de la Sevilla del futuro: Además de las nuevas aportaciones de Ricardo Bofill, volveremos a disfrutar de espacios culturales tan sugestivos como el Cine Espacial Omnimax, con su espectacular pantalla semiesférica de 24 metros de diámetro, o el Pabellón de la Navegación, museo naval único en sus características y uno de los pabellones más visitados y apreciado por todos.

 

El Parque Científico y Tecnológico Cartuja '93, que ocupa el área de pabellones internacionales de la Expo' 92, ha supuesto un éxito rotundo desde su creación, gracias a su carácter urbano, junto al centro histórico de Sevilla y perfectamente comunicado con el Aeropuerto, línea ferroviaria de Alta Velocidad, Helipuerto, Puerto Fluvial y la Red Nacional de Carreteras.

 

La Junta de Andalucía es el organismo con mayor participación en el proyecto, en el cual intervienen todas las administraciones, principalmente el Ayuntamiento de Sevilla, el cual desde la GMU, enclavada en las famosas "Caracolas" donde se gestó la Exposición, se ha mostrado especialmente sensible en la integración de la Cartuja con el resto de la ciudad. La Tecnópolis sólo admite actividades de I D (Investigación y Desarrollo), de transferencia y prospectivas tecnológicas, formativas, empresariales de alto contenido tecnológico, y servicios avanzados. Las empresas se dedican a los sectores de biotecnología y agroalimentación, ingenierías aplicadas, tecnologías sanitarias, telecomunicaciones e informática, todo ello aprovechando las magníficas infraestructuras con las que el recinto fue dotado desde su creación. Tiene el mayor nivel de facturación de todos los parques de España: Las 232 empresas que conforman el Parque han generado un volumen de negocio de 1.210 millones de euros durante 2002, lo que supone un crecimiento del 72% respecto al año 2000. El Parque hoy demanda una expansión en un segundo complejo: Cartuja2.

 

La Universidad y los Centros de Investigación juegan un papel destacado en la reutilización de la Isla de la Cartuja: En el singular Pabellón Plaza de América, el mayor edificio construido en el recinto (33.000 m2) y que representó a 16 repúblicas americanas, se encuentra la Escuela Superior de Ingenieros Industriales, en el futuro también de Ingeniería Aeronáutica, a la que se sumará la nueva facultad de Ciencias de la Información.

 

Hay ubicados en esta zona tres importantes Laboratorios: el Instituto de Bioquímica Vegetal y Fotosíntesis; el Instituto de Ciencias de los Materiales y el Instituto de Investigaciones Químicas, dependientes del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y de la Universidad de Sevilla. A ellos se unirán el Instituto de Investigaciones Biomédicas y el Centro Nacional de Aceleradores de Partículas.

 

Por último, cabe destacar la importante presencia del mundo empresarial en el Pabellón Plaza de África, que albergó la representación de 15 países africanos durante la Exposición. Fue construido por la CEA (Confederación de Empresarios de Andalucía). Alctualmente es la Escuela Superior de Ingenieros.

Exposición Iberoamericana de 1929

 

La Exposición Iberoamericana de 1929 y las obras con ella relacionadas transformaron profundamente la Sevilla del primer cuarto del siglo XX. El concurso de anteproyectos realizado en 1911 fue ganado por el arquitecto sevillano Anibal González, autor de la Plaza de América y sus tres pabellones realizados entre 1911 y 1919 -Mudejar, Renacentista y Real- hoy sede del Museo de Artes y Costumbres Populares, Museo Arqueológico y dependencias municipales respectivamente.

 

Fue desde luego la Plaza de España la obra culminante de este arquitecto cuya construcción se extiende entre 1914 y 1928. Junto a ésta se encuentra el Pabellón de la Telefónica (Juan Talavera) y en el Prado de San Sebastián, el Pabellón de Portugal (Revello de Andrade).

 

En los Jardines de San Telmo se encuentran el que fue Pabellón de Sevilla, conjunto integrado por el Teatro Lope de Vega y el Casino de la Exposición (Traver y Tomás), el Pabellón de Chile (Martínez Gutierrez), el Pabellón de Uruguay (Cravotto), el Pabellón de Perú (Piqueras Cotolí) y el de Estados Unidos. En el Paseo de las Delicias se ubican los Pabellones de Guatemala (Granados), Argentina (Martín Noel), Colombia (Granados), Brasil (Bernardes Vastos) y Méjico (Amábilis Dominguez); en la Avenida de Moliní, el Pabellón de Marruecos (Gutierrez Lescura y Mariano Bertuchi) y el de la Comandancia de Marina (Traver y Tomás); en la Avenida de la Raza el Pabellón Vasco (Basterra).

 

Otras actuaciones realizadas en la ciudad con motivo de dicha exposición fueron el acondicionamiento del Parque de Maria Luisa por el ingeniero francés Forestier; la construcción del Hotel Alfonso XIII (Espiau), el ajardinamiento frente al Archivo de Indias, la apertura de diversas calles que facilitaron la comunicación entre diferentes zonas de la ciudad y la creación del Barrio del Porvenir y el de Heliópolis.

Barrio Santa Cruz

 

Santa Cruz es el nombre con el que en la actualidad se denomina una parte de la antigua Judería. Referencias de la etapa almohade denominan la zona que se extiende desde la Puerta de Jerez a la Puerta de la Carne como Barrio del Alcázar de la Bendición. No existe constancia que aquella zona estuviera ocupada por judíos desde la etapa musulmana de la ciudad aunque existe una tradición que nos dice que cuando la ciudad fue conquistada por Castilla en 1248, al rey Fernando III los almohades le entregaron la llave de la ciudad y los judíos la de la Judería.

 

Aunque no es más que una tradición las dos llaves que se conservan en el Tesoro de la Catedral parecen confirmarlo. Lo que si que es cierto es que una vez conquistada la ciudad todas las mezquitas fueron entregadas a la iglesia excepto tres que se concedieron a los judíos.

 

Las relaciones entre judíos y cristianos no siempre fueron pacíficas. La práctica de la usura levantaba odios y recelos en el resto de la población. El gran asalto que tuvo lugar en 1391 acabó con el carácter judío del barrio. Podemos pensar que debió de producirse una gran matanza aunque los coetáneos del suceso destacan el número de conversiones. Las casas incautadas a los judíos fueron entregadas a los cristianos y las sinagogas convertidas en iglesias cristianas que recibieron los nombres de San Bartolomé, Santa María la Blanca y Santa Cruz. Desde esa fecha la parte del barrio en torno a esta última parroquia recibió el nombre con el que lo conocemos hoy.

 

Nos queda mencionar que la Parroquia de Santa Cruz en la que fue enterrado Murillo fue derribada en el siglo XIX -durante el corto periodo de ocupación francesa- perdiéndose cualquier resto de la que fue sinagoga pero nació la Plaza de Santa Cruz que se decoró muchos años después con la Cruz que se trajo de la calle Cerrajería. Y hemos llegado a los años de preparación de la ciudad para la Exposición Iberoamericana. La existencia de este barrio peligró con el afán modernista de los ensanches. El proyecto contemplaba dos grandes vías que partiendo de la actual Virgen de Los Reyes hubieran desembocado en la Ronda, haciendo desaparecer lugares tan emblemáticos como las calles Mesón del Moro y Santa Teresa, las Plazas de Santa Cruz, Alfaro, Doña Elvira

 

La polémica estaba servida. Afortunadamente la acción del Marqués de la Vega Inclán , comisario regio de Turismo e incluso la opinión del propio Alfonso XIII que aunque donó la Huerta del Retiro para facilitar la apertura del Barrio había manifestado su interés por la conservación del mismo, evitaron la catástrofe.

 

El resultado fueron unas actuaciones que dieron lugar al aspecto que presenta hoy día: pavimento de cantos rodados y losetas de tarifa, ladrillos en sardinel, la adecuación de la plaza de Santa Cruz por Talavera a la que ya se ha aludido así como la de Doña Elvira, el ajardinamiento alto en el Callejón del Agua, la transformación en jardines de la donación real de la Huerta del Retiro, etc. En resumen unas mejoras que salvaron este espacio y lo convirtieron en atractivo turístico de primer orden.

 

CÓRDOBA ROMANA

 

La actual ciudad de Córdoba fue fundada por el general romano Marco Claudio Marcelo en el año 171 antes de J.C. y mantuvo el mismo nombre de Corduba o "altozano junto al río" de un poblado turdetano surgido a finales del segundo milenio y cuyos habitantes vivían de la agricultura, la ganadería y el comercio de la importación de cerámica y la distribución de cobre procedente de Sierra Morena. Los habitantes de este poblado prerromano se incorporaron a la nueva ciudad que no tardó en convertirse en la capital oficiosa de la provincia romana Hispania Ulterior.

A partir del año 49 a. de J.C. Corduba se vio envuelta en la guerra que enfrentó a Julio César y Pompeyo hasta que la batalla de Munda en el año 45 dio el triunfo a César, que ocupó la ciudad tras un duro asedio.

La reconstrucción de la ciudad dio paso a una etapa de esplendor bajo época imperial, de tal forma que entre los siglos I y IV d. de C. se convirtió en la sede del procónsul y de la la asamblea provincial.

En esta época imperial la ciudad de Corduba estaba rodeada por un recinto amurallado, reforzado con torres de vigilancia y en el que se abrían las puertas que comunicaban con el exterior las calles principales. Como cualquier otra urbe la ciudad tenía dos foros, el colonial y el provincial, y grandes edificios públicos. como templos, circo, teatro, anfiteatro, acueductos, termas, grandes necrópolis y lujosas villas. A este periodo corresponden el desarrollo urbanístico y monumental que testimonian los numerosos hallazgos arqueológicos.

Corduba dio al Imperio Romano grandes hombres, como la familia de los Anneos, en la que destacaron Lucio Anneo Séneca, filósofo y preceptor del emperador Nerón, y su sobrino Marco Anneo Lucano, poeta que relató las luchas entre César y Pompeyo en su famoso poema La Farsalia.

A finales del S. III y comienzos del S. IV comienza la última etapa de dominación romana, coincidiendo con la expansión del cristianismo, muy perseguido por Dioclesiano y dejando múltiples mártires entre ellos los cordobeses Acisclo y Victoria.

Un cordobés, el obispo Osio, consejero de Constantino - el emperador que decretó la libertad de culto en favor del cristianismo- presidió en el año 325 el Concilio de Nicea en el que intervino en la redacción del Credo.

El traslado de la capital a Hispalis (Sevilla) y la invasión de los bárbaros a partir del siglo V, traen a Corduba malos tiempos después de tanto esplendor.

En el año 550 la vieja Colonia Patricia quedó muy destrozada por el saqueo de Agila, pero los imperiales dominaron hasta la conquista visigoda en el año 572 por Leovigildo. Una guerra civil de éste con su hijo Hermenegildo arruinó y destrozó aún mas Corduba.

 

CÓRDOBA MUSULMANA

 

En el año 711 una minoría visigoda es aplastada por las huestes árabes y la población de Córdoba comienza a ensayar un nuevo destino universal. Comienza así, en Octubre del año 711, el periodo de dominación musulmana, que se prolongará durante 525 años y que con el Califato alcanzará el el siglo X la época de mayor esplendor de Córdoba, su siglo de oro.

Córdoba nació para el Islam en el año 711 conquistada por Mugith al-Rumí el mas valeroso de los jefes que secundaban a Tariq b.Ziyad en el mando del ejercito invasor. La capitalidad de las tierras conquistadas por los musulmanes durante el primer lustro de acción bélica en la Península la ostentó Sevilla; pero a partir de Agosto del año 716, tal rango se adjudicó a Córdoba y se debió a al-Hurr que fue el primer emir que se instaló en el Alcázar de los Emires (hoy Palacio Episcopal). Pero cuando Córdoba empezó a recibir un trato de privilegio, materializado en grandes reformas urbanas de toda índole fue bajo el mando del sucesor de al-Hurr, el emir al-Samh que llegó a la Península revestido de poderes excepcionales concedidos directamente por el califa Umar b.Abd al-Aziz, quién le confirió directamente el emirato de al-Andalus independizándolo del de Ifriqiya. Reconstruyó el puente romano, restauró el muro Oeste de la muralla, fundó en la orilla izquierda del Guadalquivir, en el viejo suburbio romano de Secunda, el gran cementerio del Arrabal y una amplia musallao lugar de oración al aire libre, y finalmente restituyó a sus legítimos dueños las tierras que habían sido encautadas indebidamente. Y todo esto en solo dos años ya que murió en Junio del 721, ante los muros de Tolosa, en lucha con las huestes del duque Eudes de Aquitania.

A este pujante renacer de Córdoba como urbe, sucedió un periodo de mas de 30 años, durante el cual la ciudad se convirtió en escenario para dirimir todos los viejos pleitos que aún quedaban por resolver entre las distintas familias árabes que se habían ido aposentando en ella. El desconcierto provocado por estas luchas determinó la venida a Córdoba, en Mayo del año 756, de Abd al-Rahman I, el inmigrado, un descendiente de los califas Omeyas de Damasco que había logrado escapar de la cruenta persecución que había sufrido su familia. Tomó la ciudad, aglutinó a los clanes mas representativos y creó un emirato independiente de Damasco. La dinastía Omeya comienza así su reinado en el al-Andalus desde Córdoba, que se convirtió en corte real.

El viernes 14 de Mayo del 756 el emir Yusuf al-Fihrí fue derrotado a las puertas de Córdoba, en el llano de al-Musara, por el príncipe Omeya Abd al-Rahmán, el Inmigrado, el cual entró el la capital y, constituyéndose en la primera autoridad de al-Andalus, presidió jutba en la Aljama, con lo que inauguró, indirectamente, un nuevo periodo de la historia de la ciudad. Este monarca siempre sintió un extremado apasionamiento por su patria y las gentes de su casta, hasta el punto de que se consideró un extranjero en su propio reino y entre sus propios súbditos. Por ello, la primera cuestión que le preocupó, una vez afianzado el emirato, fue la de crearse una residencia que le evocara constantemente su Siria idolatrada y remota, y fundó en la sierra cordobesa, a unos 3 Kms. al norte de la capital, la hermosa finca al-Rusafa, en la que pretendió tener trasuntivamente, la Rusafa de Damasco, donde se había criado y desde donde su propia hermana Umm al-Asbag le remitió cuantas especies vegetales necesitó para dar realismo a aquel artificioso paraje.
Su falta de apego a Córdoba queda reflejada no tanto en las obras que realizó en ella como en las razones que motivaron las mismas. Así, hacia el 766, mandó reconstruir todo el recinto murado de la Madina, pero para decidirse a hacerlo, fue necesario que mediara un suceso en el que el Inmigrado estuvo a punto de perder la vida. lo que pone de manifiesto que el soberano solo buscó con dicha reconstrucción aumentar su propia seguridad y no la de los cordobeses.
Hacia el 785, cuando ya contaba unos 54 años de edad, y teniendo pruebas fehacientes que ya había consumido sus energías vitales en su constante lucha por la existencia y el poder, ordenó restaurar el Alcázar e hizo de él su morada habitual hasta el fin de sus días, lo que demuestra que la acción del monarca no tuvo por meta el desinteresado robustecimiento de la más señera construcción de la Córdoba de entonces, sino otra bastante menos altruista: el procurarse una residencia que superara, en fortaleza y garantía de indemnidad, a su artificiosa al-Rusafa.
Ni aún la fundación de la Gran Aljama de Occidente, que habría de inmortalizar su nombre, la concibió por pura filantropía, sino espoleado por la certidumbre de que se iba de esta vida y tenía que procurar pasar a la otra llevando en su haber una obra pía, cuanto menos, que le fuese computada como meritoria. La necesidad de una nueva aljama se hacía sentir, aproximadamente, desde el año 758, en que importantes grupos de omeyas y clientes marwaníes, venidos de Asia y África, se aposentaron el la capital e incrementaron de manera notoria, aparte del censo, el número de dignatarios del reino. La aljama que construyera Yusuf al-Fihrí ya no tuvo capacidad suficiente para albergar a todos, y la estancia en ella resultaba molestísima y el monarca intentó solucionar provisionalmente el problema a base de levantar tablados a media altura del edificio; pero como dicha altura era escasa, tanto quienes se colocaban en el suelo como quienes lo hacían sobre tales tablados apenas si podían ponerse de pie con normalidad, y la permanencia en el templo cada vez resultó mas incómoda y agobiante.
Por fin y espoleado por la certidumbre antedicha, Abd al-Rahmán se decidió a enfrentarse al problema y resolverlo de una forma digna: adquirió a los mozárabes el resto de lo que éstos aún conservaban de su viejo cenobio de San Vicente; mandó demoler todo el conjunto incluida la antigua iglesia convertida en aljama y, sobre el solar resultante, ordenó poner los cimientos de la que había de convertirse en la Gran Aljama del occidente islámico.
El gran acontecimiento acaeció a principios de Septiembre del 786, cuando Abd al-Rahmán I ya había cumplido 30 años al frente de los destinos de al-Andalus; pero su decisión tuvo tanto de efectiva como lo había tenido de tardía, puesto que, cuando el soberano murió dos años después, el 30 de Septiembre del 788, su propósito ya se había convertido en una realidad tangible y maravillosa; un extraordinario templo de once naves, noble fábrica, monumentales proporciones y peregrina arquitectura.
Finalmente, el Inmigrado fue enterrado el la Rawda del Alcázar, la cual quedó exclusivamente reservada para monarcas desde entonces, y se destinó una parte de la Maqburat al-Rabad para enterramiento de los demás miembros de la gran familia marwaní afincados en la capital.

Hisham I, su hijo y sucesor, se distinguió siempre por su piedad, sencillez y gran amor al prójimo. En sus días se introdujo la doctrina malikí en la Península, y guiado por celo religioso nada común, contribuyó personalmente a la divulgación de la misma y la impuso como oficial a sus vasallos por considerarla como la representante de la más pura ortodoxia islámica; pero protegió con exceso a los alfaquíes de esta escuela jurídica a quienes colmó de cargos y prebendas, y tal protección, que rayó en el favoritismo, sería la raíz del más grave problema de gobierno que se plantearía a su sucesor. Remató con éxito la construcción de la Gran Aljama iniciada por su padre, dotando al monumento de una torre o sawmu`a, un pabellón de abluciones o mida`a y una galería o saqifa destinada a la oración de las mujeres. Realizó importantes obras de consolidación en el puente de la capital. Erigió dos pequeñas mezquitas gemelas en la fachada Sur o principal del Alcázar, y las edificó con materiales traídos desde Narbona en el año 793. También parece ser que fue el fundador de otra mezquita, que se denominó del Amir Hisham, y que es hoy la iglesia de Santiago. Y cuando murió, el 28 de Abril de 796, fue enterrado en la Rawda, junto a la sepultura de su progenitor.

Le sucedió en el trono su hijo al-Hakam I, que fue el primer monarca Omeya que se preocupó por elevar el nivel cultural de sus súbditos y, a tal efecto, meditó un ambicioso plan de importación de grandes maestros orientales del que él no llegó a obtener fruto alguno porque falleció a poco de ponerlo en práctica, pero que tuvo una trascendencia inusitada. Si embargo no es ese el plan al que debió su celebridad, sino a su manera cruel y despiadada de conducirse en la lucha que se vio obligado a mantener contra los alfaquíes, los cuales no se resignaron a perder los privilegios que habían conseguido obtener del bondadoso Hisham, cuando al-Hakam se decidió a quitárselos. Este lucha culminó en un motín inspirado por dichos teólogos que acaeció en el año 818 y tuvo por principal escenario el suburbio de Secunda y paso a las crónicas como la Revuelta del Arrabal. A él puso fin el soberano mediante la más feroz represión que registran los anales de los Omeyas españoles. Fue creador de una milicia mercenaria jocosamente apodada de los Silenciosos por constituirla extranjeros que no hablaban el árabe, y a ella encomendó la custodia del Alcázar, cuyo recinto reforzó de manera considerable al igual que la muralla de la ciudad. Cuando murió el 21 de mayo del 822, fue enterrado en la Rawda, junto a sus mayores.

 

Abd al-Rahmán II, su hijo, le sucedió en el trono y continuó su línea política, particularmente en el campo cultural: atraer hacia Córdoba, sin reparar en gastos, a las figuras que vinieran sobresaliendo, por Occidente, en las distintas ramas del saber de entonces o, en su defecto, conseguir ejemplares de sus obras más significativas para divulgarlas por la Península. Su gobierno reportó una prosperidad inusitada a todo al-Andalus y a Córdoba muy particularmente. La capital incrementó un ensanchamiento considerable por al-Chanid al-Garbi, cuyas tierras se vieron enriquecidas con no pocas fundaciones particulares de mezquitas, baños, cementerios, ect. debidas a personas pertenecientes al entorno familiar del monarca. Llevó a cabo importantes fundaciones como las de Dar al-Sikka o Casa de la Ceca, destinada a la acuñación de moneda, y la Dar-alTiraz o Casa del Tiraz, dedicada a la elaboración de ricos tejidos, tapices y colgaduras. En 827, hizo reconstruir con gran solidez una calzada o rasif que corría por la orilla derecha del río a todo lo largo del lienzo sur del recinto de la Madina. La Gran Aljama mereció su atención en dos ocasiones: una en 833, cuando mandó edificar en los costados este y oeste del patio sendas galerías altas destinadas a la oración de las mujeres, y la segunda, en 848, ampliando la sala de oración unos 26 metros hacia el Sur. Por último, parece ser que a él se debió la instalación de una siqaya o rueda hidráulica en el molino de Kulayb, hoy de la Albolafia, para elevar el agua del río hasta el Alcázar. Cuando falleció el 22 de Septiembre del 852, fue inhumado el la Rawda.

Muhammad I fue digno heredero de su padre y antecesor. Le ocupó el honor de rematar las obras emprendidas por su padre en la Gran Aljama, dando fin al decorado de la parte nueva y renovando el de la antigua, con lo que dichas obras se alargaron hasta el año 855, y un decenio después estableció, ante el nuevo mihrab, una maqsura o zona acotada, destinada a la oración del monarca y su séquito. También prosiguió remozando el Alcázar, construyendo en su interior nuevos qusur o palacios. Y cuando murió el 4 de Agosto del 866, recibió sepultura en la Rawda, el panteón de sus mayores.

Los sucesivos reinados de sus hijos al-Mundhir y Abd Allah, coincidieron ya la gran sublevación de los muladíes del Sur peninsular y Córdoba conoció días de penuria y escasez durante todo ese agitado período. Las obras que se realizaron fueron pocas y afectaron principalmente a la Gran Aljama y al Alcázar. Así, por ejemplo, al-Mundhir dotó a la primera hacia el 867, de una Bayt al-Mal o Cámara del Tesoro, para guardar el dinero procedente de las mandas pías al templo y destinado a los menesterosos. Abd Allah, por su parte, puso la maqsura erigida por su padre en comunicación directa, mediante un sabat o pasadizo cubierto, con el Alcázar, y abrió en éste una nueva puerta, la Bad al-Adl o Puerta de la Justicia, donde le gustaba sentarse una vez a la semana para dar audiencia a los oprimidos. y tanto al-Mundhir como Abd Allah, su hermano, cuando murieron fueron sepultados en la rawda. El primero el 29 de Junio de 888 y el segundo el 15 de Octubre del 912.

Abd al-Rahmán III, nieto y sucesor de Abd Allah, llegó al trono firmemente dispuesto a restaurar la autoridad y el prestigio de la dinastía Omeya en todo al-Andalus y, siete años más tarde, había conseguido virtualmente su propósito. Para celebrar tan fausto acontecimiento, a comienzos del año 929, tomó la transcendental decisión de ordenar que se le llamase en los escritos dirigidos a él y se le invocase en las aljamas con los títulos supremos de Jalifa o Califa y Amir al-Mu´minin o Príncipe de los Creyentes y que se le asignase desde entonces el laqab o sobrenombre honorífico de al-Nasir li-Din Allah, << El que ayuda a la religión de Allah>>. La jutba correspondiente al 16 de Enero del 929 se pronunció en la Gran Aljama dándole los expresados títulos supremos, y en esa fecha quedó constituido, por tanto, de manera oficial el Califato de Occidente, en cuyos días Córdoba iba a vivir la época más importante y floreciente de toda su larga historia y a convertirse en la población más grande de la Europa de entonces a la par que una de las más cultas del mundo de su época.
A finales del 928 mandó construir una nueva Dar al-Sikka o Casa de la Ceca, para acuñar moneda y un palacio dentro del Alcázar, junto a la Rawda. En el 951 ordenó agrandar el patio de la Gran Aljama, ampliándolo hacia el norte; esa obra supuso la demolición de la vieja sawmu`a o torre de Hisham I y la construcción de otra de mayor planta y altura, y la fachada norte del monumento quedó situada, desde entonces, en el mismo lugar donde se alza actualmente.

 

Sin embargo, no fueron estas obras, a pesar de su importancia, las que dieron a Abd al-Rahmán III o al-Nasir justa fama de gran constructor, sino la fundación, el 19 de Noviembre del 936, de una magna ciudad residencial, Madinat al-Zahra´ o la Ciudad de al-Zahra´, a la que dedico un apartado en el menú y que denominó así accediendo a la antojadiza petición de al-Zahra´, una muchachita de su círculo íntimo a la que profesaba mucho afecto. Fundó la nueva Madina sobre unos terrenos situados a unos 8 Kms. al noroeste de la capital, al pie de la vertiente meridional de la sierra cordobesa, y se desveló lo indecible para conseguir que la flamante urbe tuviese pronto vida propia: en 941 ya se pronunciaba la jutba en su aljama; en 945, al-Nasir pasó a residir en ella con sus casas civil y militar y la corte en pleno, y, un poco más tarde, fueron trasladados también a ella la Dar al-Sikka y demás servicios públicos, con lo que al-Zahra´ se convirtió en la residencia oficial de todos los organismos estatales del Califato. Las riquezas de todo orden que se acumularon en al-Zahra´ fueron fabulosas y uno cualquiera de sus machalis o salones bastaba para causar el asombro, por su suntuosidad y sorprendente fábrica, de cuantos lo contemplasen, lo que hizo que el soberano los convirtiese en el escenario preferido para la recepción de las muchas embajadas que arribaron a su corte, entre las que sobresalieron: la de la Reina Toda de Navarra, acompañada de su nieto Sancho I de León, la de Juan de Gorze, enviado de Otón I de Alemania y varias más venidas de Bizancio. La fundación de al-Zahra´. además, el rápido desarrollo de la población cordobesa por el costado occidental o al-Chanib al-Garbi, y los arrabales de Córdoba quedaron unidos con los de la nueva urbe en un corto espacio de tiempo. Abd al-Rahmán III murió en Córdoba el 16 de Octubre del 961, y fue enterrado el la Rawda del Alcázar, junto a sus antepasados.

Su hijo y sucesor, Al-Hakam II, adoptó el laqab de al-Mustansir billah, << El que busca la ayuda de Allah >>, y abrió su califato con la inauguración de las obras para una nueva ampliación de la Gran Aljama. En virtud de esta ampliación, las más sublime de cuantas ha experimentado el monumento, la sala de oración alcanzó la profundidad que tiene actualmente y se vio enriquecida con el maravilloso mihrab y la serie de pabellones cupuliformes que hoy se admiran en ella: el primero es único en el Mundo, y el los segundos se tiene el origen de las bóvedas nervadas en Arquitectura. Simultáneamente se estuvo trabajando también en Madinat al-Zahra´ para rematar su construcción.
El califa al-Mustansir fue un hombre de una cultura extraordinaria y su amor a libros junto con sus ilimitados recursos económicos le permitió reunir en su biblioteca hasta 400.000 volúmenes, muchos de los cuales eran ejemplares únicos de un valor inestimable; esta pasión del soberano contagió a no pocos cordobeses cultos, que se convirtieron en renombrados bibliófilos, y el Suq al-Kutub o Mercado de los Libros de la capital alcanzó, desde entonces, una bien merecida fama en todo el orbe islámico por las numerosos transacciones comerciales que se hacían a diario en el mismo con base en toda clase de manuscritos. Murió Al-Hakam II a principios de octubre del 976 y fue el último soberano de su dinastía que recibió sepultura en la Rawda del Alcázar.

Hisham II, hijo único de al-Hakam, sucedió a su padre sólo de nombre, ya que todo su califato transcurrió bajo el signo dictatorial de los amiríes. El primero de éstos fue Muhammad ibn Abi`Amir, el omnipotente Almanzor, que llevó a cabo importantes fundaciones en Córdoba, entre las que destaca la de una nueva ciudad residencial a la denominó al-Madina al-Záhira o la Ciudad Brillante, parafraseando el nombre de la magna construcción de Abd al-Rahmán III; la edificó a unos 3 Kms. al sureste de la capital, en unos terrenos de la orilla derecha del Guadalquivir conocidos por al-Ramla o Arenal. Inició su construcción en el 979 y la dio por finalizada dos años después trasladando a ella todos los organismos estatales que habían venido radicando el Al-Zahra´ ; permitió a sus altos funcionarios que levantasen sus palacios en torno a la nueva madina, y los arrabales orientales de la capital quedaron unidos con los occidentales de al-Záhira en poco tiempo, con lo que la población cordobesa ocupó una extensión muy considerable y llegó a rebasar, muy probablemente, el millón de habitantes. A este respecto, conviene puntualizar que, según un censo de inmuebles de la época, Córdoba contaba, con 1.600 mezquitas, 213.077 casas ocupadas por la plebe y la clase media, 60.300 más en las que vivían los altos empleados y la aristocracia, y 80.455 tiendas.
Para ajustar la Gran Aljama a las exigencias del momento, Almanzor mandó ampliarla hacia el este y dio al monumento las dimensiones con las que ha llegado hasta nosotros; esta ampliación se inició en 987, y, en virtud de ella, la sala de oración se aumentó en algo menos de 2/3, ignorándose cuando se terminaron las obras porque el dictador amirí prohibió que ninguna inscripción conmemorase el acontecimiento para evitar que fuera redactada a nombre de Hisham II.

Muerto Almanzor en 1002, se afianzó en el gobierno de Al-Andalus su hijo Abd al-Malik al-Muzaffar, y Córdoba siguió desarrollándose normalmente sin que se produjera en su planteamiento urbano novedad alguna digna de mención; pero, al morir al-Muzaffar en 1008, víctima de una intriga tramada por su hermano Abd al-Rahmán Sanchuelo, y arrogarse éste el poder, el panorama político de la capital cambió radicalmente, y, a consecuencia de ello, ésta comenzó a vivir, unos meses después, el período más luctuoso de su larga existencia.

Este período comenzó el 15 de Febrero del 1009 con  el alzamiento del príncipe omeya Muhammad II al-Mahdí contra los amiríes y terminó el 1 de Diciembre del 1031 con la liquidación oficial del califato de los Banu Umayya de Occidente e instauración de la taifa de los Banu Chahwar en Córdoba. En estos 23 años se sucedieron hasta 14 gobiernos distintos y acaecieron los acontecimientos más trascendentales

En efecto, el citado 15 de febrero y por orden de Muhammad al-Mahdí, el populacho cordobés atacó y ocupó al-Záhira, la odiada residencia de los amiríes, la cual fue sometida a un saqueo total y arrasada por completo, y la misma suerte corrieron todas las grandes mansiones que habían levantado los magnates amiríes en las proximidades de ella. El 4 de Noviembre del 1010, los mercenarios beréberes que habían nutrido años atrás los ejércitos amiríes y bajo la bandera del príncipe Omeya Sulaymán al-Musta`in, sublevado contra su pariente al-Mahdí desde junio del 1009, tomaron por asalto Madinat al-Zahra´ a la que saquearon  y destruyeron, mientras unos contingentes de milicianos cordobeses hacían lo propio con la vieja residencia de al-Rusafa por haber servido ésta de morada, unos días antes, a Sulaymán y sus huestes. A continuación al-Musta`in  puso cerco a la capital que resistió su asedio hasta el 9 de mayo del 1013. La Córdoba califal dejó de existir: sólo quedaron de ella la al-Madina y una pequeña parte de al-Chanib al-Sharqi, los dos únicos sectores que se habían librado de la destrucción. Y, alrededor de ambos, unos inmensos campos pletóricos de espantosas ruinas patentizaron durante muchos años después cual había sido la autentica extensión urbana de aquella ciudad en los mejores tiempos de su historia.

Tras la citada liquidación oficial del Califato Banu Umayya de Occidente e instauración de la taifa de los Banu Chahwar en Córdoba, el 1 de Diciembre del 1031, hasta el 29 de Junio del 1236 que fue conquistada para la Cristiandad por Fernando III el Santo, se abre un período de dos siglos en los que Córdoba pierde para siempre la hegemonía política de la España musulmana, pero no la pérdida de la hegemonía cultural. Muy al contrario, fue en la época poscalifal, cuando Córdoba, viviendo con dignidad su decadencia política y urbana, aportó a la cultura mundial los dos talentos más preclaros y famosos del saber de entonces: el musulmán Abu-l-Walíd b. Rushd o Averroes (1126-1198) y el judío Musa b. Maymún o Maimónides (1135-1204).

 

CÓRDOBA CRISTIANA

 

Tras la conquista cristiana, Córdoba es vaciada de musulmanes y ocupada por repobladores castellano- leoneses, que participan en el reparto de tierras. Entre estos nuevos pobladores destacan los nobles -generalmente hidalgos segundones- que a cambio de defender la frágil frontera con el vecino reino nazarí de Granada, acumulan poder y fortuna y detentan los primeros señoríos otorgados por Fernando III. Entre aquellos linajes destacan los Fernández de Córdoba, descendientes del adalid Domingo Muñoz, uno de los participantes en la conquista de la ciudad. En contraste con pasados siglos de esplendor, la Córdoba bajomedieval pierde protagonismo histórico y es, a menudo, escenario de luchas intestinas que mantienen los nobles para apoyar enfrentadas rivalidades dinásticas y defender o ampliar sus privilegios. Así, en la guerra civil que entre 1366 y 1369 enfrentó a los partidarios de Pedro I el Cruel y su hermano bastardo Enrique de Trastámara, el apoyo de Córdoba a este último le costó duras represalias de Pedro I, hasta ser derrotado en la batalla del Campo de la Verdad, a las puertas de la ciudad, lo que impidió que tomara Córdoba.

La inmensa mayoría de los habitantes de la Córdoba del siglo XIII y su reino son campesinos que trabajan en los grandes cortijos de la nobleza y de la burguesía. Al lado de la masa rural encontramos otro sector que se dedica a tareas no agrícolas. Son los innumerables  menestrales de medios urbanos, los herreros, albañiles, carpinteros, odreros, armeros, silleros, caleros, canteros, etc.
La historia de este incontable grupo humano la hemos podido seguir en uno de sus aspectos más dolorosos. Porque, tras el optimismo de las conquistas del siglo XIII y de la participación en pequeña escala en los repartimientos, es un pueblo cuyo oficio durante casi toda la Baja Edad Media será sufrir. Sufrir epidemias, carestías, alza de precios, hambres. Su liberación será la muerte. Grandes crisis atacaron al pueblo de Córdoba siendo la primera la Peste Negra en 1349 seguida de otra entre los años 1363-64. Son años de una extensa mortandad y una inmensa carestía de dinero. Así, el pueblo llega a finales del siglo de las calamidades diezmado, famélico y físicamente deshecho.

En el siglo XV, con la llegada de los Reyes Católicos a Córdoba, para emprender de modo definitivo la guerra con el Reino de Granada, Córdoba se convierte en cuartel general de las tropas y recupera algo se su esplendor. En aquellos años se construyen  edificios de inestimable valor, en el arte gótico-mudéjar , por los famosos Gonzalo Rodríguez Sangrelinda y sus sucesores los Hernán Ruiz, todos naturales y vecinos de Córdoba. Trabajan en el coro de Iñigo Manrique en la Catedral, en el Alcázar de los Reyes Cristianos, Calahorra, Castillo de Almodóvar, conventos de Santa Marta, Santa María de Gracia y Capilla Mayor de la Catedral. También fueron notables los plateros cordobeses, como el joyero árabe Mulí, que hizo numerosas joyas a los Reyes. Se desplazaron a Córdoba numerosos artesanos no sólo españoles sino de otros países, unos dedicados a la construcción de barcos a orillas del Guadalquivir. En la Huerta del Maimón se establecieron hornos de fundición de hierro para la construcción de cañones por maestros italianos y alemanes. Se restauran los molinos del Guadalquivir y se construyen otros nuevos por la enorme demanda de harina para el Ejercito. Aumenta notablemente la población en la ciudad y los arrabales; se aderezan viejos mesones y se construyen otros nuevos. Los baños públicos toman un incremento notable. La gente se divierte en espectáculos públicos: en la Bufonería en la calle Blanco Belmonte; en el Teatro en la calle Jerónimo Páez. Escritores y vendedores de libros, entre ellos Cristóbal Colón. Juegos de "pelota", de "sortija", carreras pedestres, corridas de toros en la Corredera o los Alcázares Reales.
Durante la estancia de los Reyes Cristianos en Córdoba, nace su hija doña María, el 28 de junio de 1482, la que había de ser reina de Portugal fue bautizada en la Iglesia Catedral.
Estando los Reyes Católicos en Córdoba, recibieron por primera vez, el 20 de enero de 1486 a Cristóbal Colón; no quedando satisfechos, se estudian sus proyectos, que se consideran como quiméricos. En esta ciudad Colón conoció a Beatriz Enríquez de Arana, con la que entabló relaciones y tuvo a su hijo Fernando. Beatriz vivía con su tío Rodrigo Enríquez de Arana, en la calle Gilete (Juan de Mena), donde también habitaba un hijo de éste, llamado Diego de Arana, que prestó a Cristóbal Colón 50.000 maravedíes para ayuda del viaje a Indias.
Terminada la guerra con los moros, con la entrega de Granada el 2 de Enero de 1492, Los Reyes Católicos dirigen sus pasos hacia los judíos y se acuerda su expulsión. Córdoba perdió su importancia comercial, industrial y agrícola y muchos de sus habitantes se fueron a América y a Sevilla, donde de habían desplazado los grandes negocios.

 

LA CÓRDOBA DE LOS AUSTRIAS

 

La historia de las ciudades, la historia local, tiene importancia y significación distinta dentro de la historia nacional, según la época de que se trate, pues, en el transcurso de los siglos, las ciudades han tenido más o menos suerte con relación a los acontecimientos que en el solar patrio se han desarrollado. Incluido el reino de Córdoba, entre los muchos que integraban el inmenso patrimonio hereditario de los Austrias, es natural, que la ciudad que en otros tiempos fue la brillante capital del califato o la residencia más o menos circunstancial de los Reyes Católicos a últimos del siglo XV, no fuese otra cosa que la cabeza de uno de tantos reinos y señoríos como enumeraban los Habsburgos en el encabezamientos de sus mercedes y privilegios.
No pasan desapercibidos para Córdoba los hechos que jalonan el reinado de Carlos I, y, de manera especial, el movimiento de las Comunidades, ya que dirigentes del mismo, desde Toledo, intentan atraer a Córdoba, por la importancia de la ciudad, por la poderosa nobleza que en ella residía y por la situación estratégica de llave de Andalucía. El Ayuntamiento de Córdoba desatendió tal petición, lo que motivó que la ciudad recibiese cartas del Emperador agradeciendo su lealtad.
Al contraer el monarca matrimonio con Isabel de Portugal, hija de don Manuel el Afortunado y de una cordobesa, nacida en nuestro Alcázar, doña María, hija de los Reyes Católicos, pasó por Córdoba.
En las guerras exteriores la presencia de los cordobesas siempre es destacada. Don Martín de Córdoba, después de intervenir en el cerco de Fuenterrabía y ser Virrey de Navarra, pasa a África, donde se apodera de Temecén y muere heroicamente quedando su hijo prisionero.
Ya antes de subir al trono Felipe II, había recibido importantes servicios de los cordobeses. Cuando marchó a Inglaterra para casar con María Tudor, llevó en su acompañamiento varios miembros de la nobleza de la ciudad, como don Luis y don Antonio de Córdoba y don Alonso de Aguilar.
Al comenzar en diciembre de 1568 la rebelión de los moriscos de la Alpujarra, Córdoba, como en tiempos de los Reyes Católicos, cuando la guerra de Granada, se volverá a convertir en base de operaciones. El Corregidor Zapata ordena a los caballeros se reúnan en el Campo de la Verdad y salgan para Granada el 4 de Enero de 1569. Contrastando con la salida de estos hombres, está la llegada a Córdoba de numerosos grupos de moriscos prisioneros, procedentes del reino de Granada. Como muchos de ellos desertan el rey mandó que fueran trasladados a Galicia y Castilla, pero el Consejo de Córdoba, pidió a Felipe II, dando prueba de sentimiento cristiano y humanitario, los dejase en la ciudad donde se avecindaron y permanecieron sus descendientes hasta la expulsión en tiempos de Felipe III.
Como consecuencia de la duración de esta guerra Felipe II decidió venir a Córdoba. Llegó a Córdoba el 22 de Febrero de 1570 y su llegada fue descrita en numerosas relaciones de la época.
Nombres de gentes de aquí encontramos en todos los acontecimientos de la época. En el proceso de Carranza, un cordobés, Céspedes, es en Roma su más ardiente partidario, otro, Simancas, su más decidido acusador; Ambrosio de Morales hace, por orden del rey, el relato del proceso. En Lepanto estuvieron también muchos de los nuestros, entre ellos los escritores Juan Ruzo y Gonzalo de Cervantes Saavedra
El reinado de Felipe III cuenta con un cronista cordobés, don Luis de Góngora y Argote, y lo consideramos como tal porque en sus versos, y sobre todo en sus cartas, están recogidos gran parte de los acontecimientos de este reinado (1598-1621). Las cartas de Góngora son un documento de primera mano, por las noticias que da a sus amigos de Córdoba, este capellán real, de los sucesos de la Corte.
El hecho más importante de la política interior en este tiempo fue, sin duda, el extrañamiento de los moriscos, que comenzaron a salir de Córdoba el 6 de Febrero de 1610, siendo unos 4.500 el número de expulsados. Aún conserva el nombre de "Moriscos", la calle del barrio de Santa Marina, donde vivieron muchos de ellos hasta la referida expulsión.
Los acontecimientos más notables del largo reinado de Felipe IV (1621-1665), en relación a Córdoba, son de índole muy diversa. La visita del monarca, camino del Coto de Doñana en 1624 y el llamado "motín del pan" en 1652, motivado por la carestía que se experimentó aquel año.
Poco hubieron de notarse en la vida de la ciudad los sucesos del reinado de Carlos II, aunque sí son notables las contribuciones con que Córdoba acude a las necesidades del reino; pues en la primera guerra con Francia, por la posesión de los Países Bajos, en 1667, la reina gobernadora doña Mariana de Austria pidió al Obispo de Córdoba don Francisco de Alarcón, que levantase a su costa una compañía de infantería, de cien hombre, petición que el obispo atendió, reclutando las tropas y situándolas en Cádiz, lo que mereció la gratitud de la reina.
En el orden local, es de destacar el buen gobierno del corregidor don Francisco Ronquillo Briceño, a quien entre otras mejoras se debe la obra de la plaza de la Corredera, unificando la fachada de la misma con sus soportales.
La dinastía de los Austrias termina con la muerte de Carlos II en Noviembre de 1700. El obispo, Cardenal Salazar, celebró los funerales del monarca y bendijo el Estandarte Real en la proclamación de Felipe V.

 

LA CÓRDOBA DE LOS BORBONES

 

El reino de Córdoba. al igual que el resto de Andalucía y Castilla, reconoce el testamento de Carlos II, el último de los Reyes españoles de la Casa de Austria, y se muestra decidido partidario de que ocupe el trono Felipe V, el primero de los Borbones hispanos, que fue proclamado el 3 de Diciembre de 1700, en la plaza de la Corredera.
La ciudad y su reino cooperaron con hombres y recursos al triunfo de Felipe V, destacándose la aportación del Obispo que contribuyó con un regimiento de infantería.
Había entonces una relación directa de la Monarquía con las ciudades y villas.. El 15 de Enero de 1704, escribe Felipe V a la ciudad, para que se hicieran preparativos en orden a su defensa, por saberse que venían los aliados a invadir las costas de Andalucía. Fue el ataque que acabó con la pérdida de Gibraltar.
La guerra fue larga y tuvo diversas alternativas. Dada la posición central de Córdoba dentro de Andalucía, también de  vio afectada por el desarrollo de la contienda en el interior del país, y cuando el Archiduque Carlos se apoderó de Madrid en 1710 y quedó Andalucía incomunicada, se enviaron tropas a caballo para la guarda de los Puertos de Sierra Morena, a fin de impedir una posible entrada del enemigo por la Mancha.
La proclamación de los Reyes se rodeaba de particular solemnidad. De estas solemnidades ha quedado cumplida referencia en escritos de la época que nos cuentan las más significativas, como la del efímero Luis I, efectuada en la torre del homenaje del Alcázar el 20 de Febrero de 1724; la aclamación de Fernando VI en los días 6 al 11 de Noviembre de 1746 y los comienzos de los reinados de Carlos III (en 1759) y Carlos IV (en 1789).
En este siglo hay un conocido afán de mejorar la cultura popular. En este sentido se lleva a cabo en Córdoba el establecimiento del Colegio de niñas de Santa Victoria en un edificio construido por el arquitecto Ventura Rodríguez en 1794. Otra fundación docente importante fueron las Escuelas Pías, a iniciativa del deán D. Francisco Javier Fernández de Córdoba, que obtuvo por decreto del 3 de Agosto de 1787 la cesión del que fue colegio de Jesuitas de Santa Catalina. Se amplía la enseñanza en el Seminario de San Pelagio y se transforma el antiguo Colegio de la Asunción. Pero la  fundación más interesante en el aspecto cultural, fue la Real Sociedad Patriótica, creada en 1789 e impulsada  por D. Manuel María de Arjona en 1803.
El paisaje urbano de Córdoba conserva todavía numerosos huellas del siglo XVIII, particularmente en los edificios religiosos que se construyen en esta época. Corresponden también a este siglo las Caballerizas Reales, la Plaza de los Dolores, los numerosos triunfos de San Rafael y palacios de la nobleza como el del Vizconde Miranda.
Las noticias del alzamiento del pueblo madrileño contra los franceses el 2 de Mayo de 1808, llenan de intranquilidad a la ciudad, si bien el Ayuntamiento se limitó a adoptar una aptitud de cauto recelo ante la convocatoria por Napoleón de la Asamblea de Notables de Bayona, el la que debía estar representada Córdoba, como ciudad con voto en Cortes.
Fue la llegada de un enviado de la Junta constituida en Sevilla, cuando se formó otra análoga en Córdoba, defensora como aquella de los derechos de Fernando VII como legítimo rey de España, lo que implicaba un enfrentamiento con los invasores.
Un ambiente de intensa exaltación patriótica se apoderó entonces de los cordobeses, que ante la eventualidad de un posible ataque francés hacen preparativos militares con los que se improvisa en ocho días un ejército llamado <>. Estaba a su frente el general don Pedro Agustín de Echevarri que intentó vanamente detener al ejército invasor, unos 18.000 hombres mandados por el general Dupont, en el puente de Alcolea, el día 7 de junio de 1808.
Desecho fácilmente por las tropas francesas aquel improvisado ejército, entran en la ciudad por la Puerta Nueva, pero el disparo de un patriota contra Dupont dio lugar al más triste episodio de la historia contemporánea cordobesa. Durante tres días fueron implacablemente saqueadas las casas y los templos de la ciudad y sometidos sus habitantes a todo género de desmanes.
Pocos días después la ciudad sería evacuada por los franceses, que el 19 de Julio fueron derrotados en Bailén.
Córdoba cayó de nuevo bajo dominación francesa desde comienzos de 1810 hasta septiembre de 1812, sufriendo las penalidades inherentes a toda ocupación extranjera, que se acentuó por escasez y carestía de subsistencias.
Al quedar la ciudad libre de la dominación francesa, fue proclamada la constitución política de la monarquía, aprobada por las Cortes de Cádiz de 1812, pero su vigencia fue precaria, pues ya antes de conocerse que vuelto Fernando VII a España en 1814 había decretado la anulación de cuanto legislaron las Cortes de Cádiz, un tumulto popular destruyó la lápida de la Constitución colocada en la plaza de la Corredera y repuso a las autoridades del régimen absolutista.
Este enfrentamiento entre absolutistas, partidarios del antiguo régimen y liberales o reformadores, va a caracterizar profundamente la vida cordobesa durante las primeras décadas del siglo XIX.
La nueva proclamación de la Constitución de 1812 tras el levantamiento de Riego en Cabezas de san Juan, en 1820, fue celebrada en Córdoba con gran solemnidad.
A la muerte de Fernando VII, en 1833, fue proclamada reina Isabel II, ocasionando un sucesivo cambio político, al buscar la reina gobernadora doña María Cristina el apoyo de los elementos liberales. Una de las primeras medidas adoptadas en Córdoba fue el desarme de los voluntarios realistas.
La revolución de Septiembre de 1868 sería el último hecho histórico de ámbito nacional en que Córdoba asume un importante papel protagonista, al salir de esta ciudad el ejército liberal que, al mando del general Serrano, impidió a las tropas leales a Isabel II el paso por el puente de Alcolea, hecho que puso fin al reinado de Isabel II.
A la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII, a finales de 1874, contribuyó de modo destacado en Córdoba el conde de Torres Cabrera, insigne prócer sinceramente preocupado por el desarrollo económico y social del país.
La tradición cultural de la ciudad va a cobrar un destacado impulso con la fundación de la Academia General de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, debido al canónigo D. Manuel María de Arjona.
La figura más representativa del siglo XIX en Córdoba, fue el duque de Rivas, poeta y dramaturgo romántico de merecida fama. Otros nombre destacados fueron el ya citado Arjona; los filósofos Muñoz Capilla y Rey Heredia; el historiador Ramírez de las Casas Deza; el poeta Fernández Grilo y el humanista Francisco de Borja Pavón.

 

LA CÓRDOBA DEL SIGLO XX

La centuria que acaba de terminar ha sido decisiva para Córdoba. Los cambios habidos a lo largo de sus décadas han ido preparando la ciudad para su paso al futuro. Poco a poco, y siempre en medio de interminables debates, los proyectos han ido siendo realidad cambiando la configuración de una ciudad que a la vez que progresa ve como su economía deja de depender del campo, cómo el patrimonio monumental se convierte en una fuente de riqueza y cómo pasa a ser un importante nudo de comunicaciones gracias a su privilegiado enclave geográfico.
La ciudad llegó al pasado siglo XX como un gran poblado de raíces agrarias por el que no había pasado la revolución industrial. Contaba con unos 58.000 habitantes. Un gran número de sus calle permanecía sin pavimentar y mal iluminadas. La ausencia de alcantarillado potenciaba la situaciones de falta de higiene y salubridad. Los escasos visitantes se maravillaban ante un patrimonio monumental tan extenso como abandonado al que los cordobeses de la época no valoraban en toda su dimensión. La enseñanza de impartía en 1900 en sólo cuatro centros: el instituto, el seminario y las escuelas de Magisterio y de Veterinaria.
A lo largo del reinado de Alfonso XIII, la población comparte el clima negativista que estaba extendido a lo largo y ancho de todo el territorio nacional. Las consecuencias de la pérdida de las colonias de ultramar y la sangría de la guerra de África pesaban también como una losa en el ánimo de los cordobeses. El turnismo político estaba agotado y se reclamaban nuevas fórmulas.
En Córdoba, la llegada de la dictadura de Primo de Rivera el 13 de Septiembre de 1923 supone el ascenso al poder de José Cruz Conde y Fustegueras que marcará prácticamente la década. Desde la alcaldía diseña importantes obras de infraestructura propias de una ciudad como el abastecimiento de agua potable. la apertura de nuevas calles, la creación de nuevos espacios ajardinados, etcétera que se irán desarrollando en el mandato de sus sucesores.
La irrupción de la República abre la ventana de la esperanza tras el agotamiento del régimen militar anterior. Una nueva clase política llega al poder y unos nuevos modos de entender la gestión se implantan en las instituciones aunque en Córdoba también se reflejan los vaivenes del régimen. A pesar de no vivir directamente la virulencia de la guerra civil, en la ciudad se sufren las consecuencias de las represiones que se ejercieron sobre la población.
El régimen de Franco tiene en Córdoba un nombre propio en sus primeros años: Manolete. La relación de amor/odio de la población con su ídolo alcanzaría la cumbre tras la muerte del diestro en Linares el 28 de Agosto de 1947. Desde entonces ocupa un lugar en la mitografía de la ciudad.
La llegada del obispo fray Albino González Menéndez-Reigada (1946) y del alcalde Antonio Cruz Conde y Conde (1951) suponen el inicio de la que se ha dado en llamar la "década prodigiosa" (1951 - 1961).
Los cincuenta son los años en los que Córdoba recupera parte del retraso arrastrado desde antiguo. Desde la labor social sin parangón del prelado hasta las acciones desarrolladas desde el Ayuntamiento, Córdoba experimenta un importante salto adelante en sólo unos años. Cruz Conde revaloriza el patrimonio monumental y crea la infraestructura necesaria en una ciudad de su tiempo como un aeropuerto, el segundo puente que se construye sobre el Guadalquivir desde la época romana, hoteles, remozado de pavimentaciones y alumbrados, nuevos barrios, etcétera.
Los años finales del franquismo en Córdoba se viven con languidez de no ser por la estela brillante que deja el nuevo maestro del toreo Manuel Benítez "El Cordobés".
Quizás el proyecto que con mayor mimo se acaricia sería el de la construcción de la nueva estación del tren, que luego se frustraría con la llegada de la democracia. En ese periodo hay que incluir la creación de la Universidad que vendría a dotar de perspectivas de futuro a las generaciones de jóvenes cordobeses.
Julio Anguita, por el Partido Comunista de España, es el primer alcalde de la democracia. Nuevos aires entran en el Ayuntamiento en el que el concepto de participación ciudadana se implanta como bandera de su gestión. Tras su mandato, el soterramiento del ferrocarril y la gestión de los terrenos liberados de Renfe, así como las actuaciones en el Guadalquivir son las líneas fundamentales que han definido la actuación municipal en la última década del siglo XX.
La Córdoba que entra en el siglo XXI poco tiene que ver con la de un siglo antes. Los centros docentes se han multiplicado en todos los niveles, destacando el nacimiento de una Universidad que goza de gran prestigio en varios campos. La atención sanitaria se centraliza en el Hospital Reina Sofía, el único de Andalucía con el programa completo de trasplante de órganos. Las comunicaciones dieron un importante salto al formar Córdoba parte de la primera línea de AVE que se instala en España.
El reto de presenciar los cambios de las últimas décadas, han demostrado que Córdoba se puede acercar al futuro, puede dejar de llegar tarde a los cambios que se producen y avanzar con el prestigio de su pasado.

 

A veces algunas ciudades duermen durante mucho tiempo, a veces siglos.
Pero la gente que las visita aún se maravilla al sentir el rumor del antiguo esplendor que persiste en el aire.

Córdoba tu que fuiste la casa del príncipe de Argel
entre tus velos te asomas al río Guadalquivir
al mar va una niña sentadita en su bajel
que triste suspira al verte dormir.


Pero un día despiertan y las gentes que las habitan, despiertan con ellas.
Hoy Córdoba vuelve a encontrar su lugar, vuelve a ser lo que siempre ha sido, la puerta del Sur.
Hoy Córdoba vive. Es una ciudad con más de 300.000 habitantes, situada en Andalucía Occidental, comunicada por autopista y tren de alta velocidad con Madrid y Sevilla, en un enclave estratégico entre el Norte y el Sur.

Córdoba vive, y junto a los cientos de miles de gentes de todo el Mundo que la visitan hay una Córdoba moderna que trabaja y crea, preparada para responder al desafío del futuro.
Córdoba vive, y en las calles, en primavera, el olor del azahar orienta a las gentes que pasean.
Pero Córdoba mira a lo lejos, más allá de la Sierra, hacia el Norte y el Este, hacia el Oeste y el Sur, y como su río quiere alcanzar el horizonte.
Hoy Córdoba se une para asegurar su futuro. Más de 170 Empresas, Entidades e Instituciones se han puesto de acuerdo para hacer que la ciudad renazca, todos alrededor de un mismo proyecto, el Plan Estratégico de Córdoba. Un plan ambicioso pero realista; un plan que recoge las necesidades actuales y plantea un modelo de ciudad para el futuro; con un objetivo claro y decidido, hacer todo lo necesario para obtener las máximas ventajas de su posición geográfica y convertirse en el centro de distribución del Sur de España; un plan que supone la mayor transformación de Córdoba en el siglo XX. El futuro ha comenzado
100 proyectos y actuaciones en marcha para crear una nueva ciudad.
Nuevos equipamientos. Nuevos parques. La ciudad se reordena. El tejido urbano se completa eliminando barreras

250.000 m2 de suelo urbanizable.
3 Km. de avenida ajardinada
2.400 nuevas viviendas.
Nueva estación de ferrocarril. Nueva estación de autobuses. Nuevo centro comercial.
El río por fin se integra en la vida urbana de la ciudad. Nuevo parque, 4 puentes nuevos. Nuevas zonas peatonales. Nuevo centro comercial. Nuevo estadio. Nuevo ferial. Mejor red viaria.
Centro logístico.
Aprovechar el emplazamiento geográfico de Córdoba, haciendo de Córdoba un centro logístico y de distribución regional e internacional. Un centro neurálgico de transportes, creando y conectando infraestructuras logísticas y suelo industrial.
Desarrollo de la industria agroalimentaria.
Nuevo Campus Universitario y de investigación aplicada a la industria
Cada día más de 15.000 vehículos de transporte acceden a Córdoba por carretera, y la estación de ferrocarril de El Higuerón, la más moderna de Andalucía, clasifica mas de 2 millones de toneladas de mercancías al año.

Comunicaciones

Una nueva ciudad, infraestructuras industriales, centro de transportes, y uniéndolo todo, una red de comunicaciones que vertébre su territorio; que sitúa a Córdoba en el Mundo; que da sentido al futuro, hacer de Córdoba la puerta que se abre hacia el Norte y hacia el Sur.
Un plan estratégico que hará de Córdoba una ciudad que vertébre el territorio andaluz y su propio entorno urbano; para conseguir un desarrollo socioeconómico equilibrado y sostenible; para conseguir una mayor calidad de vida para todos sus ciudadanos, mediante un impulso integrador de los sectores productivos; respetuoso con el medio ambiente; compatible con su condición de capital de turismo cultural.
Córdoba es hoy una puerta abierta al Mundo y al futuro. Un futuro que se construye con la ilusión, las ideas y el trabajo de todos. Un futuro que asegura la rentabilidad de las inversiones; que asegura el desarrollo y el bienestar de todos.
Puerta del Sur, cruce de caminos, cruce de culturas. Hoy, como siempre, Córdoba dice a todos

¡ ¡ ¡  BIENVENIDOS  ! ! !

Texto original del video producido por Grupo de Comunicación y realizado por Inter Media para la presentación del Plan Estratégico de Córdoba

 

INTEGRACIÓN DEL RÍO EN LA VIDA URBANA DE LA CIUDAD

La ciudad de Córdoba se encuentra en plena redefinición del papel del río Guadalquivir como elemento urbano. De barrera infranqueable a animador urbano, hilo conductor del cambio de la ciudad, de norte a sur.  El fin de todo es que la ciudad vuelva al río tras olvidarlo cuando dejó de proporcionarle sustento y energía. Se trata de integrar una parte de Córdoba llenándola de contenido para que simbolice la nueva relación de la ciudad con el gran río.

En la actualidad existen 14 planes o proyectos y algunos de ellos ya se encuentran en fase de ejecución y estarán terminados en 2003 y 2004.

1. El encauzamiento del río

Se trata de una de las obras con mayor presupuesto pero menos conocidas por la opinión pública. En estos momentos, se está ejecutando la primera fase, el tramo urbano de la ciudad, de ocho kilómetros y medio, con el impacto inmediato del derribo del murallón de protección del Campo de la Verdad.  Las obras supondrán el ensanchamiento y canalización del cauce, la creación de una masa de arbolado y la construcción de represas en el Molino de Martos y Casillas.

 

Además, consta en el proyecto una isla artificial frente al Botánico para la puesta en marcha de actividades de carácter cultural y las famosas llanuras de inundación de Casillas, para dar salida a hipotéticas enormes avenidas de agua, tan temidas como improbables con la estadística en la mano. El proyecto cuenta con la oposición de colectivos conservacionistas de la ciudad a los que la opción de llenar de cemento el río no acaba de gustarle.

2. El balcón del Guadalquivir: la orilla de El arenal terminada.

 

El proyecto del Balcón del Guadalquivir supone el reencuentro de la ciudad con el río. A grandes rasgos, se trata de un parque en forma de terrazas diseñado por Juan Navarro Baldeweg, premio Nacional de Artes Plásticas y uno de los arquitectos de mayor importancia en el panorama español. El Balcón del Guadalquivir es un proyecto viejo como la ciudad que data de los informes que se plasmaron en el llamado Plan del Río. En realidad, pretende ser un corredor de bienvenida entre la ciudad y el cauce fluvial. Se desarrollará en la orilla de El Arenal partiendo desde la glorieta de los Santos Mártires bajando hasta el Molino de Martos en lo que hoy es un frío y desangelado paseo.

3. Nueva vía de penetración de El arenal.

 

El proyecto del Balcón del Guadalquivir traerá como consecuencia ganar terreno para el jardín en detrimento de la carretera que conforma el Arco Viario. La construcción del Balcón del Guadalquivir obligará al Ayuntamiento a desplazar el recorrido de la carretera que une los Santos Mártires con la Autovía de Andalucía varias decenas de metros en dirección al Este. En realidad, el nuevo trazado de la vía de salida a la ciudad pasará por la puerta del centro comercial El Arcángel ocupando unos terrenos que, en la actualidad, se dedican al aparcamiento de los coches de la zona. La solución adoptada por el Ayuntamiento de Córdoba no es exactamente la que define el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU). El documento urbanístico, aprobado provisionalmente, establece que los vehículos pasarán por encima de solares que, en la actualidad, se encuentran edificados. El alto coste de esta opción, que precisa de costosas expropiaciones, ha llevado a elegir otra más moderada.

4. El molino de Martos, para entender el río.

 

El proyecto del Guadalquivir no se puede entender sin el proyecto de rehabilitación del Molino de Martos. Definitivamente, la antigua zona de baño de los cordobeses en el río se convertirá en un centro para interpretar la nueva realidad fluvial, la relación de la ciudad con el agua. Se contará con un centro de recreo, un embarcadero, una zona de paseo y el acceso a un paso peatonal sobre el azud de Martos, que se incluye en el proyecto de encauzamiento del río Guadalquivir.
El Molino de Martos ha sufrido ciertos vaivenes desde su primera concepción. Al principio,  se anunció que se crearía un museo hidráulico aunque, al final, tendrá un uso de esparcimiento.
Una de las actuaciones más curiosas en esa parte del río es la instalación de una estatua de Miquel Navarro, un artista plástico valenciano. La escultura se situará aguas abajo del azud. El artista ha explicado que pretende colocar en la zona un conjunto de piezas que generarán la sensación de una trama urbana. El tamaño estará entre los 200 y los 250 metros. En principio, el material utilizado puede ser el hormigón en piezas de diversos tamaños y posiciones.

5. Ampliar el arenal y remodelar el estadio

Un proyecto pendiente es la remodelación del Nuevo Estadio de El Arcángel. Existen anteproyectos que acercan el graderío al césped y, sobre todo, liberan varios miles de metros cuadrados para la creación de una zona comercial. El Ayuntamiento tiene previsto ampliar El Arenal saltando la carretera, para la construcción de una zona de aparcamiento para el recinto ferial.

6. El puente de Miraflores terminado.

 

Puente de Miraflores, obra de los arquitectos sevillanos Rafael Casado, Antonio Herrero y Juan Suárez, que ganaron un concurso en los años 80. El puente es una fina pasarela con dos carriles y un pilar central que, visto desde arriba, tiene forma de barca. Con las modificaciones, el puente se ha acortado, no estará escorado sino que será perpendicular a la Cruz del Rastro, y pierde el museo que se iba a ubicar dentro del pilar central. Se trata de un proyecto básico para salvar el tapón del río.

7. El jardín de Miraflores, terminado.

 

El jardín de Miraflores, según proyecto del arquitecto Juan Cuenca, pone en valor una parte de las orillas del río históricamente muerta o con usos inadecuados.  La entrada en escena de Rem Koolhaas y su Palacio del Sur ha abierto enormes posibilidades a la zona liberando un solar que tendrá un uso a medio camino entre la cultura, el ocio y la construcción de viviendas. El jardín cuenta con esculturas diseñadas y decoradas por Agustín Ibarrola.

8. El Palacio del Sur, firmado el contrato el pasado 31 de Octubre de 2001 con el holandés Rem Koolhaas para que diseñe y supervise su construcción. Por fin empezaron las obras en Agosto de 2005.

 

 

El proyecto ganador del concurso de ideas ha sido contratado con la oficina de Rem Koolhaas, director de OMA, un bufete de arquitectura de prestigio internacional. El edificio, símbolo de la recuperación del río, será una puerta de entrada a Córdoba. En total, el edificio ocupará 35.000 metros cuadrados de superficie, de los que la mitad se dedican a un hotel. Dispondrá de dos grandes salas para congresos y una zona interactiva de 2.000 metros para iniciar al visitante en la historia de Córdoba. Ocupa una parcela de terreno de 6.000 metros cuadrados distinta a la ubicación originalmente prevista. Incluye una amplia zona de ocio.

Ferrovial construirá y explotará el Palacio Sur de Córdoba por 90 millones.

MADRID, 15 (EUROPA PRESS) 15 de abril de 2004, 14:12 

 

Ferrovial se ha adjudicado el contrato de construcción, financiación y posterior explotación del Palacio del Sur de Córdoba, presupuestado en 90 millones de euros, informó hoy la empresa.
Se trata del primer 'Private Finance Initiative' (PFI) -contrato que incluye desde el diseño y la financiación hasta la
explotación de la obra- que se lleva a cabo en España después del correspondiente al Palacio de Justicia de Barcelona.

El Palacio se levantará sobre una superficie de 50.000 metros cuadrados y estará compuesto por un centro de visitantes, un espacio para congresos con dos auditorios, un conjunto de salas polivalentes, un hotel, un aparcamiento y un área comercial y de oficinas.

El centro estará concebido como un edificio multimodal que tendrá también como fin integrar la margen izquierda del río Guadalquivir con el resto de la ciudad andaluza.

La compañía que preside Rafael del Pino ha encargado la redacción del proyecto del edificio al estudio OMA Stedebouw del arquitecto holandés Rem Koolhaas.

Ferrovial prevé arrancar la construcción del proyecto a comienzos del próximo año, convencida de que su ubicación y diseño lo convertirán en un referente arquitectónico de la ciudad que aspira a la capitalidad cultural en 2016.

El nuevo Palacio de Congresos de Córdoba Pedro García del Barrio. ARQUITECTO
El Palacio de Congresos de Córdoba se situará en Miraflores, en la orilla sur del Guadalquivir, frente a la Ciudad Histórica y formando parte de ella.
Su localización responde a consideraciones de orden global evaluadas en diversos documentos, como el Plan Especial del Río o el propio PGOU.
Es interesante citar algunas de estas consideraciones:
- Un Palacio de Congresos debe entenderse como un escenario en el que la propia ciudad aspira a representarse a sí misma, a mostrarse con sus mejores galas ante sus visitantes. Su localización al otro lado del río le permitirá, sin salir del ámbito patrimonial, actuar como mirador sobre la escena?icono, del corazón de la ciudad.
- Un Palacio de Congresos es un vórtice de actividad ciudadana, igual que se pudo afirmar que era escenario, Puerta. También es plaza, lugar de reunión. Punto de referencia para todo el Sur, y al mismo tiempo su imagen en el resto de la ciudad.
- Un Palacio de Congresos debe responder a sus requerimientos de servicio público con un carácter universal, global. Pero al mismo tiempo debe transmitir en clave local, de identidad, de imagen colectiva.
- Un Palacio de Congresos es una Casa de las Ideas. En Córdoba han cristalizado Tres Culturas que han compartido y disputado por las ideas y han compartido y disputado por su territorio y sus arquitecturas.
- Las tres Culturas del Mediterráneo, deben ser el ancla que fije el Palacio de Congresos a Córdoba, le presten sus contenidos y su inspiración. Otra tríada, ésta geométrica, espacial, debe ayudar a darle forma. El Patio, sus adentros, y sus afueras son los conceptos sobre los que organizar su espacialidad y funcionamiento.
- El nuevo Palacio de Congresos podría demandar una sala alternativa con capacidad aproximada para 500 personas, así como una zona complementaria para reuniones con una gran versatilidad y capacidad de adaptación a los distintos requerimientos. Convendrá así mismo disponer de salas para eventos temporales. Por último los espacios para recepción, servicios, restauración, camerinos, administración, logística y aparcamiento completarán el programa.
- Se plantea igualmente la posibilidad de que este Centro albergue un centro permanente que girase en torno a la interpretación y lectura de la ciudad de Córdoba, cuyos contenidos vendrían explicitados en clave virtual y apoyándose en las nuevas tecnologías.
- Un hotel con capacidad y servicios en correspondencia con las instalaciones citadas será el complemento programático ideal, cerrando el ciclo de usos, manteniendo el complejo activo las veinticuatro horas del día, todos los días a lo largo de un año.El concurso se celebró. La dedicación e inteligencia que los convocados desplegaron, nos obsequió con cinco regalos, «delicatteses» extraídas de los mejores fogones del mundo. Cruz Ortíz, Zaha Hadid, Tyo Ito y Rafael Moneo dispusieron sus mejores ideas. El jurado en el que se habían reunido arquitectos, críticos, profesores provenientes de universidades del prestigio de Harvard o el Instituto Tecnológico de Zurich, expertos en gestión de grandes obras, etc., prefirió la propuesta de Rem Koolhaas. Contemporánea, dinámica, provocadora. Anuncia un cambio substancial en los modos de relacionarse el Sur y el Norte del Guadalquivir.
A partir de ahora nuestra particular «rive gouche» deja de ser un lugar subsidiario del otro lado. La presencia del edificio del Centro de Congresos de Córdoba le da un papel protagónico en la ciudad. La inmediata ejecución del Puente de Miraflores y la rehabilitación del Puente Romano cierra un deambulatorio que cose definitivamente los dos lados y consolida el nuevo papel, básicamente patrimonial, del río.

 

El edificio diseñado por Koolhaas, no es un edificio. En realidad es una calle, una plaza, un lugar público contemporáneo. Evidente para nuestros convecinos que lo ocuparán, lo usarán, lo disfrutarán como si siempre hubiese estado ahí. Evidente para nuestros visitantes, que no son distintos de nosotros. Lugar de encuentro, de trabajo, de fiesta, de descanso. Una ciudad comprimida, real, a pesar de su futuro aspecto virtual, porque lo virtual es nuestro cotidiano futuro.
Ocasión habrá de levantar el vuelo sobre el río, abrir el foco hoy centrado en el CCC y ver como en este bienio en el que entramos, las obras adjudicadas, por un importe de 85 millones de euros, y las de próxima adjudicación de 120 millones de euros, nos están desvelando una realidad anunciada, un nuevo río, una nueva ciudad que, apoyada en su pasado, regresa al futuro.
 
9. El Plan Urban tendrá continuidad.

El Plan Urban, prácticamente acabado, ha supuesto la revitalización urbanística y social de la zona interior de la Ribera. No quedará ahí la cosa. Los responsables de Urbanismo han comenzado intervenciones en calles que se dejaron fuera del planeamiento original y pretenden extender sus efectos hacia el Norte, llegando hasta la zona de Capitulares. Se pretende extender el concepto de ribera mediante la habilitación de recorridos y el arreglo de zonas como la calle San Fernando, Capitulares y la manzana de Orive.
 
10. La unión del Alcázar y Caballerizas.

Uno de los proyectos estrella que se reservan para el futuro es una intervención integral en el Alcázar, Caballerizas y el paseo del Alcázar, que discurre entre el Puente Romano y el Puente de San Rafael. Se pretende volver a unir los inmuebles, que fueron separados artificialmente por razones administrativas cuando el Ejército se hizo cargo del depósito de sementales. Se eliminarán las tapias de los jardines y las huertas para realizar un tratamiento integral de la zona que se convertirá en un parque más abierto. La intención es destituir el destrozo realizado cuando se construyó la carretera nacional, que se llevó por delante las antiguas murallas del edificio que llegaban hasta el borde de río. Recientemente se han realizado obras en la zona por valor de 75 millones de pesetas para hacer transitable el paseo. Se valora también redefinir los usos del Alcázar y las Caballerizas.

11. La Calahorra, el Puente Romano y la Puerta del Puente.

 

La Junta de Andalucía prepara ya el convenio para iniciar las actuaciones de recuperación de La Calahorra, que tendrá un jardín acuático a sus pies, para peatonalizar y restaurar el Puente Romano y sacar del olvido a la Puerta del Puente, que quedó semienterrada cuando se construyó la carretera nacional. La Calahorra tiene ya un proyecto de Juan Cuenca y el resto vendrá por concurso de ideas, que incluye la reordenación del entorno de la Mezquita.

12. El Cordel de Écija, el barrio de la nueva generación.

 

 

La arquitecta Auxiliadora Gálvez ha preparado un proyecto de 1.000 viviendas en casas de siete plantas que se alejan de la típica imagen de los bloques de pisos para el Cordel de Écija. Los edificios tienen forma espigada e irregular y adoptan una relación distinta con el espacio público llegando a volar sobre el río. Se trata de un proyecto de apartamentos para profesionales cualificados (la cercanía de los hospitales de Menéndez Pidal lo sitúa en un lugar estratégico), estudiantes y personas que no quieran los corsés tradicionales, como solteros, familias monoparentales y profesionales con trabajos temporales. La primera fase comenzará en el primer cuatrienio del PGOU y, si se lleva a cabo, romperá las formas tradicionales de construcción en Córdoba.
En la actualidad se están llevando a cabo actuaciones de «fachadización» en la ribera norte, para convertir en fachada principal lo que antes eran fachadas traseras.

13. Los pasos fluviales de aguas abajo.

El Plan General prevé la construcción de dos puentes aguas abajo. Uno es el Puente del Botánico, ligado a la urbanización del Cordel de Écija, y otro el de Huerta de Cabritera, cuya construcción es más una previsión de futuro que una realidad a corto plazo. Tendrán como misión diversificar los pasos del río, tradicionalmente centrados en el puente de San Rafael y conectar la realidad del Sector Sur con la zona de Poniente, un gran área residencial y de servicios con la Universidad, el Reina Sofía y el futuro hospital privado de alta tecnología.
 
14. El puente de la Torrecilla o Puente de Andalucía, terminado.

 

Las obras de la ronda de Poniente, cuentan en su primera fase, ya terminada, con la construcción de un puente colgante en La Torrecilla. La infraestructura es determinante para el tráfico de toda la ciudad puesto que evita tener que recorrer el centro comercial para entrar o salir de Poniente, mayor zona de expansión inmobiliaria. Se trata de una demanda histórica de la ciudad, hoy hecha realidad, que cambia definitivamente la forma de gestionar el tráfico de una ciudad dividida por el agua del río.

 

 

Historia de Jaén

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Historia de Jaén

1. Jaén, la ciudad andalusí

Quinientos años de presencia musulmana, desde el siglo VIII hasta el XIII, han dejado una huella imborrable en la arquitectura y organización urbanística de los pueblos y ciudades de Jaén.
En la época Al-Andalus, los judíos establecidos en la ciudad viven una época de tranquilidad donde la ordenación del estado musulmán les permite asumir altos cargos. Gracias a ellos y al papel mediador desempeñado, en la Edad Media hispanoárabe se produce el florecimiento de la poesía y la música sefardí.

Durante la dominación árabe se fijan las líneas del desarrollo urbano de Jaén, convirtiéndose en una plaza fortificada que jugará un enorme papel en las luchas internas de este período histórico.

En 1232, Muhammad B. Yusuf b. Al-hamar se proclamará rey de Jaén hasta que en la primavera de 1246 establezca un pacto de vasallaje con Fernando III ’El Santo’, rey de Castilla y León, por el que le cederá la ciudad a cambio de poder mantener el reino nazarí de Granada. A partir de este momento, la antigua Yayyan musulmana pasará a formar parte definitivamente de la corona castellana.

Es en el siglo XIV cuando la convivencia pacífica entre musulmanes, judíos y cristianos se rompe. La persecución de las religiones ajenas al cristianismo produce la conversión obligada del judaísmo y del Islam. Esta gran conversión de religiones provoca a su vez que se establezca en Jaén el tercer Tribunal de la Inquisición de España, tras los de Sevilla y Córdoba.

La toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492 significará la expulsión definitiva de España de musulmanes y judíos.

2. Jaén, la ciudad medieval y cristiana

En la primavera de 1246 y tras ser sometida a varios cercos, Alhamar, rey musulmán de Jaén, entrega la ciudad al rey Fernando III, con lo que Jaén se queda en manos cristianas.

Fernando III convierte al culto cristiano la mezquita Aljama, ordena la construcción de un nuevo Alcázar cristiano (actualmente se trata del Castillo de Santa Catalina ) y el traslado de la sede episcopal desde Baeza hasta Jaén. En este período la ciudad incrementa su pujanza como capital del reino y obispado de su nombre.

Entre 1460 y 1473, Jaén está bajo el mando de Don Miguel Lucas de Iranzo, Condestable de Castilla bajo el reinado de Enrique IV. Bajo el gobierno de Iranzo se inicia una reforma urbanística de la vieja ciudad medieval, allanando y ensanchando las calles y las plazas. Comienza así, el proceso de construcción de la futura ciudad renacentista.

3. Jaén, la ciudad moderna

El siglo XVI es la época del renacimiento económico español en el que Jaén ocupa un lugar privilegiado. La ciudad sufre un ascenso demográfico considerable que supone que en 1587 Jaén cuente con 22.380 habitantes y que se configure como una de las ciudades más importantes de Castilla, con representantes y voto en Cortes.

La economía de Jaén se fundamenta en las cosechas de cereales que llevan a la construcción de un gran “ pósito ” o almacén comunal del grano, ubicado en la plaza que aún hoy lleva su nombre. No menos importantes son también la industria de curtido de pieles y el sector artesanal, unas de las más destacadas a nivel estatal.

Todos estos factores acaban consolidando a Jaén como capital administrativa y política de su reino.

La nueva catedral renacentista es una de las construcciones que muestran el esplendor artístico que vive Jaén en esta época, catedral promovida por el cardenal Merino y construida por el arquitecto Andrés de Vandelvira. Poco a poco la ciudad se va adaptando a este nuevo foco cultural y los aledaños de la catedral se convierten en la zona de residencia de los artistas y de las clases sociales acomodadas.

Sin embargo, en los comienzos del XIX, la Guerra de la Independencia vuelve a convertir la ciudad en una plaza fuerte de interés logístico y estratégico, que al final trae consigo una inevitable decadencia económica de la que Jaén no se recuperará. La ciudad se convierte en una capital provinciana con una endeble economía basada en la actividad agraria, la administración y los servicios.

Será a partir de 1960 cuando Jaén inicie un notable crecimiento que acabará por transformar por completo su casco urbano.

4.- Jaén, tierra de Íberos

Las primeras pruebas de la existencia del mundo ibérico en Jaén datan del siglo VI a.C.
Consultando fuentes clásicas, se sabe que Jaén estuvo dividida bajo la influencia de los pueblos oretanos y turdetanos, territorios sobre los que los romanos establecerían más adelante los límites entre los tarraconenses y los béticos, aunque se han encontrado indicios sobre la existencia de un tercer núcleo ibérico independiente, los mentesanos.

Los restos arqueológicos encontrados muestran el modo de vida de las gentes que ocuparon la región de Jaén. El trabajo comunal y probablemente el uso de esclavos públicos, se tradujo en un excedente de producción que reinvertían en las estructuras familiares y en los propios oppidum (asentamientos poblacionales), pero también provocaron unas fuertes diferencias sociales, que se aprecian en los distintos tipos de ajuares funerarios encontrados (unos con más riquezas que otros) y en los propios restos de las oppidum, que demuestran que unos eran dominadores y otros dominados.

Según los estudios de los historiadores, Oretania, región de los oretanos, habría ocupado la parte norte de Jaén, mientras que La Bastetania, a la que pertenecían los turdetanos, debió ocupar las zonas más al sur.

jaén: Historia .


Los orígenes de Jaén se remontan, según la arqueologia, a la etapa calcolítica, destacando el yacimiento de Marroquíes Bajos, una macroaldea organizada en cinco círculos concéntricos, con un sistema de empalizada y fosos de agua en cada uno de los círculos, y una superficie que oscila entre las 30 hectáreas seguras y las 100 probables.

Durante la etapa protohistórica destaca el oppidum ibérico de Puente Tablas, que fue abandonado antes de las Guerras Púnicas. Otro núcleo ibérico se estableció en la falda del Cerro de Santa Catalina, que fue tomado por Publio Cornelio Escipión durante la Segunda Guerra Púnica, pasando a ser una "ciudad" estipendiaria, es decir, bajo vigilancia militar y tributo debido a su apoyo a Cartago.

Durante el final de la república y principios del Imperio Romano, la ciudad fue romanizándose hasta que el emperador Vespasiano (69-79) o tal vez su hijo Tito (79-81 que le dieron el rango de municipio con derecho latino, conociéndose en adelante como Municipio Flavio Aurgitano o Aurgi.

Tras la etapa romana y visigoda, Aurgi pasó a ser sometida durante la invasión árabe, durante la cual recibió el nombre de Yayyan, "cruce de caravanas". La victoria de los cristianos en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212) supuso la apertura del valle del Guadalquivir para los ejércitos cristianos. De esta forma, la ciudad fue reconquistada por el Reino de Castilla bajo el reinado de Fernando III el Santo a través de un pacto de vasallaje con el rey nazarí de Jaén, Muhammad I (nacido en Arjona y quien ordenó levantar la Alhambra de Granada), en el año 1246, con el nombre de Iahen, que daría lugar al topónimo actual.



En los años siguientes, hasta la conquista de Granada, Jaén tuvo un papel importantísimo en la lucha con los musulmanes del sur. De hecho sufrió varios intentos de asalto y dos saqueos importantes, uno en 1300 y otro en 1369. Tal fue la importancia de la plaza jiennense que el Rey de Castilla Enrique II otorga a Jaén el título de «Muy noble y muy leal, guarda y defendimiento de los reinos de Castilla», dotándola a su vez de un Concejo propio y Cabildo, privilegios que se verían acrecentados con la llegada a Jaén del Privado del rey Enrique IV, el Condestable Don Miguel Lucas de Iranzo al cual están dedicadas las fiestas patronales de la ciudad.

 


Conquistada Granada en 1492, Jaén cae en un lento y paulatino declive, del que se recupera en el Siglo XVII en que en la ciudad se crea un potente gremio de artesanos que favorecieron el comercio interior y exterior. Jugó un papel importante en el plano cultural, social y militar en la conquista y asentamiento en la América Hispánica.

Importantes serán las luchas agrarias que se desarrollarán a comienzos del siglo XX y hasta el fin de la guerra civil, protagonizadas por los jornaleros sin tierra, donde el socialismo crecerá como en ningún sitio. Durante la Dictadura, hasta entrados los años 50 no consiguieron eliminar la resistencia de los maquis en las sierras jiennenses.

A partir de los años 60, Jaén se convierte en un polo de desarrollo y comienza a centralizar la actividad economica de la provincia, ganando cada vez más poder de atracción y superando a Linares como referente económico de la provincia.

Actualmente, Jaén es una ciudad próspera, industriosa, administrativa, universitaria, de servicios y en pleno proceso de expansión, pero también con una gran actividad agraria basada en el monocultivo del olivar.

 

Es, quizás, la ciudad más desconocida de Andalucía y, sin embargo, guarda entre sus calles y plazas un importante patrimonio cultural. Merece la pena recorrerla despacio y saborearla con calma, pero siempre después de atraparla en un solo vistazo, abarcándola con la mirada desde el castillo de Santa Catalina (de 9 a 14 h y de 17 a 21 h. Entrada: 3 €), que se acomoda sobre la colina bajo la que se extiende Jaén, la capital mundial del aceite, tal y como nos recuerda el mar de olivos que envuelve sus límites. La fortaleza es de origen árabe, aunque fue modificada y ampliada tras la conquista de Fernando III. En ella destacan su torre del Homenaje, aljibes, barbacanas, y un Parador (953 23 00 00. Hab. doble: desde 135 €) tan monumental como el propio castillo en el que se ubica. Desde su piscina, junto a la piedra exterior, se consigue una gran calma, que se expande después por el interior bajo los arcos cruzados, a 20 m de altura, de su salón principal. Toda una invitación para descubrir Jaén, una ciudad que gozó de un gran auge económico durante la época romana y el dominio árabe.

Toma como punto de partida el castillo, te resultará muy fácil acceder al monasterio de Santa Teresa, que guarda con celo una de las copias manuscritas del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, que compite en fama con la estupenda repostería que desde su obrador elaboran las monjas de clausura.

Nuestra siguiente recomendación es que te dirijas hacia la plaza de Santa María, donde se alza la joya más preciada de Jaén, su Catedral, construida entre los siglos XVI y XVIII siguiendo las instrucciones originales del maestro del Renacimiento jienense, Andrés de Vandelvira. Antes de nada, admira su fachada, con un gran cuerpo de columnas corintias, y después su interior. Su Capilla Mayor acoge el lienzo del Santo Rostro, el mismo que, según la tradición, ofreció la Verónica a Jesucristo y en el que quedó impresa su faz.

El Ayuntamiento y el Palacio Episcopal completan el conjunto arquitectónico de la plaza de Santa María que da acceso, por la calle Maestra, a la antigua judería de Jaén. A pocos pasos verás una hornacina con el Cristo del Amparo que, por lo visto, se apareció en esa misma pared a un grupo de judíos que intentó profanar una procesión. Las leyendas e historias de judíos conversos se suceden en esta calle, comercial desde tiempos inmemoriales, y que se une con la calle Arco del Consuelo, típico adarve musulmán donde abren sus puertas las tascas con más solera de la ciudad. Entre ellas, La Manchega –no te pierdas sus líos (corazones de alcachofa, anchoa y mayonesa)– y El Gorrión, con sus vinos añejos, ensaladas de tomate de la huerta y aceitunas aliñadas.

Volviendo a la calle Maestra, continúa hacia el barrio judío por la calle de Martínez Molina. En la calle de San Andrés encontrarás la iglesia del mismo nombre, que conserva detalles de su pasado judío, cuando era una austera sinagoga. Para conocer más en profundidad el entramado urbanístico del barrio, cruza el callejón del Gato para pasear después por un conjunto de calles que sólo cuentan con tres salidas al exterior, al estilo de las juderías españolas en las ciudades hispano-musulmanas.

Para el final te hemos reservado uno de los platos fuertes que ofrece Jaén. Sólo tienes que dirigirte de nuevo a la calle Martínez Molina y continuar hasta la plaza Santa Luisa de Marillac, más conocida como la plazoleta del Pato, en alusión a la fuente que la preside. Aquí se alza el palacio de los Condes de Villardompardo (de martes a sábado, de 9 a 20.30 h. Domingos, de 9.15 a 15 h. Entrada gratuita), un edificio del siglo XVI que alberga el Museo de Artes y Costumbres Populares y el Museo Internacional de Arte Naïf Manuel Moral, único en su género en España, en el que se exponen más de 400 obras de artistas españoles y extranjeros. Su contrapunto perfecto son los magníficos Baños Árabes –o Baños de Alí–, de la época califal, también en el interior del palacio. En esencia, un extraordinario ejemplo de edificaciones civiles musulmanas que consiguió en 1984 el Premio Europa Nostra de Restauración. Una última visita: el Museo Provincial (Paseo de la Estación, 27. Gratis), en el edificio que antes ocupaba el antiguo pósito. ¿Su tesoro más preciado? La colección de arte ibérico.

ESTE ACEITE ES PURO ORO 

A la hora del desayuno, sobre pan crujiente. Pero también para aderezar un buen postre. Cualquier momento del día es bueno para saborear el estupendo aceite de oliva virgen extra que se produce en Jaén. Líquido dorado que siempre está presente en la carta de Casa Antonio (953 27 02 62. Precio medio: 50 €), que combina cocina tradicional e imaginativa. Prueba su salteado de foiegras con manzana y Oporto, o el gazpacho de habas frescas. Otra referencia gastronómica es El Horno de Salvador (953 23 05 28. Precio medio: 36 €), en una acogedora casita de ambiente familiar. Sus especialidades son el lomo de jabalí y gamo, y las perdices estofadas. Su vecino más próximo es el Parador, cuyo restaurante se decanta por las recetas de toda la vida: ajoblanco, ensalada de perdiz y espinacas a la jienense (con huevo).EL REINO DE GRANADA

 

Granada-Albayzin-Alhambra

Granada

Es una ciudad situada en el sur de España, junto a Sierra Nevada, el macizo montañoso mas alto de la península iberica, a unos 50 km del pico mas alto, el Mulhacen (3.483m.) Y a unos 60 Km de la costa mediterránea. Esta rodeada por el este y norte por montañas, mientras que por el sur y oeste se abre a la "vega", llanura agrícola de tierras fértiles.

 

Plaza Nueva

    Su poblamiento data desde antiguo hay vestigios desde prehistóricos, pasando por iberos, romanos, y de todas las civilizaciones que han pasado por la península ibérica. La ciudad o la capital de la zona, como tal ha sufrido múltiples cambios desde una unos primeros asentamientos Iliberri, Iliberis, hasta Garnata,, situadas en la colina que hoy es el Albayzin, salvo un periodo, Medina Elvira, situada en la vega en zonas mas o menos próximas a Sierra Elvira, cerca de lo que hoy es el pueblo de Atarfe.

 

El Albayzin

    Hoy dia es un barrio situado en la parte noreste de Granada. Esta situado en una colina soleada y elevado sobre la ciudad.

    Si bien se conocen vestigios de diferentes civilizaciones, ibérica, asentamientos romanos, etc,. Lo que conocemos se configura a partir del siglo XI, el primer rey Zirí de Granada, Zawi ben Zirí, traslada su capital desde la vega a la colina del Albayzin y lo fortifica. La estructura del barrio es árabe con gran cantidad de callejuelas estrechas, formando una tela de araña, en la que seria difícil orientarse sino fuese por la inclinación de la colina, semejante a la "medina" de cualquier ciudad árabe.

 

Albayzin visto desde la Alhambra

    Hoy dia este planteamiento esta muy modificado por la apertura de calles mas anchas plazas, la construcción de iglesias y conventos y todo el proceso de desarabización que se inicio con la expulsión de los moriscos. Sin embargo el barrio sigue conservando algunos restos iberos, romanos, muchos restos árabes y mantiene un sabor antiguo y agradable , combinado esto con su estructura en colina y con las maravillosas vista que tiene sobre la Alhambra, el Generalife, el río Darro, Sierra Nevada y la ciudad de Granada, le han dado una gran fama y popularidad.

 

La Alhambra

    Es un recinto emplazado en una colina, junto al río Darro, sobre la ciudad de Granada, que albergó una ciudad, que contenía unos Palacios Reales, y cuyo conjunto esta fortificado para su defensa. Estos tres factores: ciudad-palacio-fortaleza, condicionaron y dirigieron su nacimiento y desarrollo. El nombre de Alhambra procede del color rojo de sus muros, en árabe Al-Hamrá, construidos con la arcilla del propio terreno.

 

Vista aerea de la Alhambra 

   Es uno de los palacios mas importantes de la arquitectura islámica. El complejo esta formado por los Jardines, los Palacios y la Alcazaba árabes y el palacio de Carlos V. En una colina próxima se encuentra el Genaralife, pequeño palacio rodeado de unos hermosos jardines.

    La construcción de la Alhambra la inicia Mohamed I (1.238-1.273), primer sultán de la dinastía Nazarí, comenzando por la Alcazaba. Sus sucesores continuaron la construcción y el embellecimiento de la ciudad-palacio. Mohamed II (1.273-1.302) concluyo el recinto amurallado. Yusuf I (1.333-1.354) y Mohamed V (1.354-1.359 y 1.362-1.391) construyeron la mayor parte de los palacios reales que hoy se conservan.

    Los palacios es tan agrupados de forma irregular, las distintas estancias se comunican por patios o galerías. Entre las zonas mas importantes destacan: el Mexuar, el Patio de los Arrayanes, el Salón del Trono, el Patio de los Leones, el Partal, los Baños, etc,.

 

l Reino Ziri Granadino.

    Al desaparecer el Califato de Córdoba y declararse independientes los gobernadores de los distritos, la España musulmana perdió su unidad política. Estos gobernadores eran señores árabes, jefes bereberes y clientes eslavos., formaron reinos independientes, llamados reinos de taifas, y se agruparon en 2 partidos, que durante el siglo XI, lucharon por la hegemonía del islam español. Uno, el partido nacional, acaudillado por los monarcas abbadies de Sevilla, estaba integrado por celtarromanos, árabes, eslavos y bereberes españolizados, unidos por un sentimiento común de profundo odio al bereber. El otro partido, el africano, formado por bereberes traídos por los califas como tropas auxiliares, que no habían llegado a españolizarse, gobernados por los hammudies, se llamaron califas y residieron en Córdoba, formando mas tarde reino independientes en Málaga y Algeciras, a partir de este momento la jefatura de este partido paso al monarca ziri granadino.

    A principios del siglo XI, Zawi ben ziri logra en feudo el distrito de Elvira, y de acuerdo con la ciudad, seriamente dañada en 1.010, deciden trasladarla a una posición mas defendible, trasladandose a Granada, a lo que hoy es el Albayzin, fortificandolo. Pocos años después embarco en Almuñécar con su familia y sus inmensos tesoros hacia África.

 

Puerta de Elvira

    Le sucede su sobrino Habús ben Maksan que gobernó hasta 1.038, gracias a su ministro Samuel ben Nagrela, dejo un reino floreciente y bien administrado.

    Le sucede su hijo Badis, es la época de mayor esplendor del reino ziri granadino, se anexiono Málaga y Baeza. Muerto en 1.073.

    Le sucede su nieto Abd-Allah, que gobernó hasta 1.090, año en que fue depuesto por los Almorávides.

 

    Dado lo expuesto al principio, es fácil explicar que los Ziries no confiaran en sus súbditos de árabes, para la administración ni el gobierno, y como los súbditos bereberes eran rudos e ignorantes poco capacitados, tuvieran judíos por ministros, de los que había una numerosa población. Así Habús designo ministro a Samuel ben Nagrela, erudito, experto en administracion, dominaba varios idiomas y hábil político,. Y Badis a su hijo José ben Nagrela. El poder de los judíos provoco muchas envidias por parte de la población bereber, el 30 de diciembre de 1.066, a instancias de Abu Ishaq de Elvira se provoco un progrom y fueron asesinados José ben Nagrela y 3.000 judíos granadinos.

    En cuanto a la cultura, los bereberes, no se preocuparon de la poesía, no hubo corte literaria como en otros reinos de la época. Tampoco tienen un arte propio, aunque dejaron numerosas construcciones de carácter militar, de estilo califal.

    En tiempos de Habús , se levantaron los alminares de la mezquita mayor y de la de Almurabitin, también fortificaciones, el arco de la Puerta de Elvira, la Puerta de Hernán Román.

    En tiempos de Badis y Abd-Allah, se atribuye la Puerta de los Tableros, en el río Darro, y la mezquita Almanzora. Abd-Allah completó la cerca de la medina de Granada, mediante un paño de muralla unió la puerta de los Tableros con Torres bermejas.

    Hoy, se conserva el arranque de la puerta de los Tableros, el Bañuelo, el alminar de la mezquita Almurabitin (campanario de la iglesia de San José) y la muralla desde el Arco de las Pesas hasta la puerta de Monaita.

 

                    Alminar de San José                            Bañuelo

 Los Almorávides.

    Desde la toma de Toledo, 1.085 y ante la presión y exigencias de Alfonso VI, los reyezuelos Almutamid de Sevilla , Almutawakkil de Badajoz y Abd allah de Granada, solicitaron ayuda al sultán almorávide Yusuf Ibn Tasfin, señor del Magreb. Los almorávides con capital en Marrakech, eran nómadas saharianos de origen bereber, de la familia "sanhaya ", muy diferentes a los príncipes musulmanes de España, llevaban velo como sus hermanos tuareg y eran defensores intransigentes de la pureza de la doctrina "maliki".

    Yusuf vino tres veces a la península, la tercera indignado por los convenios de los reyes de taifas con el rey cristiano, en 1.090 depuso a los emires considerados traidores al islam. Tomo Granada, deponiendo a Abd allah y enviandolo a Marruecos y Almería sin oposición , sitio Sevilla 1.091. Después Badajoz y Lisboa, 1.094. Solo resistió el Cid en Valencia, pero a su muerte la conquisto 1.102. Posteriormente le cedieron Zaragoza. Le sucedió su hijo Ali.

 

Arco de las pesas (foto autor)

    Un hecho destacado durante la dominación almorávide fue la expedición de Alfonso I el batallador a Andalucía en 1125 y 1126, que llego a contemplar Granada desde la alquería de Nivar, atravesar la Alpujarra a y llegar a Vélez Málaga, sin que lograran parar su avance. Su correria dio ocasión a que numerosos mozárabes residentes en el itinerario de la expedición se trasladaran a tierras cristianas.

    La España musulmana vivió unos decenios de prosperidad. Los almorávides impusieron la defensa de la ortodoxia religiosa y cierta pureza de las costumbres. Al contacto con la población de Al-andalus sus incultos generales, se refinaron y rodearon de eruditos y filosofos. Poco a poco se dedicaron a la buena vida; esta decadencia moral junto al declive militar, la presión de los castellanos y aragoneses, mas los problemas con la población andaluza por el radicalismo religioso, crearon un clima de oposición que en tiempos de su hijo Tasfin se tradujo una revuelta que dio paso al segundo periodo Reinos de Taifas, durante unos 30 años, surgieron nuevos reyes en Córdoba, Málaga, etc.

 

Puerta de Monaita

    Los almorávides no tuvieron un arte propio en España, se le atribuyen la construcción de dos de las puertas de la muralla, la Puerta del ensanche o Arco de las Pesas y la de la Erilla o Monaita. No hubo importantes poetas almorávide.

 

 EL REINO DE GRANADA

Los Almohades.

    Procedían de otra familia bereber los "masmuda " opuesta a la de los almorávide. Eran defensores de la unicidad del dogma y la austeridad en los gustos. Eran sedentarios vivían en las montañas del sur de Marruecos, tras muchos años de guerras, conquistaron todo el Magreb en 1.147, Abd al Mumin.

    Entran en la península en avance lenta, conquistaron Sevilla en 1.147, Córdoba en 1.149, y Badajoz en 1.150. No llegan a someter Valencia controlada por Ibn Mardanis, quien llego a controlar el sureste español incluida Granada, hasta 1.172.

 

Alcazar Genil 

   El segundo califa, Abu Yaqub restauró el imperio español de los almorávides. Hubo unos años de prosperidad, se engrandecieron algunas ciudades como Sevilla y Córdoba. Reanudaron la guerra santa. El tercer califa, Al Mansur venció a Castilla (Alfonso VIII) en Alarcos en 1.195. Ante la fuerza de los musulmanes en 1.211 el Papa Inocencio III, proclamo una cruzada, que derroto a su sucesor Mohamed Al Nasir en 1.212 en las Navas de Tolosa. A partir de aquí cae el poder almohade, también socavado por guerras internas en Marruecos y por el descontento del musulmán español, por el rigor religioso y los grandes impuestos.

 

Bandera Almohade  (Navas de Tolosa)

    De nuevo Al Andalus se divide en pequeños principados, mientras Fernando III, el santo y Jaime I, el conquistador , organizaban la reconquista. En 1.225 toman Murcia y Sevilla. En 1.227 una gran sequia trae el hambre y se producen grandes revueltas. Surgen varios caudillos, entre los mas importantes tenemos a Ibn Hud que ya en 1.217, controla primero Murcia, luego Sevilla y el resto de la España musulmana y Zayan Ibn Mardanis que controla Valencia. Posteriormente Ibn Hud es derrotado por los cristianos y cae en desgracia. Finalmente surge Ben Alhamar en Arjona, que disputa a Ibn Hud la primacía. Pero ante la conquista de Valencia por los cristianos y la repentina y misteriosa muerte de Ibn Hud en Almería, queda como campeón único de la causa española.

    El arte almohade produjo brillantes manifestaciones como la mezquita al Taibin o de los penitentes cuyo alminar se conserva como campanario de la iglesia de San Juan de los Reyes, el palacio al Dar al Bayda o de la Lona, ambos desaparecidos, fuera de la ciudad el Qsar al Sayid o Alcázar Gen

EL REINO DE GRANADA

Nazaríes.

    Como una de las taifas post-almohades y la única que sobrevivió a las conquistas cristianas del siglo XIII, surgió el reino nazarí de Granada.

 

    En el año 1.232 los habitantes de Arjona proclamaron sultán a Mohamed ben Yusuf ben Nasr ben Alhamar (el rojo), quien decía ser descendiente de uno de los compañeros de Mahoma, apoyado por su familia los banu Nasr (nasries o nazaritas) y sus parientes los Banu Asqilula y los al-Mawl, extendió su autoridad a Jaén y Porcuna y posteriormente a Guadix y Baza. Mientras Sevilla, Córdoba y Granada son fieles a Ibn Hud. Al morir éste, los personajes notables de Granada decidieron proclamar a Alhamar. Al atardecer de un día de mayo de 1.238, acampo en la vega granadina, penetró en la Medina, subió a la mezquita vieja, al- Murabitin y a petición de los jeques granadinos dirigió la oración de la tarde. Esa noche durmió en el alcázar que el ziri Badis había construido.

 

    El periodo nazarí es el mas importante del reino de Granada, gracias a una hábil diplomacia agrupo a las provincias de Granada, Málaga y Almería, recibiendo el éxodo de los andalusíes, cuyas tierras eran conquistadas por los cristianos, esto produjo una importante densidad de población y una intensificación productiva.

 

    En general el reino nazarí es un reino débil que se mantiene gracias a pactos y componendas, firman y rompen pactos continuos y sucesivos con los diferentes reinos cristianos o con los marinies del Magreb según las circunstancias, a veces extraños como cuando ayudan a Fernando III en la conquista de Sevilla. Ademas nunca es del todo independiente pues durante la mayor parte de los aproximadamente 250 años de persistencia existen tropas regulares de los marinies que no obedecen al sultán granadino.

    También fue un reino bastante convulso lo cual prueba que la mayoría de los 23 sultanes mueren asesinados por miembros de su familia, parientes o clanes rivales.

 

Patio de los Leones 

   Se pueden señalar seis periodos en la evolución política del reino nazarí:

    1- Su constitución, entre 1.232 ó 1.237 y 1.309 (desde Mohamed I a Mohamed III).

            2- Primera crisis, entre 1.309 y 1.333 ( desde Nasr a Mohamed IV)

            3- Su apogeo, desde 1.333 a 1.391 (desde Yusuf I a Mohamed V).

            4- Decadencia desde 1.391 a 1.464 (desde Yusuf II a Sad)

            5- Efímera recuperación, desde 1.464 a 1.482)

            6- El final desde 1.482 a 1.492, últimos años de Muley Hacen, guerras civiles y las conquistas cristianas de Málaga (1.487), Almería (1.489) y Granada.

Este rincón andaluz, donde se asienta la provincia de Huelva, ha sido punto de encuentro de diferentes culturas y civilizaciones: desde los míticos Tartessos hasta el Imperio Romano, las colonizaciones fenicias o el asentamiento de culturas como la árabe, dieron esplendor al sur peninsular. La provincia de Huelva es un auténtico‚ crisol en el que se funde lo que hoy es la realidad andaluza. De esa maravillosa mezcolanza de gentes y de culturas ha surgido el carácter afable de sus habitantes, la riqueza de sus tradiciones y esa especial tendencia a sentir como propios, nunca como extraños, a quienes han venido llegando en cualquier época o momento histórico a esta apacible región meridional.

 

LA HUELLA ARQUEOLÓGICA TARTESSOS Y LAS CULTURAS PRERROMANAS DE ROMA A LOS REINOS DE TAIFAS. EL CONDADO DE NIEBLA EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA LA EDAD MODERNA Y LA CONFORMACIÓN DE LA PROVINCIA DE HUELVA LA MINA Y EL DESARROLLO INDUSTRIAL LA ALTERNATIVA VERDE. AGRICULTURA, TURISMO Y CONSERVACIÓN

 

 

LA HUELLA ARQUEOLÓGICA

De la antigüedad del poblamiento en el suroeste peninsular dan buena cuenta los hallazgos arqueológicos que se han realizado en todo el territorio onubense. Bifaces achelenses aparecidos en los yacimientos paleolíticos de La Dehesa, El Monturrio o La Antilla, vienen a confirmar la presencia humana en el territorio provincial desde la más remota prehistoria. A fines del Neolítico, con la llamada Edad del Cobre, el fenómeno megalítico es quizás el primer esplendor de estas tierras. Es en estos tiempos, cuando el metal empieza a trabajarse, las piritas cupríferas de la Cuenca Minera onubense comienzan a explotarse y el beneficio del mineral queda presente en yacimientos como los de Cueva de la Mora, en Jabugo, al norte de la provincia, o en Papa Uvas, un poblado al borde del mar cerca de Aljaraque, en el sur. La evolución en los trabajos del metal se constatan también‚ ya entrada la Edad del Cobre, a lo largo y ancho de la provincia. Cobre Pleno en el Cabezo de los Vientos o Cobre Final en los enterramientos en cista de Zufre no hacen sino constatar muestras de progreso en esta región meridional. El fenómeno megalítico es especialmente significativo a lo largo de toda la provincia de Huelva - el Museo Provincial muestra gran cantidad de piezas y objetos de esa clase-. Fabulosas construcciones funerarias, los dólmenes, se reparten por la provincia de Huelva y especialmente por la franja pirítica y los campos de El Andévalo‚. Toda la cabecera del río Tinto está sembrada de estas enormes piedras recubiertas posteriormente con tierra para así salvaguardar los enterramientos de saqueadores y profanadores. Los dólmenes de la Vía en Zalamea La Real, de la Canina en El Campillo, la Tumba del Moro en Berrocal, la Lancha en Nerva o la Adelfa en Zufre se enmarcan en zonas ricas en metales o muy próximas a ellas. Zonas costeras, producto de colmataciones cuaternarias y por tanto más recientes y exentas de riqueza mineral, también fueron pobladas por estas gentes del Bronce. En una visita al Dolmen de Soto, tan cerca de la zona costera, sorprende comprobar cómo piedras tan enormes y pesadas pudieron, durante estos remotos tiempos, ser trasladadas desde lugares que, por lo menos, distarían varias decenas de kilómetros, en línea recta, desde su probable lugar de procedencia. Son estos vestigios de la presencia en la península de antiguas culturas, fuentes inapreciables para el estudio de la historia y de los parajes cautivadores para los aficionados a recorrer senderos y caminos. Una lógica evolución en el conocimiento de los metales, por contacto con los hombres de otras procedencias, hace que la aleación del cobre y el estaño nos traslade a la que se conoce como Edad del Bronce. Más desarrollada, con materiales mejor terminados y de innovadoras concepciones técnicas, está presente en Huelva en yacimientos como los de La Vega de Pedro Benítez y Arroyo Piernaseca en Santa Bárbara en los descubrimientos de Las Mingorreras en El Cerro de Andévalo. También Nerva, Valverde del Camino o el pantano de Aracena son buenos ejemplos de la época del bronce final. Tanto estos yacimientos como los de Alájar o Cabezas Rubias preludian la cultura prerromana más importante de Europa Occidental, los Tartessos. La oscura y mítica civilización de cuyo esplendor nos hablan los clásicos y los libros sagrados de la Biblia.

TARTESSOS Y LAS CULTURAS PRERROMANAS

Entre la leyenda y la referencia bíblica - el Tharsis del Libro de los Reyes -, Tartessos contacta con el mundo griego a mediados del siglo VII a.C. Encontramos referencias, envueltas en magia y mitología, en los textos de Estrabón, quien habla de los turdetanos como descendientes de los tartessios, siendo frecuente encontrar citas griegas apelando al rey Habis, grande y justo, a quien se atribuyen las primeras leyes, o a otro gran rey, Argantonios, del que se cuenta que desarrolló la agricultura, o Gerión, hijo de dioses que surgieron del Atlántico, o quizás de la Atlántida perdida, el continente que surgió tras el hundimiento de otro aún más remoto. Leyendas, tradiciones y mitos movieron a no pocos románticos a buscar en estas tierras, entre el Guadiana y el Guadalquivir, tesoros de valor incalculable que se atribuían a estos personajes, mitad dioses y mitad reyes de la rica Tharsis o Tartessos. Queda claro en todo caso, y está contrastado arqueológicamente, que en estas tierras floreció una avanzada cultura gracias al contacto del elemento indígena o autóctono, dedicado al pastoreo y la agricultura, con otros orientales, fenicios, resultando de ello una relevante cultura metalúrgica y comercial en los albores del bronce final. Resultado de las excavaciones realizadas en los últimos años, descubren núcleos de población dedicados a la fundición de metales preciosos y bronce, viviendas de planta circular u ovalada, anejas a zonas de trabajo próximas a bosques y arroyos, de donde se extraería toda la madera necesaria para los hornos de fundición. Nuevamente debemos de asomarnos al Museo Provincial de Huelva para poder apreciar el valor, sobre todo estético y testimonial, de esta antigua civilización. En la capital de la provincia aparecen estigios agrupados - en toda la zona alta de la ciudad, incluyéndose la Necrópolis de La joya - que nos permiten hablar de la elección de este lugar, entre ríos y elevado sobre los pequeños montículos de margas Y calizas denominados vulgarmente 'cabezos' como centro o, al menos, como importante comunidad de fundadores tartessios. La localización geográfica en las proximidades de las minas de cobre, una buena comunicación con el estaño atlántico y emplazamiento a la salida del Mediterráneo sitúan a Huelva en la mitad del camino entre los productores de estaño y los consumidores mediterráneos de bronce. Al noreste de la capital de la provincia, donde las fértiles tierras de El Condado casi alcanzan la franja pirítica, aparece el yacimiento, visitable, de Tejada la Vieja. Se cumplen aquí los par metros arriba indicados. Este importante yacimiento arqueológico está enclavado en una zona actualmente despoblada, lejos de centros urbanos, lo que ha permitido excavar el yacimiento en toda su extensión y recuperar los modos de vida del siglo Vlll antes de nuestra era. Fue de vital importancia para la oscura y mítica civilización tartéssica su contacto con la Grecia Clásica. Después de la llegada a occidente del hierro y la derrota de Grecia y sus aliados en la batalla de Alalia, queda el comercio mediterráneo en manos de los cartagineses; se rompen las relaciones de las costas onubenses con el ática y llega la decadencia y desaparición de la cultura tartessia, que actualmente todavía espera, semiescondida en las vitrinas de muy pocos museos, nuevos hallazgos y revelaciones que la ofrezcan a la historia de la humanidad en todo su esplendor.

DE ROMA A LOS REINOS DE TAIFAS. EL CONDADO DE NIEBLA

El desarrollo cultural de los herederos de Tartessos, en el litoral y la campiña, alcanzado por su amplio contacto con culturas del oriente mediterráneo permiten que la zona, tras la derrota de Cartago, se sume sin dificultades a un rápido proceso de romanización. Las poblaciones de La Sierra, carentes del contacto directo con los elementos orientales encuentran dificultades de aculturación. A pesar de ello la Baeturia Céltica, minera, agrícola y ganadera entra de forma paulatina en la órbita imperial y distintas poblaciones autóctonas, al tiempo que primitivos campamentos militares, llegan a formar un mosaico romano sobre los restos de la civilización turdetana. Entre las poblaciones más importantes durante la dominación romana figuran Onoba, la actual Huelva, en el litoral y con categoría de status coloniae, llipla, hoy Niebla, que fuera status municipii, puerto fluvial sobre la estratégica calzada romana que unía el Guadalquivir con el Guadiana de la que queda como resto más importante el puente, hoy en día en uso, de la ciudad amurallada, Ostur, de difícil localización, Ipticci, posiblemente la mencionada Tejada la Vieja y Arucci, la que fuera importante ciudad de la zona serrana, Aroche. Una primitiva resistencia a esta nueva colonización y después de un breve periodo de culturación, origina en la zona una importante fusión de culturas en todo lo que es el bajo Guadalquivir, región en la que se inserta el actual territorio de la provincia de Huelva. No es de extrañar, entonces, que sean habituales en pequeños museos locales o en iglesias y otros lugares públicos la existencia de placas, objetos o esculturas romanas. El Museo Provincial de Huelva, muestra desde una enorme noria, procedente de la explotación minera de la época, hasta candiles, esculturas u otras muestras de la vida y el arte romano en este rincón de la Bética. Una de las curiosidades más llamativas es la existencia de numerosas factorías de salazones (Punta Umbría, Doñana ... ) que hay en las costas onubenses. En ellas se elaboraba el conocido garum, condimento o salsa del que sólo se conoce su elaboración a base de tripas de pescado azul maceradas. El garum, fabricado en la Bética, se distribuía por el Imperio y alcanzaba unos precios realmente sorprendentes. Diluido el poder imperial, los visigodos, antiguos mercenarios de Roma avanzan sobre la región y el vacío de poder que los hispanorromanos intentaron evitar, poniéndose en manos de Bizancio provoca unas interminables luchas que se alargan durante casi todo el siglo VI. Es una auténtica guerra civil entre ambos bandos. Hasta la llegada del Islam esta situación se va a prolongar en todo el territorio de lo que es hoy provincia de Huelva. A comienzos del s. Vlll el sur de nuestra península es ocupado muy rápidamente por los árabes. Después de la capitulación de Sevilla, una ciudad tan importante como era, y sigue siendo, los visigodos que se resistían vigorosamente al empuje islámico logran refugiarse en la localidad de Niebla. Desde la antigua Ilipla se organizan ataques con el objetivo de recuperar la ciudad hispalense, pero todos resultan infructuosos. La dominación árabe es un hecho comprobable en toda la región pero al menos, en estos territorios del suroeste peninsular se respeta la propiedad de los territorios y las prácticas religiosas de los hispanorromanos. La importancia estratégica de Niebla en esta época es determinante en bastantes conflictos. Mientras que dura el Califato de Damasco, la ciudad es el cuartel general de las tropas sirias enviadas para sofoca las revueltas beréberes en toda la zona. Más tarde, durante el Emirato Independiente, se asientan los árabes yemeníes, más sedentarios y tan celosos de su independencia que llegan a enfrentarse a los intentos centralizadores de Abderramán I. A mediados del siglo IX, los vikingos aquitanos saquean Sevilla y se dedican a tareas de pillaje durante una buena época por el bajo Guadalquivir. Su centro de actividades y plaza fuerte no va a ser otro que la amurallada ciudad iliplense. Además de Niebla, otro centro importante de la comarca durante dominación árabe es la actual capital provincial, Huelva. Con los reinos de Taifas y la decadencia almorávide surgen dos reinos independiente, por estos lugares, Huelva y Niebla. Esta situación persiste hasta bien entrado el siglo Xlll, cuando tropas cristianas procedentes de Castilla reconquistan el suroeste peninsular. Distintas Ordenes Militares vienen a ocupar estas tierras. En 1240 la Orden del Hospital entra en Aracena y Aroche, la de Santiago hace lo propio en lugares como Ayamonte, Alájar, en la misma década, y finalmente, en 1262 con Alfonso X el Sabio, toda la zona pasa a depender de la corona castellano-leonesa. La Reconquista ha concluido y la Huelva bajomedieval va a sentar las bases, científicas y técnicas, de un hecho trascendente para la historia de la humanidad.

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

Si todo pueblo que se precie debe de sentirse orgulloso de su 'pequeña historia', localidades como Palos o Moguer y en general toda Huelva lo están de una gesta que protagonizaron gentes de la tierra. El Descubrimiento de América y las relaciones entre Huelva y las tierras del otro lado del océano son, y han sido siempre, algo presente en la memoria colectiva de este pueblo. Pero no sólo el hecho histórico sino en lugares tangibles, monumentos, edificios, tradiciones y costumbres que han marcado la idiosincrasia y el carácter de los onubenses palpita un alma americana. Decía Chaunu que Colón "llegó a Portugal cincuenta años demasiado tarde y a Inglaterra y Francia medio siglo demasiado pronto". A las costas de Huelva llegó en el momento oportuno. En aquellos años de finales del siglo XV, las costas atlántico-andaluzas y sobre todo las cercanas de Portugal, eran testigos de un desarrollo técnico y científico en el arte de la navegación que posibilitaban cruzar esa inmensidad desconocida que era la mar océana. Por otro lado, una nueva Europa necesitaba ampliar las fronteras para sus mercados y demandaba nuevos productos. El viaje colombino era muy necesario. Para que esto se llevara a cabo sólo se necesitaban las circunstancias necesarias y estas únicamente podían darse, por el azar o por caprichos del destino, en las costas onubenses. En efecto, aquí se encontraban no sólo los medios adecuados sino los hombres y los marinos expertos y experimentados en recorrer las costas afroatlánticas. También el uso de barcos modernos y muy avanzados técnicamente, como la carabela, y toda una serie de circunstancias apuntaron a que fuera el puerto de Palos de la Frontera el lugar ideal para dar forma a la aventura americana. Entre otras muchas 'casualidades', se cuenta con el hecho demostrado de la existencia de una sentencia por la cual la villa palerma debía aportar dos naves con su correspondiente tripulación para una empresa descubierta y, lo más importante, el tratado de Alcaçovas-Toledo firmado entre la corona española y la corona portuguesa, que impedía a sus naves tanto el comercio como la navegación por las rutas hacia oriente. Entonces sólo quedaba occidente y quedaba también el valor, la habilidad y la experiencia de marinos como los Pinzón o los Niño artífices al fin y al cabo del éxito de esta empresa auspiciada por los Reyes de Castilla y León y que meditada por los franciscanos del convento de La Rábida, vino a sumar todo un nuevo continente a la historia de occidente. En estas tierras colombinas quedaron los reflejos de tan apoteosis aventura. La Iglesia de San Jorge, La Fontanilla en Palos, el Convento de Santa Clara en Moguer, La Rábida, Huelva. Aquí han quedado huellas y el recuerdo del Descubrimiento de América, de los primeros viajes andaluces que también protagonizaran marineros de estas costas en los inicios del s. XVI y, sobre todo, de unas relaciones con el Nuevo Mundo que todavía no han cesado.

LA EDAD MODERNA Y LA CONFORMACIÓN DE LA PROVINCIA DE HUELVA

El territorio que hoy ocupa la provincia de Huelva estuvo dividido durante el Antiguo Régimen en tierras de realengo al norte y señoríos al sur. Las posteriores transformaciones de la propiedad señorial hacen caer en desuso las formas del Antiguo Régimen, creándose una serie necesidades en cuanto a la división territorial que pasan por distintos avatares. Así, tras la invasión napoleónica, se lleva a cabo, gracias a las nuevas ideas que aporta a España el gobierno de José‚ Bonaparte, un primer intento de división departamental. Otros intentos vendrían de la mano de las Cortes de Cádiz, primero, y posteriormente con el advenimiento del Trienio Liberal. Será en el año 1833 cuando se realice la división por provincias que aún existe, grandes modificaciones, en todo el territorio español. Se divide tres partes el antiguo reino de Sevilla, formándose en este nuevo territorio dos nuevas delimitaciones administrativas, son las provincias de Cádiz y Huelva.

LA MINA Y EL DESARROLLO INDUSTRIAL

A mediados del siglo XIX, con la instalación de empresas extranjeras en la franja pirítica, sobre todo de origen británico, se van a producir algunos cambios tanto en la sociedad y como en las mentalidades verdaderamente notables. El auge minero llegó a hacer de las Minas de Riotinto el mayor centro minero del mundo durante el último cuarto del siglo. Cinco líneas de ferrocarril funcionaban entonces en los contornos de la zona. Tres de ellas tenían como una funcionalidad, exclusivamente, dedicada al transporte del mineral. Hoy se pueden localizar líneas férreas en desuso muy apropiadas para practicar senderismo y adentrarse en zonas de alto interés paisajístico con muy buena referencia de localización. La provincia de Huelva ha sido durante siglos, un centro minero de importancia universal. La presencia de los británicos en Huelva ha dejado numerosos legados, desde el Taller de Bordados de Riotinto, donde se confeccionan labores de un alto valor artesanal, hasta la práctica de deportes que se iniciaron en esta provincia a finales del pasado siglo, como el tenis, fútbol, golf o tiro con arco. También la gastronomía tiene recuerdos de la época, scones o mermeladas de naranja agria al más puro estilo inglés. El auge económico de la época llevó a la colonia extranjera, sobre todo, a llevar a cabo los actos conmemorativos del IV Centenario del Descubrimiento de América y en Huelva quedó como recuerdo de aquellas celebraciones el edificio conocido como 'Casa Colón', hoy remozado y escoltado por las modernas instalaciones del Palacio de Congresos anejo al viejo edificio de sabor colonial. Tras la nacionalización de las minas durante el año 1954, vino a estas tierras onubenses el Plan de Desarrollo de los sesenta y con él un acelerado proceso de industrialización que, sumado al auge pesquero de las décadas anteriores, modificó totalmente los hábitos de vida y las costumbres de los habitantes de estas tierras onubenses. Todas estas transformaciones sociales se consolidan durante las últimas décadas, cuando la economía provincial ve como van llegando nuevas alternativas económicas.

LA ALTERNATIVA VERDE. AGRICULTURA, TURISMO Y CONSERVACIÓN

Las nuevas técnicas agrícolas, junto a las explotaciones racionales de los recursos turísticos y a la protección de la naturaleza producen una demarcación de las líneas maestras para los nuevos planteamientos económicos de la provincia de Huelva. La agricultura en unas tierras que disfrutan durante todo el año de una luminosidad poco normal en otras latitudes, la abundancia de agua y de las modernas técnicas agrícolas empleadas en los campos onubenses, han dado un increíble y activo vuelco a este sector. Flores cortadas, naranjas, fresas y muchos otros productos agrícolas parten de Huelva durante todas las épocas del año con puntos de destino que están repartidos por toda la geografía europea. De forma paralela, una acertada y rígida política de protección de los espacios naturales - en la provincia de Huelva uno de cada tres metros cuadrados está legalmente protegido - ha posibilitado que se busquen continuadamente nuevas formas de explotación turística y que a éste tradicional turismo de sol y de playa, - que encuentra, lógicamente, su espacio ideal - se sumen ahora nuevos conceptos como el de el turismo rural, el senderismo, o las prácticas deportivas al aire libre, golf, náutica, ciclismo. Toda una gran variedad de nuevas ofertas que van a llevar implícitas el amor y el respeto hacia todo lo que sea naturaleza. Y todo esto sucede en una tierra donde la naturaleza ha gozado siempre de un trato excepcional.

Breve historia de la ciudad de Huelva

Situada entre los ríos Tinto y Odiel, la población de Huelva se remonta a épocas prehistóricas, con asentamientos Paleolíticos y Neolíticos, aunque es en la Edad del Bronce cuando empiezan a existir abundantes testimonios en la zona, adquiriendo su auge con la civilización tartésica (ss. VIII-fines del VI a. C.) vinculada la producción de minerales y su comercio, fundamentalmente con fenicios (desde la primera mitad del s. VIII a. C.) y griegos ( s. VII a. C.), testimoniado por hallazgos tan elocuentes como el depósito de armas y el casco griego encontrados en la ría de Huelva.

El contacto con estos pueblos del Mediterráneo oriental supone una transformación de la sociedad tartésica, produciendose un proceso rápido de orientalización, como se demuestra en la rica necrópolis de "La Joya". La importancia de la civilización tartésica transcendió los límites de la península ibérica.

En época romana la zona de Huelva abarca lo que los geógrafos llamaban Beturia: región comprendida entre los ríos Betis (Guadalquivir) y Anas (Guadiana) y estaba habitada por los "celtici". Plinio y Ptolomeo citan a Huelva con el nombre de "Onuba Aestuaria", ciudad que llegó a acuñar moneda.

De época visigoda quedan pocos restos en la zona. Solo decir que de toda la comarca la ciudad de mayor prestigio civil y militar sería Niebla (Elepla), que incluso era sede episcopal.

Hacia el año 713 las tropas musulmanas conquistan la ciudad, denominándola Welba, y por algún tiempo llegó a ser reino de taifa independiente con la dinastía de los "Bekries", señores de Huelva y Saltés.

La dominación musulmana de la zona termina con la conquista de Niebla en 1262 por Alfonso X el Sabio. Posteriormente, a mediados del s. XV pasa a formar parte del señorío ducal de Medina-Sidonia, situación en la que permanecerá hasta mediados del s. XIX.A finales del s. XV un hecho histórico tiene lugar en estas tierras pero es de tal importancia que trasciende la historia local para convertirse en un punto culminante en la historia de la Humanidad: Huelva se convierte en alma y cuna del Descubrimiento de América.

En el Monasterio de la Rábida, Fray Juan Pérez y Fray Antonio de Marchena son impulsores y promotores de los proyectos de Colón. Onubenses son las Carabelas colombinas, los capitanes que las mandaban y la casi totalidad de los expertos y valerosos marineros que constituían la tripulación. Finalmente, del puerto de Palos de la Frontera parte la expedición descubridora el 3 de Agosto de 1492.

Es en el s. XIX cuando suceden dos hechos de trascendental importancia para la villa: Uno de ellos es su nombramiento en 1833 como capital de la provincia de su nombre, en la división administrativa de Javier de Burgos.

El segundo, la adquisición por parte de la compañía inglesa "Matheson y Cía" de las Minas de Riotinto en 1873. A partir de entonces la fisonomía onubense experimentó un cambio espectacular: La compañía procede a la construcción del ferrocarril para el transporte de mineral ( que hasta entonces se había hecho con mulas), construcción de muelles para carga y descarga y modernización en el sistema de obtención de mineral.

Se produce un gran avance demográfico, con la incorporación de gran número de obreros, a la vez que un número considerable de familias inglesas establecen sus negocios en la ciudad, influyendo de manera determinante en ella. La ciudad se embelleció con nuevos edificios, teniendo lugar en ella los actos conmemorativos del IV Centenario del Descubrimiento de América.

El último hito histórico, ya en el siglo XX, fue la instalación en 1964 del Polo de Desarrollo Industrial, motor de la economía onubense durante los últimos años: La población pasó de 75.000 habitantes en 1960 a 140.000 habitantes en 1990.

La Historia de Huelva, de su provincia, se resume en una fecha, 3 de agosto de 1492, fecha en la que la Pinta, La Niña y la Santamaría zarparon desde Palos de la Frontera hacia las Indias pero encontraron antes un nuevo continente, América. Pero antes, tartessos, árabes, romanos, dejaron su legado en estas tierras. A continuación le damos un paseo genérico por la historia de Huelva, de su provincia y de su litoral.

La historia de Huelva es una historia milenaria, fenicios, Tartessos e Iberos ya residían en sus dominios desde miles de años antes de Cristo, explotaban sus recursos, como el atún y las minas de cobre, y defendían sus confines.
Pero el verdadero desarrollo de Huelva o Onuba, como también se la conoció, llegó con los romanos, ellos fundaron municipios como La Palma del Condado, construyeron el Puente de Niebla, sobre el Río Tinto, y explotaron la mina de Río Tinto hasta el Siglo V.
Tras esta época de esplendor romano llegaron los árabes, en el año 713, quienes sembraron la provincia, su interior y sus costas de mezquitas, de fortalezas y de murallas, además de dejar un importante sello en los pueblos de la Sierra onubense, con pueblos de casas blancas con un estilo muy definido. La Sierra de Huelva, bajo el dominio musulmán, fue un Reino Taifa Independiente.
Antes de los árabes estuvieron los visigodos, una época en la que Niebla fue Capital Civil y sede Episcopal, pero de la que no hay grandes restos.

Tras los árabes llegó la reconquista, de la mano de Alfonso X El Sabio en el año 1262 con la reconquista de Niebla. La reconquista marcó un hito histórico ya que que sembró la sierra de castillo para defenderse de posibles invasiones, es la época más dorada históricamente hablando de la provincia de Huelva. En Palos de la Frontera, en el Monasterio de Santa María de la Rábida, se alojó un marino llamado Cristóbal Colón en verano de 1492. En el Puerto de Palos de La Frontera, tres carabelas, llamadas la Pinta, la Niña y la Santamaría esperaban órdenes de los Reyes Católicos. Precisamente de Palos de la Frontera eran los hermanos Pinzón, marinos que capitanearon dos de las tres embarcaciones que el 3 de agosto de 1492 partieron rumbo a las Indias, pero descubrieron las américas. De los 90 marineros que partieron, 60 eran onubenses, y la mayoría de ellos de Palos de la Frontera.
El 3 de agosto de 1492, en la Iglesia de San Jorge, (monumento mudéjar del Siglo XIV), los Reyes Católicos aprobaron la marcha de estos héroes. En Palos de la Frontera, en la Iglesia de San Jorge, un monolito recoge los nombres de los marineros de Palos que participaron en este descubrimiento.
Otro hito histórico que debemos reseñar también es el terremoto de Lisboa, que cambió la costa y dejó a Palos de la Frontera sin el Puerto más histórico con el que cuenta España. Este Terremoto también destrozó parte del legado que durante siglos y milenios fueron dejando civilizaciones tras civilizaciones en esta provincia. En el Siglo XIX los ingleses volvieron a explotar las minas de Río Tinto. Estas minas, hoy en día, son las más importantes del mundo. Concretamente fue en 1873 cuando los británicos adquirieron las minas.
El último hito histórico que podemos destacar en la provincia de Huelva tiene lugar en 1964, con la instalación del Polo de Desarrollo Industrial, que ha sido un importante motor de la economía onubense durante las últimas décadas, si bien el turismo le está quitando protagonismo en los últimos años. Cabe destacar que la población pasó de 75.000 habitantes en 1960 a 140.000 habitantes en 1990.
Hoy en día, la provincia de Huelva es eminentemente turística, el sector pesquero ha dejado paso al sector servicios, aunque todavía la agricultura, con la explotación de la fresa, tiene una gran importancia en esta provincia, al igual que el sector industrial.

Las fuentes literarias datan la fundación de Cádiz hacia el año 1100 a.C., aunque no se han encontrado restos arqueológicos que lo ratifiquen, pues los más antiguos corresponden al siglo octavo. La fundación es obra de los fenicios de Tiro, que se encontraban en plena fase de expansión marítima y comercial. Sobre la isla gaditana poblada seguramente por indígenas que se dedicaban a la pesca, y que llegaba desde Sancti-Petri hasta el islote de San Sebastián, situaron una factoría comercial, en lo que hoy es la ciudad de Cádiz, y un templo al dios Melkart en el otro extremo. Le dieron el nombre de Gadir, que significa "recinto cerrado". Cuando comienza la decadencia de la metrópoli, Tiro, los fenicios gaditanos deciden ponerse bajo el protectorado de la fuerte ciudad de Cartago. Podemos considerar que desde el siglo V a.C. Cádiz queda sometida a la influencia púnica. Será desde nuestra ciudad de donde inicien los Barca la conquista de la Península hacia el 238 a.C., para convertirla en la base de operaciones de su ofensiva contra Roma, que se materializó en la 2.a Guerra Púnica. Los gaditanos aprovecharán las guerras entre cartagineses y romanos para tratar de liberarse del yugo militar de Cartago. El año 206 a.C. Cádiz firma un acuerdo con Roma y se convierte en ciudad aliada. Con Roma se inicia en Gades una fase larga de prosperidad, favorecida entre otros por Julio César, a través de la familia de los Balbo, gaditanos de nacimiento, que convierten a nuestra ciudad en una de las más importantes del Imperio. Se la conocerá con el nombre de Augusta Urbs Julia Gaditana, concediéndoseles a los gaditanos la ciudadanía romana. La potencia del Gades romano fue difuminándose con el paso de los años, y hacia el siglo V de nuestra era, en que cae en poder de los godos, Cádiz no es más que un recuerdo ruinoso y monumental de su antigua prosperidad. Con los comienzos de la conquista islámica de la Península, y la derrota de los visigodos, Cádiz se convirtió en una plaza musulmana que servía de apoyo para el dominio del Estrecho, facilitando el paso de los ejércitos invasores.

La escasez de fuentes sobre la etapa musulmana hizo pensar que Cádiz fue poco más que una aldea de pescadores bajo la dominación árabe; idea que se ha puesto en cuestión últimamente, pues hay indicios de que debió tener cierta importancia. Sabemos, por ejemplo, que el año 772 Abderramán mandó construir una flota y asentarla en Jezira Kadis. Sin embargo, parece seguro el semiabandono de Cádiz desde 1230, tras un ataque castellano a la ciudad que la destruyó en gran parte. Entre 1260 y 1262, Alfonso X ordenó y se realizó la repoblación de Cádiz, sin que prácticamente existiera una conquista previa por el rey Sabio. La repoblación se llevó a cabo con gentes procedentes de las montañas de Santander. En 1265, Cádiz recibe el título de ciudad, así como silla episcopal. Desde el año 1470 se reconoce a la ciudad bajo el señorío de los Ponce de León, que recibirán el titulo de marqueses de Cádiz. En 1493, los Reyes Católicos consiguen recuperar, mediante permuta, a Cádiz para la Corona. Desde el siglo XV la ciudad va a estar volcada, como a lo largo de toda su historia, en el comercio por mar. Durante la centuria del XV, este comercio se dirigirá fundamentalmente hacia el Norte de África. Tras el descubrimiento de América, Cádiz mirará hacia el nuevo continente, vinculando sus intereses a los del comercio ultramarino. El primitivo recinto de la villa medieval (barrio del Pópulo) se expande fuera de las puertas del Pópulo, de los Blancos y de la Rosa. La ciudad crece y se convierte en foco de atracción de inmigrantes flamencos, genoveses, franceses, y gentes de otros países y regiones españolas, que llegan a Cádiz dispuestos a enriquecerse en su próspero negocio ultramarino. Este auge gaditano se verá quebrado en 1596 con el asalto inglés dirigido por el conde de Essex, que destruyó la mayor parte de la ciudad. Reconstruida, Cádiz rechazará un segundo intento inglés en 1625, y desde entonces el crecimiento de la ciudad es constante. El desarrollo en el siglo XVII es muy rápido. Su estratégica bahía hace que los buques de Indias pasen a aprovisionarse por Cádiz, siempre que no sea posible hacerlo en Sevilla, sede del monopolio del comercio indiano. Las funciones ejercidas por Cádiz, y su magnífico puerto natural, hacen que en 1711 pase a nuestra ciu- dad la Casa de Contratación, organismo director del monopolio ultramarino. Al siglo XVIII se le ha denominado tradicionalmente el "siglo de oro" gaditano; urbanísticamente el casco viejo va a quedar conformado hasta el presente. El monopolio ultramarino terminó en 1778, pese a lo cual la prosperidad de Cádiz no remitió. Durante el siglo XIX, Cádiz cobrará importante protagonismo en el acontecer histórico español. Cuando se inicia la Guerra de Independencia frente a Napoleón, el ejército francés domina casi toda España, pero Cádiz resistirá convirtiéndose en bastión inexpugnable, defensor de la so- beranía española. Mientras que el ejército francés choca con las defensas gaditanas, en la Iglesia de San Felipe las Cortes españolas elaboran la Constitución de 1812, tras las reuniones que se llevaron a cabo en el Teatro de Las Cortes de San Fernando. Repuesto en su trono el absoluto Fernando VII, la ciudad volverá a ser reducto y motor del liberalismo espafiol, como demostró en 1820 o durante la invasión francesa de 1823. Y cuando fue necesaria una nueva revolución para devolver a los españoles la libertad, la ciudad será otra vez pionera en el levantamiento, como ocurrió en 1868, con "La Gloriosa", revolución iniciada en Cádiz. De otro lado, Cádiz conocerá su decadencia económica en el pasado siglo, con la pérdida del antiguo cado colonial. La Guerra de África y el Desastre de 1898, provocarán una importante quiebra en Cádiz. A principios del actual siglo se intenta la recuperación de la ciudad: se derriban las murallas y se fomenta la expansión en Extramuros.

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